“Ni tan pelado ni tan peludo”

Por Redacción

En la Argentina, desde hace décadas, se vienen produciendo nuevas formas de genocidio que superan largamente las casi 9.000 muertes imputables a la Triple A y las dictaduras militares. Esa cifra es la que producen anualmente en el país los llamados “accidentes de tránsito” –que no son tales en su mayoría sino trastornos de conducta (la nuestra)–, que nos otorgan el triste privilegio de encabezar en el mundo esa estadística. La cifra debe multiplicarse por 4 ó 5 al considerar los heridos, muchos de ellos lisiados de por vida. Los costos para el sistema de salud y seguros son gigantescos; los emocionales no pueden cuantificarse. Los argentinos chocamos o volcamos por un combo de prepotencia (primero yo), negligencia (manejo y mensajeo a la vez), impericia (confundir conducir con manejar) y omnipotencia (a mí no me va a pasar). Otro genocidio en pleno auge es el perpetrado por los llamados eufemísticamente “jóvenes en situación de riesgo”. Léase al revés: el que acaba de ser asesinado por un “joven estudiante solidario muy querido en su barrio” ya no está en riesgo, obviamente, sino el asesino, que será ampliamente asistido por las organizaciones que se ocuparán de su bienestar, dado que “ellos” (¿?) son las víctimas del “sistema”. Y si es menor de edad, irá rápidamente de vuelta a su casa para que la abuelita le haga chas chas en la cola (no en la mano porque tiene que votar). No tengo conocimiento de que se brinde la misma asistencia a los deudos o a las víctimas que sobreviven. Y pobreza y miseria existieron siempre en nuestro país –tal vez más que hoy y sin ayuda estatal–, pero ni remotamente se veían las atrocidades actuales, salvo como excepción. La pobreza era un estímulo para la superación. Un ladrón que era pescado in fraganti trataba de escapar, no de matar al robado o al policía que lo vio. Justamente en estos días ocupa amplios espacios la cobertura de la “reorganización policial”. Pregunto: ¿a qué persona honrada puede molestarle que le pidan identificación o le revisen un auto sin patente y con vidrios negros en situación sospechosa? ¿No es lo que se debe hacer en cualquier control de tránsito? ¿No piden documentos en los bancos? ¿Por qué los policías no pueden hacer entrenamiento de tiro, dado el costo de la munición? ¿No debiera proveerla el Estado a través de Fabricaciones Militares? ¿Y por qué deben hacer dedo en la ruta para ir a tomar una guardia? ¿Y los uniformes que cualquiera puede comprar aunque no sea carnaval? ¿Por qué represión (del delito, se entiende) es una mala palabra desde hace 30 años? ¿No es una obligación del Estado aplicar la dictadura de ley, que es la forma de evitar las otras dictaduras que no queremos más? ¿Es aceptable que circulen imágenes de comisarías atacadas con bombas molotov, móviles policiales destruidos, agentes sin cascos ni escudos siendo masacrados por hordas y devolviendo piedras porque no les proveen ni balas de goma? ¿Está bien reemplazar el “gatillo fácil” de la policía por el “gatillo fácil” de los delincuentes? ¿No sería mejor que no existiera ninguno de los dos? ¿Pone el mismo celo el Renar con los forajidos que con el ciudadano honesto que sólo intenta defenderse? ¿Quiénes entregan las armas por unos pesos en las campañas que periódicamente se montan? ¿Un garrote, una piedra o un destornillador no son también armas potencialmente letales? La Argentina, eterna adolescente, no aprende de sus errores y tampoco de los buenos ejemplos de sus vecinos, que con gobiernos tanto o más de izquierda ejercen la sanción ante la transgresión. El sentido común no es de izquierda ni de derecha, y tampoco lo es el orden (ver Cuba o Uruguay). La delincuencia nunca será totalmente eliminada (dicen que baja, pero lo que baja es la cantidad de denuncias). Porque denunciar, no obstante la buena voluntad policial, es como sembrar maíz en un gallinero (por eso de la inclusión). Al que ya no se puede incluir es al asesinado, salvo en el obituario. Por eso estimo que la mejoría de este panorama siniestro pasa por medidas que son hoy “políticamente incorrectas”: 1) La inclusión a través del Servicio Militar, pero en una matriz educativo-formativa y laboral que le permita al joven que no estudia ni trabaja (unos dos millones) adquirir herramientas y capacidades para afrontar la vida. Durante el período bajo bandera, realizar tareas para la comunidad (caminos, escuelas, ladrillos, bloques, forestación, canales) como se hace en muchos países, incluso Paraguay. El Servicio se abolió y se desmantelaron las Fuerzas Armadas por el deplorable caso Carrasco. Sin embargo, todos los fines de semana mueren varios “Carrasco” a la salida de los boliches. ¿Se abolieron por eso los boliches? También se caen aviones cada tanto. ¿Prohibimos entonces la aviación? 2) Para los que ya han delinquido, creo hay que evitar la cárcel a toda costa, porque no hay rehabilitación posible en ellas. Dado que la ruina irreversible de nuestra fruticultura deja cientos de chacras abandonadas, alojar en algunas (compradas por el Estado) a esos jóvenes, dándoles educación, seguridad, alimento (producido por ellos) y un sueldo que se podría deducir de los planes “Descansar” que existen sin contraprestación. La granja polifuncional tipo kibutz podría ser una buena opción. 3) Devolver a la Policía su dignidad y las atribuciones que tiene en todo el mundo, capacitándola con tecnología moderna y restituyéndole el derecho a defenderse, a defendernos (obligación constitucional) y a defender los bienes (patrulleros, comisarías) que pagamos los que pagamos. Los tristes y desafortunados casos de muertes a manos de policías no justifican dejar inerme a la fuerza, debilitada en todo el país por licencias médicas y muertes de personal perpetradas por delincuentes (muchas veces denominados en el país “luchadores sociales” o “manifestantes”). Un policía muerto a palos, puñaladas, botellazos o piedrazos no es menos muerto que otro muerto. Dejemos de mirar para otro lado y, de una buena vez, empecemos a llamar las cosas por su nombre. Un delincuente es un delincuente, cualquiera sea su color, vestimenta, actividad y nivel socioeconómico. La educación, la aplicación de la ley y el trabajo son su mejor antídoto en el mundo civilizado (al cual no pertenecemos, obviamente). Horacio Vorraso Roca

Horacio Vorraso Roca