Nuevos órdenes

Es preocupante que un presidente como De la Rúa parezca convencido de que la Argentina y otros países latinoamericanos defienden ideales contra un mundo resuelto a pisotearlos.

Redacción

Por Redacción

En muchas otras partes del mundo están arreciando las quejas por las consecuencias de la llamada «globalización», pero mientras que en los países avanzados las críticas más sentidas tienen que ver con los estragos que está ocasionando la difusión de la cultura popular norteamericana, en los demás ya es rutinario atribuir a la influencia «internacional» lacras cuyas raíces son claramente internas. Por ejemplo, al asistir a la cumbre del «Grupo Río» que se celebró en la ciudad colombiana de Cartagena, el presidente Fernando de la Rúa se dio el gusto de reclamar un «nuevo orden» signado por el desarrollo social, la seguridad humana, la democracia con equidad, etc, etc, repitiendo así los llamados similares que formulaba Raúl Alfonsín en el curso de su gestión presidencial.

Son objetivos dignos, ¿qué duda cabe?, y es de esperar que el «orden» así esbozado termine estableciéndose, pero el que un presidente tan sensato como De la Rúa parezca haberse convencido de que la Argentina y otros países latinoamericanos están defendiendo tales ideales contra un mundo resuelto a pisotearlos no puede sino resultar un tanto preocupante. Habla como si creyera que a diferencia de los Estados Unidos, Europa y el Japón, América Latina siempre se hubiera destacado por la igualdad, el respeto por la ley, el amor al trabajo y la voluntad de anteponer lo humano a lo meramente material, pero que la civilización brillante que los países de la región lograron construir se ve amenazada por hordas de capitalistas «salvajes» procedentes del «norte». Por desgracia, la realidad es bien distinta. Aunque la «globalización», una consecuencia del progreso vertiginoso de la tecnología combinado con el crecimiento económico que ha mejorado la vida de centenares de millones de personas, ocasiona graves problemas a países que por las razones que fueran están resultando incapaces de mantener el ritmo fijado por las sociedades más dinámicas, el «orden» que corre peligro es llamativamente peor que el denunciado por De la Rúa y otros mandatarios.

Así y todo, los gerentes de instituciones como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional están prestando atención a los reclamos de los políticos del «sur», razón por la cual ya están proliferando informes sobre temas como la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la salud, las deficiencias de los sistemas educativos y así por el estilo en América Latina, Africa y el Sur de Asia. Por lo tanto, no es para nada inconcebible que los gobiernos de los países ricos, respaldados por una multitud de organizaciones no gubernamentales, procuren colaborar con sus críticos tercermundistas en un esfuerzo por asegurar que la «globalización» sirva para atenuar los males que suelen achacarse a ella. ¿Se felicitarían los líderes latinoamericanos por el triunfo de su ideario que tal actitud supondría? Dadas las circunstancias, sería asombroso que lo hicieran. Como ya sabemos, pocas cosas les molestan más que las presiones externas destinadas a obligarlos a tomar en serio la corrupción, la desigualdad y la ineficacia burocrática.

Sucede que para la clase política latinoamericana, la eventual decisión de los líderes de los países más poderosos de construir el «nuevo orden» que reclaman personas como De la Rúa sería un desastre. Supondría la eliminación de sus propios privilegios, la obligación de cobrar impuestos a los amigos, el encarcelamiento de millares de corruptos, la transformación de esquemas educativos destinados no a promover el desarrollo de todos sino a permitir que los hijos de la clase media continúen recibiendo los diplomas tradicionales y muchas otras novedades igualmente antipáticas. Por supuesto, no creen que sus palabras tengan dicho efecto porque comprenden muy bien que los discursos altisonantes no deberían tomarse al pie de la letra, pero mal que les pese, en el «Primer Mundo» hay muchos ingenuos poco familiarizados con las tradiciones retóricas latinoamericanas, los cuales ya han iniciado una ofensiva contra la corrupción y otros males con la ilusión de que los líderes locales les agradecerán por su ayuda.


En muchas otras partes del mundo están arreciando las quejas por las consecuencias de la llamada "globalización", pero mientras que en los países avanzados las críticas más sentidas tienen que ver con los estragos que está ocasionando la difusión de la cultura popular norteamericana, en los demás ya es rutinario atribuir a la influencia "internacional" lacras cuyas raíces son claramente internas. Por ejemplo, al asistir a la cumbre del "Grupo Río" que se celebró en la ciudad colombiana de Cartagena, el presidente Fernando de la Rúa se dio el gusto de reclamar un "nuevo orden" signado por el desarrollo social, la seguridad humana, la democracia con equidad, etc, etc, repitiendo así los llamados similares que formulaba Raúl Alfonsín en el curso de su gestión presidencial.

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