No somos…

Redacción

Por Redacción

Toda vez que un país latinoamericano se ve en dificultades financieras, desgracia que es bastante frecuente debido a la costumbre regional de depender demasiado de los capitales especulativos extranjeros, sus vecinos se apuran a informar al resto del mundo que se trata de un caso único y que ninguna persona seria creería que otros podrían encontrarse en igual situación por el mero hecho de hallarse en la misma parte del mundo y de compartir muchas características políticas, económicas y culturales. Cuando México protagonizaba la «crisis tequila», voceros del gobierno del presidente Carlos Menem insistían ad náuseam en que «la Argentina no es México». Así, pues, no tenemos derecho a sentir sorpresa ante las alusiones nada halagüeñas a nuestro embrollo que están formulando distintos políticos brasileños, encabezados por el candidato presidencial Luiz Inácio «Lula» da Silva y su rival oficialista José Serra. De haberse prolongado un año más la era de la convertibilidad, funcionarios y políticos argentinos estarían con toda seguridad comparando la estabilidad del peso con la debilidad del real brasileño, atribuyendo la diferencia a la sensatez y voluntad de asumir responsabilidades de nuestros gobernantes.

Como ya le es habitual en estas circunstancias, el presidente Eduardo Duhalde ha optado, sabiamente, por minimizar la importancia de la afirmación de «Lula» de que el «Brasil no es una republiqueta. Brasil no es la Argentina», y la de Serra que imputó las deficiencias del Mercosur a la Argentina diciendo que «hasta hoy no tenemos una zona de libre comercio porque cada vez que hay una oportunidad de tenerla, la Argentina salta para atrás». Por supuesto que las cosas no son tan sencillas: sería mejor que «Lula» siempre se diera el trabajo de distinguir entre la Argentina como tal y su clase política actual, mientras que es de suponer que Serra sabe que transformar el Mercosur en una zona de libre comercio auténtico plantearía un sinnúmero de dificultades de todo tipo, a menos que lo que tenga en mente es la virtual incorporación de la Argentina al mercado brasileño. Sin embargo, es inútil pedirles a los candidatos presidenciales de un país en medio de una tormenta financiera peligrosa cuidar su lenguaje a fin de no ofendernos y no nos ayudaría en absoluto contraatacar, ensañándonos con los dirigentes brasileños, provocando de este modo una crisis diplomática en el momento más inoportuno para ambos países.

De todas maneras, a esta altura son los brasileños mismos los que deberían preocuparse por los dichos de «Lula», Serra y otros políticos que parecen haberse convencido de que las convulsiones financieras locales pueden imputarse a que, como aventuró este último, la gente todavía piensa que la capital del Brasil es Buenos Aires. Sin duda que en otras latitudes abundan personas que saben tan poco de la geografía sudamericana como muchos argentinos de aquella de Africa o Asia central, pero no es nada probable que sus errores hayan incidido en la caída del real y las previsiones de las consultoras más respetadas de Estados Unidos y Europa sobre la evolución futura de la economía brasileña. Si bien es frecuente que una crisis en un país repercuta con intensidad en otros de características comparables, suele ser a causa de datos bien concretos, no de la ignorancia o incapacidad para discriminar de los inversores. Además de haberse visto perjudicado por los problemas financieros de su socio principal de la región, el Brasil está sufriendo porque, lo mismo que la Argentina, tiene una deuda externa que parece excesiva en una etapa en la que la confianza de los mercados en los países «emergentes» no es muy grande. En cuanto al aporte de los políticos a la crisis así ocasionada, se habrá visto aumentado por lo que ha sucedido aquí porque es notorio que en Brasil también la corrupción sea endémica, que el clientelismo sea ubicuo y que pueda ser virtualmente imposible luchar contra los intereses creados. Por lo tanto, si la clase política brasileña no quiere que sus compatriotas compartan el destino reciente de los argentinos, le convendría hacer un esfuerzo mucho más denodado por combatir la corrupción, desmantelar las redes clientelistas y reducir el poder de corporaciones que, es apenas necesario decirlo, se asemejan mucho a sus equivalentes de nuestro país.


Toda vez que un país latinoamericano se ve en dificultades financieras, desgracia que es bastante frecuente debido a la costumbre regional de depender demasiado de los capitales especulativos extranjeros, sus vecinos se apuran a informar al resto del mundo que se trata de un caso único y que ninguna persona seria creería que otros podrían encontrarse en igual situación por el mero hecho de hallarse en la misma parte del mundo y de compartir muchas características políticas, económicas y culturales. Cuando México protagonizaba la "crisis tequila", voceros del gobierno del presidente Carlos Menem insistían ad náuseam en que "la Argentina no es México". Así, pues, no tenemos derecho a sentir sorpresa ante las alusiones nada halagüeñas a nuestro embrollo que están formulando distintos políticos brasileños, encabezados por el candidato presidencial Luiz Inácio "Lula" da Silva y su rival oficialista José Serra. De haberse prolongado un año más la era de la convertibilidad, funcionarios y políticos argentinos estarían con toda seguridad comparando la estabilidad del peso con la debilidad del real brasileño, atribuyendo la diferencia a la sensatez y voluntad de asumir responsabilidades de nuestros gobernantes.

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