Nuevo billete, con dos ceros menos
A través de una amplia campaña publicitaria solventada por la Presidencia de la Nación, la sociedad estatal Casa de Moneda acaba de lanzar este mes la nueva línea de billetes de $ 5 con la imagen de los “Libertadores de la Patria” en el reverso y nuevas medidas de seguridad, según informan los afiches callejeros y avisos publicados en medios gráficos. La pregunta es si este despliegue se justifica, cuando el valor del nuevo billete se ha reducido ahora –con la inflación de dos dígitos anuales y la depreciación del peso de los últimos años– al equivalente de apenas 53 centavos de dólar al tipo de cambio oficial y 31 centavos al paralelo. Una encuesta realizada la semana anterior por el diario digital Infobae aproxima una respuesta: el 91% de quienes respondieron consideran que el nuevo billete no resultará útil, contra 9% que opina lo contrario. Una cuestión de lógica elemental indicaría que, para facilitar las transacciones en efectivo, los nuevos billetes deberían ser de $ 500 o, al menos, de 200, como lo proponen diversos proyectos de ley invariablemente “cajoneados” en el Congreso. Pero ya se sabe que el rechazo a emitir billetes de mayor denominación ha sido una de las reacciones del gobierno de Cristina Kirchner para no admitir la alta inflación que padece la Argentina desde el 2007, al igual que los inverosímiles índices de precios del Indec. De ahí que el billete de $ 100 –el de mayor denominación de los que circulan– equivalga hoy a sólo u$s 10,60 al tipo de cambio oficial (y 6,28 del paralelo) y sea uno de los de menor valor en Latinoamérica, detrás de Venezuela. Incluso en Brasil, después de la devaluación de 45% acumulada en el último año, el billete de 100 reales equivale hoy a u$s 25. No sólo en esta comparación internacional se apoya la progresiva pérdida de poder adquisitivo del billete de $ 100, que en el extremo opuesto –antes del estallido de la convertibilidad hace casi catorce años– equivalía artificialmente a u$s 100. Cualquier argentino puede medirla con lo que dura hoy en el bolsillo del caballero o la cartera de la dama después de tantos años de alta inflación. Máxime con la tendencia verificable en ciertos comercios o servicios de no aceptar pagos con tarjeta y operar únicamente en efectivo; muchas veces a cambio de un supuesto descuento en el importe total, por lo general sin factura. Esta forma encubierta de evasión impositiva hace necesario –y riesgoso– llevar encima una mayor cantidad de billetes, ya sea para pagar la cuenta de un restaurante o reparaciones en el auto o el hogar, por ejemplo. Otra prueba de esta realidad es que los billetes que llevan la imagen de Julio A. Roca y, más recientemente, de Eva Perón representan nada menos que casi el 70% de todos los que se encuentran legalmente en circulación, según el último informe del Banco Central correspondiente a mediados de septiembre. La cifra es verdaderamente impresionante: 3.836,5 millones de unidades de $ 100, sobre un total de 5.582,5 billetes. Si a ello se agregan los de $ 50 (“sólo” 382,3 millones de billetes), la proporción se eleva al 75,5%. Dentro de ese total, los de $ 5 suman algo menos de 400 millones de unidades, un volumen bajo y similar a los de $ 10 (416,2 millones); muy superior a los de $ 20 (100,6 millones) pero inferior a los de $ 2 (446,5 millones). Y si algo caracteriza a todas estas denominaciones más bajas es el evidente deterioro del papel moneda, muchas veces deshecho por el uso intensivo como cambio chico. Por eso el lanzamiento de la nueva línea de $ 5, que coexistirá con los que actualmente están en circulación, apuntaría a reemplazar parte de los deteriorados y que técnicamente se estima en 30% del total. Aun así, no se justifica invertir en más medidas de seguridad: difícilmente su bajo valor unitario sea un incentivo para los falsificadores de moneda. No obstante, el desgaste y deterioro de los billetes tampoco es privativo de las denominaciones más chicas. En lo que va del 2015, el número de billetes de $ 100 en circulación aumentó 47% por la mayor emisión. Este ritmo hace que no den abasto las imprentas estatales de la Casa de Moneda y Ciccone Calcográfica (expropiada en el 2012 tras la sospechada intervención de Amado Boudou, desde entonces bajo investigación judicial). Y las proyecciones para lo que resta del año tornan verosímiles las versiones –no desmentidas– sobre inminentes contratos del Estado para imprimirlos, además, en Chile y Brasil. Pero, independientemente de donde sean impresos, el uso casi exclusivo de billetes de $ 100 para pagos de sueldos y la mayoría de las transacciones en efectivo trae aparejados otros inconvenientes prácticos, que no se subsanarán hasta tanto no aparezcan los de $ 200 o $ 500 con un nuevo gobierno, o bien un programa económico consistente para reducir la inflación. Por caso, ya a comienzos de este año las principales entidades que agrupan al sector bancario habían advertido al BCRA que la ausencia de billetes de mayor denominación obliga a recargar más veces los cajeros automáticos (mayormente con papeles de $ 100, muchos de ellos deteriorados por el uso), lo cual se traduce en una frecuencia más alta de fallas técnicas y/o salidas de servicio debido al desgaste de piezas. A ello sumaron las trabas oficiales para importar repuestos, que los obligan a desarmar algunos cajeros inutilizados para reemplazar piezas en otros y salir transitoriamente del paso. Esto explica además la casi total ausencia de billetes chicos en las máquinas de autoservicio. Sin que este problema se haya resuelto, el mayor uso de billetes para cantidades similares de transacciones habría creado otro. Según fuentes del sector, en los últimos meses se habría complicado la logística para abastecer los tesoros regionales del BCRA en distintos puntos del país debido a que, como las normas obligan a que los camiones de caudales sean custodiados por fuerzas de seguridad nacionales, sus efectivos tampoco resultan suficientes para la mayor frecuencia de viajes. En este marco, uno de los pocos aspectos rescatables del nuevo billete verde de $ 5 es haber mantenido en el anverso la imagen del general José de San Martín (con su sable corvo como fondo de seguridad) y no haberla reemplazado por las de algunos personajes históricos más polémicos, como el “Gaucho Rivero” en los de $ 50. En el reverso se reemplaza el monumento al Ejército de los Andes en el cerro de la Gloria (Mendoza) por las figuras de San Martín, José Gervasio Artigas, Simón Bolívar y Bernardo O’Higgins, con la leyenda: “Divididos seremos esclavos, unidos estoy seguro de que los batiremos: hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor”. La razón es que el billete de la nueva línea se denomina “San Martín. El sueño de la Patria Grande” y debajo de las fechas de su nacimiento y fallecimiento se incluye la leyenda: “Para defender la causa de la Patria no hace falta otra cosa que orgullo nacional”. Lamentablemente, pocos argentinos tendrán oportunidad de apreciar estas apelaciones patrióticas ante la velocidad con que circulan los billetes, tanto de baja como de alta denominación, desvalorizados por la persistente tasa inflacionaria. Como es habitual en la propaganda oficial, los avisos que informan sobre este nuevo billete incluyen el eslogan “Tenemos Patria”. Lástima que la Argentina no tiene moneda. (*) Periodista económico
Néstor O. Scibona (*)