Noviembre de 1918: el final de la Primera Guerra Mundial



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Hace cien años se puso fin a la Gran Guerra. Los soldados de infantería habían empezado a combatir en agosto de 1914.

Transcurrieron cincuenta y un meses hasta que los generales del alto mando alemán se dieron cuenta de que sus tropas estaban agotadas, regimientos enteros ganados por la agitación revolucionaria y la deserción habían empezado a minar la moral de combate. Hacía un mes que sus aliados autrohúngaros ya no estaban en condiciones de seguir la pelea. Lo mismo que los ejércitos del Imperio Otomano. Los búlgaros defeccionaron antes.

El resultado de la guerra era imposible que cerrara a favor de los imperios centrales a pesar del esfuerzo que significó movilizar veintidós millones de soldados. Sus enemigos contaban con inmensos recursos. Sólo EE. UU., en quince meses de participación en la contienda, aportó el equivalente al diez por ciento de los cuarenta y tres millones de tropas que fueron movilizados para la causa de sus aliados británicos y franceses.

La matanza afectó a todos los contendientes. Diez millones perecieron en los frentes de combate. Una cifra equivalente se cuenta entre los civiles, sumando el genocidio sobre el pueblo armenio. Varias decenas de millones se agregaron con aquellos afectados por la gripe española desatada en el último año de guerra. La Revolución Bolchevique, de noviembre de 1917, y el descalabro provocado por otras guerras internas y desplazamientos forzados de pueblos en la Europa central adicionaron otros tres millones a esta aritmética de la muerte. Sin duda el balance de la guerra y el descalabro que acarreó fue una verdadera catástrofe para Europa. Y no fue la última.

Varias semanas después de la firma del armisticio los contendientes iniciaron las conferencias de paz. Alemania había aceptado el fin de las hostilidades esperando que el plan del presidente norteamericano Woodrow Wilson fuera generoso con ellos. Nada de esto ocurrió. Francia siempre quiso vengar su vieja derrota de 1871 y la invasión de su territorio desde agosto de 1914. A los ingleses les bastaba con ver desaparecido un imperio competidor. Lo cierto es que una Alemania que, al momento del armisticio, no había sido ocupada por ningún soldado enemigo, fue obligada a firmar una paz draconiana. Versalles fue el punto de partida para que las derechas alemanas radicalizaran sus posiciones y avanzaran en la conquista del poder. El capítulo guerrero de 1939 es hijo de lo firmado el 28 de junio de 1919.

Cien años después las preguntas siguen teniendo respuestas provisorias: ¿qué motiva a los hombres a seguir luchando? ¿Por qué lo hacen esos civiles convertidos en soldados? ¿Por qué muchos de ellos siguen en una guerra latente una vez que se detiene la contienda y se enrolan en milicias políticas que serán las bases del fascismo europeo? ¿Qué les permitió a esos soldados soportar las condiciones durísimas del frente? ¿Y qué los motivó a seguir combatiendo, no sólo poniendo en peligro su vida, sino también quitándose a otros? Algunas respuestas están en las condiciones básicas que sirvieron los soldados: la vida antes de la guerra para el hombre corriente artesano, obrero o campesino, no parecía tan diferente a la que le ofrece el momento de la trinchera.

También la coerción: el control y la violencia ejercida por los mandos, a veces de manera dosificada y otras que se pagaba con la muerte. Lo mismo que la dinámica de los grupos en las que los hombres encontraron una nueva manera de rendir su capacidad de resistencia, además de la relativa autonomía para decidir cómo y cuándo luchar y a quién matar. Y desde ya, los factores ideológicos que se habían fraguado desde fines del siglo XIX, entre ellos el amor al imperio, la nación, la patria, la comunidad, la familia. Desde hacía tiempo que Estados hablan y matan, igual que las naciones y los soberanos. Las clases también tienen su voz, aunque se expresan de manera tardía, pero son protagonistas vivos al establecer una “unión sagrada” que prometía liberar a los hombres de su sentido de clase e imponía la idea de una “nación para amar” y, por supuesto, por la cual vivir y si era necesario matar.

Finalmente estaba difundida la idea de los pensadores empapados en la teoría darwiniana: la guerra representaba una prueba de “hombría” de las que la anodina vida urbana ya no proporcionaba. Esta “hombría” se consideraba fundamental si las naciones querían “sobrevivir” en un mundo donde el progreso era el resultado o así lo creían, como sostiene un historiador británico, de la competencia más que de la cooperación entre naciones, lo mismo que entre las especies.

La guerra que terminó en noviembre de hace cien años fue tanto civil como internacional. Lo primero parece hablarnos de un absurdo o contradicción, pero se debe a la existencia de una Europa integrada.

Lo segundo a la presencia de Estados-imperios-naciones que proponen llevar la lucha a todo el mundo, porque entiende que ciertas partes del globo son suyos. Esta condición estaba en el esquema del colonialismo: el dominio del blanco sobre el resto del mudo. De hecho, la primera guerra llevó los modos de pensar toda contienda desde la arena colonial al mundo de lo que suponía ser la gran civilización europea. Ese traslado de una guerra colonial al territorio europeo era parte de la modernidad compleja que se plantea desde los albores del nuevo siglo. Nacía la guerra total. Es el frente occidental donde se observa la mayor parte de estos elementos. Esa civilización entro en un cono de sombra que tuvo un peor despertar en 1939.

Alemania había aceptado el fin de las hostilidades esperando que el plan del presidente norteamericano Wodrow Wilson fuera generoso con ellos. Nada de esto ocurrió.

Gabriel Rafart

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Alemania había aceptado el fin de las hostilidades esperando que el plan del presidente norteamericano Wodrow Wilson fuera generoso con ellos. Nada de esto ocurrió.

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