Nueva edición del festival de embajadas políticas



Patricio Giusto*

Como en todo inicio de gobierno, la clase política celebró uno de sus festivales favoritos: el del reparto de las embajadas políticas. Tras el balance electoral, es el momento de la entrega de premios y retribución de favores, a propios y aliados. El botín en juego es más que suculento: sueldos y viáticos espectaculares, junto a otros privilegios en el exterior. Por supuesto, la puja se centra en el reparto de los destinos más atractivos desde lo turístico, idiomático y ubicación geográfica, fundamentalmente en América Latina y Europa.


Ante todo, hay que destacar que no está mal que haya embajadores políticos. El presidente de la Nación tiene la facultad de nombrarlos, con acuerdo del Senado. Hay mucha gente destacada para desempeñar funciones diplomáticas, más allá que no integren el Servicio Exterior de la Nación. De hecho, resulta aconsejable que los destinos de mayor relevancia para el país los ocupen altos referentes políticos, quienes además de esa forma contribuyen a equilibrar la híper-burocratización que muchas veces prevalece en las prácticas del cuerpo diplomático profesional.


Pero como en tantas otras cosas, en Argentina hemos llevado esta cuestión al extremo. Con el tiempo, se ha ido convirtiendo a las principales embajadas en meras monedas de cambio política. Así, la diplomacia se degrada, en desmedro de la representación de los intereses del país y la atención de las necesidades consulares de los argentinos en el exterior.

Despolitizar la diplomacia, promesa incumplida de Macri
La politización de la diplomacia no es responsabilidad de un solo espacio político. Podríamos remontarnos bastante atrás en el tiempo para encontrar las raíces de este fenómeno, que nos sitúa en las antípodas de países como Brasil. Tan solo por comenzar con el reciente caso de Cambiemos, la profesionalización de la diplomacia fue, casualmente, una de las promesas incumplidas de Mauricio Macri.


La gestión de Cambiemos pobló los principales destinos de América Latina con políticos sin trayectoria diplomática y dudosos antecedentes.
Entre ellos, se destacaron: Exequiel Sabor (México), Héctor Lostri (Paraguay), Mario Barletta (Uruguay), Normando Álvarez García (Bolivia), Marcelo Stubrin (Colombia) y Miguel del Sel (Panamá). Además, en varias ocasiones, se retribuyó con embajadas a otros espacios políticos. Tales fueron los casos de José Octavio Bordón (Chile), Jorge Yoma (Perú), Darío Giustozzi y Luis Juez (ambos en Ecuador). Este último tuvo que ser removido de su cargo tras protagonizar un escándalo a raíz de un chiste -una de sus especialidades- que fue tomado como un insulto por los ecuatorianos.


En Europa y ante organismos internacionales, Cambiemos también designó varios embajadores políticos, como ser: Ramón Puerta (España) y Rodolfo Terragno (UNESCO). También fueron designados políticos para Estados Unidos (Fernando Oris de Roa) y en China (Diego Guelar). En sendos casos, con destacadas labores.


En la jerga diplomática, se llama peyorativamente a estos funcionarios “embajadores artículo 5”, por el artículo de la Ley del Servicio Exterior que permite su designación de manera “excepcional” y por poseer “condiciones relevantes”. Nada más alejado de la realidad. En total, Cambiemos culminó su gestión con 18 embajadores políticos, muy cerca del tope de 25 establecido por la normativa vigente.

Festival de embajadas políticas edición 2019-2023
Como era esperable, una de las primeras medidas de Alberto Fernández tras asumir la presidencia fue ordenar el retorno al país de los todos los embajadores políticos designados durante el gobierno de Cambiemos. Además, Fernández bloqueó una serie de designaciones a último momento realizadas por Macri, de varios diplomáticos de carrera afines a Cambiemos. Superada la polémica, Fernández dio inicio a una nueva edición del festival de embajadas políticas.


Con el tiempo, se ha ido generando una gran politización de la diplomacia, convirtiendo a las principales sedes en meras monedas de cambio partidarias.



Al igual que sucedió durante la gestión anterior, el reparto de las principales embajadas se centró en figuras del propio espacio del Frente de Todos, como ser: Jorge Arguello (Estados Unidos), Daniel Scioli (Brasil), Alberto Iribarne (Uruguay), Domingo Peppo (Paraguay), Carlos Tomada (México), Carlos Raimundi (OEA) Y Sergio Urribarri (Israel). Salvo Arguello, está claro que estas designaciones no guardaron ninguna relación con las “condiciones relevantes” que se espera en los embajadores políticos. Lo de Urribarri, por caso, fue directamente escandaloso. El ex gobernador de Entre Ríos está procesado por corrupción en once causas judiciales.


Por otra parte, Alberto Fernández también utilizó el reparto de embajadas para retribuir aliados externos y reconocer conversos al Frente de Todos. En ese sentido, los casos más resonantes fueron los del radical Ricardo Alfonsín (España), el ex vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez (Perú), el multifacético Fernando “Pino” Solanas (UNESCO) y el referente del lavagnismo, Rodolfo Gil (Portugal).

“Coherencia militante” para la embajada de Rusia
Una silenciosa interna se desató en el seno del gobierno, a raíz de las pretensiones de la vicepresidenta Cristina Kirchner por tallar en dos destinos que seguramente ganarán importancia en esta nueva etapa política: Rusia y China. En el primer caso, Cristina se impuso con claridad, ubicando allí a Alicia Castro, ferviente admiradora de la dictadura venezolana. Tal vez irónicamente, el canciller Felipe Solá destacó su “coherencia militante” al anunciar su designación.
En el caso de China, la disputa interna finalmente se resolvió con una opción consensuada, surgida desde la Cancillería: irá a Beijing el diplomático de carrera Luis María Kreckler, avalado tanto por el presidente como por Cristina, quien ya lo tuvo de embajador en Brasil.
Para concluir, la politización de la diplomacia sigue más vigente que nunca y atraviesa a todos los espacios políticos. Estos periódicamente se benefician con el reparto discrecional de embajadas y privilegios. Se trata de una costumbre repudiable de nuestra clase política, que degrada la diplomacia y, para colmo, es financiada a costa del esfuerzo involuntario de los contribuyentes argentinos.


*Politólogo y docente universitario (UCA y Universidad de Zhejiang). Mg. en Políticas Públicas y Master of China Studies. Doctorando en Estudios Internacionales (UTDT). Director de la consultora Diagnóstico Político.


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