Obama, rescatado por Putin
El presidente norteamericano Barack Obama, funcionarios de su gobierno y muchos otros están procurando hacer pensar en que fue gracias a la habilidad extraordinaria de la administración estadounidense que el régimen sirio ha aceptado entregar todas sus armas químicas a representantes de la comunidad internacional. Según ellos, Obama operó con astucia maquiavélica al amenazar al dictador Bashar al Assad con un castigo que, en palabras del secretario de Estado John Kerry, sería “increíblemente pequeño y limitado”, para entonces optar a último momento por dejar que los congresistas debatieran en torno al asunto y, poco después, permitir la intermediación del presidente ruso Vladimir Putin para que convenciera a Al Assad de colaborar. Puede que la versión triunfalista de los acontecimientos de las semanas últimas haya servido para conformar a los resueltos a creer que Obama realmente es un pacifista sumamente inteligente pero, bien que mal, se trata de una opinión minoritaria. A juicio de los muchos que no la comparten, Obama cayó en una trampa que se había tendido al hablar de “líneas rojas”, estaba por sufrir una derrota humillante en el Congreso de su país, pero fue rescatado por Putin que aprovechó una oportunidad tal vez irrepetible para asumir un rol protagónico en el escenario mundial y, mientras tanto, reducir drásticamente la influencia de Estados Unidos en una región clave. Para Al Assad, quien sigue negando haber ordenado el uso del gas sarín en una zona de Damasco ocupada por rebeldes, el acuerdo apurado alcanzado por Kerry y su homólogo ruso Sergei Lavrov fue una “victoria”. Aunque Obama y Kerry insisten en que la amenaza militar sigue vigente, parece poco probable que la lleve a cabo, ya que la mayoría abrumadora de los norteamericanos se opone a más intervenciones en las guerras horrorosas que están convulsionando el mundo musulmán. Así, pues, ya antes de firmar los norteamericanos y rusos un convenio destinado a impedir el empleo de armas químicas, fuerzas leales a Al Assad redoblaron los ataques, con armas convencionales igualmente mortíferas, contra los rebeldes. Por lo demás, aunque el gobierno de Obama y opositores republicanos que están a favor de una intervención dicen que casi todos los rebeldes son “moderados” que sólo quieren que Siria sea una democracia pluralista, especialistas autorizados estiman que menos de la mitad lo son y, de todos modos, no cabe duda alguna de que las unidades más eficaces son las de islamistas vinculados con Al Qaeda y grupos afines, y que muchos son de origen extranjero. No se trata de un detalle menor. Puede que al comenzar la rebelión contra el régimen de Al Assad, la mayoría de sus enemigos sí fuera relativamente moderada, pero en la actualidad éste dista de ser el caso. Han sido tantas las ejecuciones sumarias, a menudo por decapitación, de cristianos, chiitas y alauitas por fanáticos sunnitas, que a esta altura es poco realista interpretar la guerra civil siria como un enfrentamiento entre una dictadura brutal y demócratas resueltos a vivir en libertad, aunque Obama, Kerry y otros funcionarios norteamericanos quisieran creerlo. Por desgracia, en países como Siria las alternativas disponibles no son tan sencillas. En el Oriente Medio, el derrocamiento de un dictador feroz no necesariamente se verá seguido por la instalación de un gobierno dispuesto a respetar los derechos humanos de todos o el multiculturalismo pluralista. Hasta en países en que fuerzas occidentales han intervenido, como Irak y Afganistán, gobiernos surgidos de elecciones libres han discriminado en contra de las minorías religiosas, mientras que en otros, como Egipto, los islamistas no han vacilado en atacarlas. He aquí la razón por la que el papa Francisco se opuso con tanto vigor a un eventual bombardeo punitorio norteamericano que debilitaría a Al Assad; reconocerá que la dictadura es atroz, pero también entiende que la apoya la mayoría de los cristianos porque saben que un régimen islamista sería con toda seguridad todavía peor, realidad que los rebeldes se han encargado de subrayar sembrando el terror entre las comunidades cristianas y también, desde luego, las alauitas, en las zonas en que son fuertes. Por cierto, de triunfar los islamistas en Siria, las víctimas no se limitarían a los criminales de guerra del régimen; compartirían su destino centenares de miles, quizás millones, de otros.