Ocho años de juicio papal

Por Rolando Montenegro

Qué no hicieron  argentinos y argentinas de todos los tiempos sino soñar con los grandes destinos de la patria. Según registra la historia, hubo rachas  de paz y progreso entre  frecuentes y dañinas interrupciones. En esos períodos de convaleciente recuperación  observadores nativos y foráneos  se animaron a vaticinar  que la nación entraba  irremediablemente en épocas  de estabilidad y concordia. Pero no sucedió.


   Acaso el diván podría ahondar en la esencia de  sus ciudadanos, en el por qué a un período de relativa y/o latente calma le ha sucedido otro de luchas intestinas. Es que no se comprenden las lamentables  peleas y diatribas levantadas a diario  entre  oficialismo y oposición, pronto difundidas hacia la sociedad en mala convivencia  ¿Podrá finalmente el juicio de Francisco influenciar favorablemente en los procesos políticos y sociales de la Argentina y, por ende,  de ésta con el mundo?


   Los  valores y gestos de unidad que el  papa argentino engrandece, pareció aliviar en sus comienzos la  amargura interior y el  bochorno exterior de una  Argentina que no ha podido ser uno de esos estados  ordenados y constantes. Sin ir demasiado lejos basta con otear por Uruguay, Chile y Brasil, aunque  podríamos hoy  incluir a Perú y Colombia, entre los del sur y de este lado del charco.

Ha sido frecuente atribuir estas lañas a ingredientes externos. Pero,  ya tantas y repetidas  crisis aluden a un mal sistémico,  que a modo de metástasis irresponsables  afectan a toda la comunidad, no salvándose ni los ya vacunados en estos vicios. Estas injustificadas dicotomías internas  pesan enormemente en el alma de los argentinos y los hacen caer en el desamor, en la fatalidad, en la discontinuidad de las leyes y del orden moral.


   Aunque se ha pretendido desvirtuar con insistencia y regularidad estos ocho años de juicio papal, es absurdo no querer ver su designación en el trono de Pedro como una esperanza para el mundo. La actitud de Francisco proclive a la vida simple y austera,  76 años como ciudadano argentino y los ocho últimos en el Vaticano, ha sido vista en el orbe como un estímulo para los jóvenes y aún para quienes  se deslizan hacia la vejez. Advierte siempre, entre tanto hablan los furiosos, que hay una reserva de ciudadanos  innatamente honrados construyendo cotidianamente el porvenir con constancia y esfuerzo, sin esperar que las mies caigan del cielo ni broten desde suelos infértiles.


  Veamos cómo se viene utilizando -con no pocos deleznables fines-  la crisis por la pandemia. Las dificultades padecidas en el planeta muestran pueblos que afrontan sus dificultades con admirable entereza y espíritu de sacrificio. Sin embargo, paradójicamente, por estos lares tratamos de pasarla graciosa y cómodamente, entre acusaciones y agresiones recíprocas: manifestaciones callejeras de toda índole que paralizan servicios esenciales, rencor entre partidos políticos aún del mismo palo, desunión y desconcierto sanitario incluyendo vacunaciones vip, hasta alentarse interregno escraches y golpes republicanos sui generis en pleno siglo XXI.  


  En un país con semejante historia no hay lugar para exageraciones ni ilusiones. Una nación puede mejorar su estructura política y social  si  la voluntad de su pueblo no anda  buscando enemigos por doquier para  justificar vanas ideologías. Entre tanto desconcierto y sobrexcitación no viene mal que una espiritualidad, que promueve el encuentro fraterno y una especial preocupación por los pobres del mundo,  irrumpa entre tanto despilfarro,  individualismos y personalismos, arrogancia e insolencia,  vulgaridades y apariencias,  enriquecimiento y malversaciones, cifras económicas discursivas y flojedades morales.

* Profesor de Cirugía Facultad de Ciencias Médicas UNC


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