«Ñoquis» virtuales

Está demostrado que es difícil producir cambios en la Argentina cuando están en juego poderosos intereses corporativos o económicos.

Redacción

Por Redacción

De cuando en cuando, buena parte del país se proclama escandalizada por una situación que ha sido largamente tolerada pero que todos coinciden es aberrante, comprometiéndose colectivamente a corregirla enseguida. Luego de varios días o, a veces, un par de semanas de agitación, empero, la mayoría, estimulada por los medios de comunicación -los cuales, obvio es decirlo, siempre están buscando novedades-, opta por concentrarse en otro asunto al parecer más urgente todavía, olvidándose por completo del anterior, para el inmenso alivio de todos los beneficiados por la anomalía denunciada. Así las cosas, no debería sorprendernos el que ya nadie se preocupe mucho por aquellos 800 «ñoquis» que, según el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez, viven a costillas de los contribuyentes gracias a los buenos oficios de los senadores, muchos de los cuales, como es notorio, tienen la costumbre amable de repartir puestos bien remunerados entre sus familiares, amigos y compañeros o correligionarios. Todos, exceptuando a los senadores y sus protegidos, saben que se trata de una forma perniciosa de corrupción, pero de por sí la indignación que siente la ciudadanía es una fuerza demasiado débil como para poder superar la resistencia de un conjunto de políticos experimentados y astutos. Dicho de otro modo, hay que suponer que una vez más, los defensores del statu quo están por anotarse otra victoria.

Según parece, Alvarez y sus colaboradores han estado procurando identificar a los «ñoquis» separándolos de quienes en efecto cumplen las funciones para las cuales fueron designados, pero, a pesar del tiempo transcurrido, aún no han conseguido individualizar a ninguno: todos los investigados han resultado ser trabajadores debidamente aplicados que no soñarían con limitarse a cobrar su sueldo. Esto no quiere decir que los «ñoquis» sólo existan en la imaginación del frepasista, sólo que los senadores, trátese de peronistas, radicales o representantes de movimientos menores, y sus empleados se las han ingeniado para ocultarlos detrás de una serie de barreras burocráticas y jurídicas fortalecidas por la complicidad corporativa. Puesto que son muy pocos los senadores -y ni hablar de los empleados permanentes de la cámara alta- que tienen interés alguno en desenmascararlos, les está resultando bastante fácil defender el statu quo. Asimismo, la necesidad por parte del gobierno del presidente Fernando de la Rúa de negociar acuerdos con los padres de la patria significa que propende a disminuir la voluntad de Alvarez de limpiar el Congreso de parásitos, lo cual hace pensar que en los próximos meses no habrá modificaciones sustanciales.

Este fracaso, uno de tantos, sirve para recordarnos lo difícil que es producir cambios de cualquier clase en la Argentina actual cuando están en juego poderosos intereses corporativos o económicos. En teoría, el estado nada satisfactorio del país debería facilitar las innovaciones, pero en realidad contribuye a frustrar los esfuerzos de quienes quisieran impulsarlas. Al profundizarse la crisis económica, los grupos privilegiados tienden a aferrarse cada vez más a sus «conquistas», de suerte que el deterioro generalizado parece irrefrenable. Que esto ocurra es lógico -a ningún «ñoqui» le atrae la perspectiva de quedar sin un ingreso y los senadores, personas sensibles, están más que dispuestos a solidarizarse con sus ayudantes-, pero los efectos son perversos. Al fin y al cabo, a esta altura es innegable que para prosperar en el mundo del siglo XXI, la Argentina tendría que emprender un programa de reformas casi revolucionarias, pero sucede que una consecuencia de la crisis social, económica, política y cultural que se ha declarado es que el país está volviéndose más conservador por momentos, a raíz de la negativa de cualquier sector a ceder nada. A menos que logremos salir del círculo vicioso así supuesto, el futuro será sin duda alguna deprimente. Tal como están las cosas, el país se asemeja a una olla a presión, y aun cuando se ahorre la catástrofe de un estallido, se enfrentaría al peligro de que el contenido se pudra hasta tal punto que, si un día resulta posible destaparla, no serviría para mucho.


De cuando en cuando, buena parte del país se proclama escandalizada por una situación que ha sido largamente tolerada pero que todos coinciden es aberrante, comprometiéndose colectivamente a corregirla enseguida. Luego de varios días o, a veces, un par de semanas de agitación, empero, la mayoría, estimulada por los medios de comunicación -los cuales, obvio es decirlo, siempre están buscando novedades-, opta por concentrarse en otro asunto al parecer más urgente todavía, olvidándose por completo del anterior, para el inmenso alivio de todos los beneficiados por la anomalía denunciada. Así las cosas, no debería sorprendernos el que ya nadie se preocupe mucho por aquellos 800 "ñoquis" que, según el vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez, viven a costillas de los contribuyentes gracias a los buenos oficios de los senadores, muchos de los cuales, como es notorio, tienen la costumbre amable de repartir puestos bien remunerados entre sus familiares, amigos y compañeros o correligionarios. Todos, exceptuando a los senadores y sus protegidos, saben que se trata de una forma perniciosa de corrupción, pero de por sí la indignación que siente la ciudadanía es una fuerza demasiado débil como para poder superar la resistencia de un conjunto de políticos experimentados y astutos. Dicho de otro modo, hay que suponer que una vez más, los defensores del statu quo están por anotarse otra victoria.

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