“Nunca estuvo mejor. Y nunca fue más perverso”
Es cosa de la última década. Puede verse por las calles. Los vehículos que las cruzan de un lado al otro son nuevos, o casi. Brillan. Ya es bien raro encontrarse a alguno de aquellos desvencijados (como el de uno mismo), añosos, soltando humo, atados con alambre a veces. Es muy raro, pero no lo era en otro tiempo. Lo extraño antes era ver modelos nuevos. Las nuevas generaciones no saben de esto, nacieron con el brillo en la chapa. Pero no sólo el parque automotor se renovó en los últimos tiempos: fue la ropa de la gente, sus casas, los frentes remozados de esas viviendas de las que miles ahora son dueños; sus trabajos, la posibilidad inédita de viajar con la que nunca soñaron, su jubilación aumentada dos veces al año, las coberturas sociales y de salud, los hijos en la escuela, luego en la universidad… cuando era apenas un sueño de otros antes. Parece tan natural todo lo que antes era horizonte lejano y, sin embargo, corrientes de odio, de mezquindad e intolerancia no varían o, en todo caso, si cambiaron es para haber aumentado. Del rico siempre se supo, pero del medio pelo, aquel de Jauretche… pocas veces se habrá visto a tanto miserable en ascenso, tanto desamorado, enfermo de insatisfacción consumista. Nunca estuvo mejor y, a la vez, nunca fue tan perverso, aumentando su carga de insensibilidad cuanto más fue, en todo orden, adquiriendo. Se miente diciéndose: “Nada me regalaron, todo es fruto de mi esfuerzo”, sin aceptar y sin siquiera considerar (nunca lo hará porque se niega a aprender) que todo lo que obtiene es precisamente porque un marco socioeconómico antes desfavorable y que hoy lo excede y no comprende es lo que lo hace posible. Nunca tuvo más aquel medio pelo y nunca fue más cruel ni más miserable que en estos tiempos. Nada le importa el prójimo, su voracidad por lo innecesario se salió ya de madre. Así, anda alienado en la búsqueda incesante de lo que llama “progresar”, un “progreso” que no ha ido de la mano de su interior ético, de la mano ofrecida al otro, de la generosidad solidaria; por el contrario, pareciera que ese espíritu se hubiera ido secando, como un erial que se expande más en tanto más ese ser ha perdido la brújula de lo que realmente a lo más íntimo y valioso del ser humano importa. La ignorancia hace estragos, los oropeles reemplazan sentidos éticos y el desfasaje entre aquel “tener” y aquel “ser” del que nos hablaba el filósofo sigue hoy como deuda pendiente, como doloroso e irresoluble problema. Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén
Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén