Obsesión golpista
Entre el golpe militar del 6 de septiembre de 1930 y el fin ignominioso de la dictadura militar el 10 de diciembre de 1983, buena parte de la población creyó que era normal que se alternaran en el poder regímenes castrenses y gobiernos civiles por lo común populistas. Según el arreglo aberrante así supuesto que, con algunas variaciones locales, imperaba en casi todos los países de América Latina, a los militares les correspondía restaurar un simulacro de orden, tarea que en otras latitudes era propia de partidos conservadores, luego de un período signado por la inestabilidad, mientras que los civiles procurarían satisfacer las expectativas populares. No extraña, pues, que a muchos políticos les haya resultado difícil acostumbrarse a la idea de que en adelante la alternativa a un gobierno civil tendría que ser otro igualmente civil, es de suponer de ideología distinta. Asimismo, para algunos políticos, tal vez para muchos, sería menos humillante verse reemplazados no por rivales civiles presuntamente más atractivos sino por matones uniformados, lo que, andando el tiempo, les permitiría asumir el papel de víctimas heroicas de fuerzas antidemocráticas. En vísperas del golpe de marzo de 1976, ciertos dirigentes peronistas apenas procuraron disimular su deseo de que los militares los libraran cuanto antes de la responsabilidad insoportable de continuar gobernando un país que, gracias a la ineptitud realmente extraordinaria de la presidenta Isabel Perón y sus colaboradores, se caía en pedazos. Por su parte, la ciudadanía en su conjunto ya se había resignado a ser gobernada por la enésima dictadura militar. Entre los incapaces de adaptarse psicológicamente al sistema democrático están miembros del gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Cuando se encuentran en apuros, voceros oficialistas se ponen a advertirnos del peligro golpista, imitando así a los políticos de un par de generaciones atrás, aunque, ya que no hay militares a la vista, dan a entender que, para no desentonar, los salvadores de la Patria se han disfrazado de periodistas. Según el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, los centenares de miles de personas que participaron de los cacerolazos gigantescos del jueves pasado proceden de “sectores sociales” que “en otro momento recurrían a los golpes militares y hoy recurren a los medios de comunicación”. Palabra más, palabra menos, es lo que dijo hace cuatro años la mismísima Cristina en ocasión de la confrontación del gobierno con el campo, según ella un reducto de golpistas impenitentes bajo el mando de Héctor Magnetto, el temible CEO del Grupo Clarín, por el asunto de las retenciones móviles. No son los únicos que hablan y, quizás, piensan de esta manera un tanto anacrónica. Desde el día en que Néstor Kirchner y su esposa se mudaron a la Casa Rosada, sus partidarios se han esforzado por convencer a la ciudadanía de que, de un modo u otro, en el fondo todos sus adversarios sin excepción son golpistas que sienten nostalgia por los días del régimen militar. Adoptaron tardíamente la causa de los derechos humanos con el propósito de conseguir el apoyo de quienes seguían viviendo en el pasado. Parecería que para ellos por lo menos, la Argentina sigue atrapada en la década de los setenta. Como generales jubilados que en su imaginación reeditan viejas batallas, no quieren dejar atrás los años de la juventud de Cristina y la de los progenitores o abuelos de “los pibes” que la rodean. Mal que les pese a la presidenta y sus simpatizantes, desde los años noventa, cuando el entonces presidente Carlos Menem aplastó sin miramientos el cuartelazo encabezado por Mohamed Alí Seineldín, ha sido nulo el riesgo de un golpe militar. Los uniformados, aleccionados por la experiencia, no han tenido ningún interés en asumir responsabilidades políticas. Lo sabe muy bien la proporción creciente de la población que nació en democracia –la edad promedio actual se ubica en los 28,4 años– y por lo tanto nunca tuvo que vivir bajo una dictadura castrense, de ahí la extrañeza que le producen las alusiones reiteradas de Cristina, Abal Medina y otros a los hipotéticos instintos golpistas de quienes no sienten demasiado entusiasmo por la gestión kirchnerista que, para muchos, es repudiable precisamente porque, como la dictadura militar, les parece demasiado autoritaria, prepotente y dogmática.
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