Nuevos puentes, viejas garitas
Por Fernando Heller
El «Puente de Europa», que a través del mítico río Rin une la ciudad francesa de Estrasburgo con la germana de Kehl, bien podría ser el símbolo de la definitiva reconciliación europea, en un domingo marcado por las elecciones a la Eurocámara de Estrasburgo.
El tránsito entre ambas ciudades ya no debe sortear la dificultad de las fronteras, que con el acuerdo de Schengen se han borrado de un golpe en gran parte de los antiguos Quince: las dos garitas fronterizas de control de identidades, a ambos lados de la caudalosa vía de agua, son reliquias del pasado, ya en desuso, testigos mudos de una Europa que no existe más que en los viejos libros de historia y en la memoria de los mayores.
Queda todavía en pie un par de casetas, semiderruidas, como esqueletos abandonados de una época pretérita. Sus correspondientes barreras de seguridad están abiertas de par en par, como brazos en alto que dan la bienvenida incondicional, sin restricciones, al forastero.
Apenas un puñado de gendarmes franceses y unos pocos agentes de la policía germana se dedican a controlar, de manera aleatoria, a alguno que otro vehículo que viene de Alemania, de manera preventiva, por si pudiera esconder elementos sospechosos o sustancias peligrosas, aseguran. Sobreviven en ese paisaje de antaño unos pocos carteles oxidados que indican en ambos idiomas las respectivas direcciones «France- Deutschland».
El moderno puente bien podría servir de metáfora para estos comicios al Parlamento Europeo (PE) que -de uno y otro lado de la antigua frontera- parecen, no obstante, interesar a unos pocos convencidos del ideal europeísta. Tanto en la pequeña y coqueta Kehl como en la cosmopolita Estrasburgo, sede de la Eurocámara, sólo unos pocos parecían hoy interesados en cumplir -como si de un mero trámite burocrático se tratara- con la obligación cívica de votar en estos comicios, que los observadores califican de «históricos», al ser la primera vez que participan los diez nuevos socios, gran parte de la ex Europa comunista.
En Kehl, hasta ayer a media mañana, eran sobre todo personas ancianas las que acudían a los colegios electorales. Con la parsimonia propia de la edad, se aproximaban al local para la preceptiva comprobación de identidades. «Hay mucha confusión en estas elecciones. Casi nadie sabe qué votar ni lo que ofrece concretamente cada uno de los partidos. Nadie se interesa ya en Europa, sino en sus propios intereses locales», se lamentaba una votante algo más joven.
Un enorme «grafitti», del lado francés, recoge el espíritu que representa el «Puente de Europa»: «Ni Estado, ni fronteras». Y para borrar todavía más ese concepto artificial, las comunas de ambas ciudades han creado el «Festival de las dos Riberas», un evento cultural destinado a dar a conocer los elementos que unen a ambos países que comparten la gran arteria fluvial.
La jornada electoral en ambas orillas ha sido apática, agravada tal vez por la persistente lluvia que ha castigado en casi toda la jornada, democráticamente, a alemanes y franceses. El porcentaje de participación al mediodía rondaba el 14 por ciento en Francia y algo menos del lado germano: un fracaso para los más «euroentusiastas».
En el «Hotel de Ville» de Estrasburgo, o ayuntamiento, se instaló desde temprano la mesa de votación 101, una de las principales de toda la ciudad, pero a la que tampoco acudieron masivamente los ciudadanos, según contaba uno de los presidentes de mesa, quien temía sobre todo el fuerte abstencionismo que vaticinaban las últimas encuestas.
Tampoco en el resto de la urbe podía verse mucho entusiasmo para acudir a votar. Por el contrario, los estrasburgueses cumplían ayer con el ritual propio del domingo: prensa, «baguette» de pan y paseo matinal. Al menos en Francia, la atención estuvo centrada en las pantallas de la televisión, pero no para los resultados de los comicios europeos, sino para el duelo de titanes entre las selecciones gala e inglesa en la Eurocopa de Portugal. (DPA)
El "Puente de Europa", que a través del mítico río Rin une la ciudad francesa de Estrasburgo con la germana de Kehl, bien podría ser el símbolo de la definitiva reconciliación europea, en un domingo marcado por las elecciones a la Eurocámara de Estrasburgo.
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