No habrá otra igual

Por Redacción

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Duele. Cuesta admitirlo. La Generación Dorada dio ayer su última función y, aunque estuvo lejos del excelso nivel que mostró a lo largo de 14 años, dejó una marca indeleble en el deporte argentino. Incluso, no es una locura pensar que se trata del mejor equipo de la historia.
En un grupo que se renovó de manera constante, tres nombres sobresalieron del resto: Luis Scola, primero por escándalo, Emanuel Ginóbili y Andrés Nocioni.
Lo de Luifa fue estremecedor. Nunca se bajó de una competencia, decía sí antes de atender el teléfono, dejó la piel en cada partido y por eso fue el abanderado argentino. No había manera de encontrar un deportista con los mismos merecimientos en la previa de Río. Es un gigante, que además tiene bonus track, porque anoche, después de la caída, anunció que va a seguir.
A Manu se le podrá criticar que un par de veces no hizo demasiada fuerza para ponerse la celeste y blanca. Pero se dio cuenta a tiempo y volvió para la despedida. Además, hizo el doble más maravilloso del glorioso ciclo. Cuando voló con la pegajosa marca del serbio encima y la pelota dio en ese tablero encendido de rojo, se convirtió en héroe. Por tres motivos: Argentina ganó 83-82, fue una dulce revancha por la final del 2002 en el Mundial de Indianápolis y se trató del puntapié inicial para el oro de Atenas.
La perla de Chapu es más reciente. Siempre dejó la vida, pero hace cinco días, ante Brasil, dio su más fantástico recital con la camiseta argentina. 37 puntos, 11 rebotes y un triple determinante que mitigó los errados ante España y Rusia. La victoria ante el dueño de casa clasificó al equipo a cuartos –ese era el objetivo– y prácticamente eliminó al clásico rival.
La Generación Dorada es historia. Se fue ayer y ya se extraña. Es lógico, porque no habrá otra igual.

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