Opciones limitadas
Como era de prever, la decisión del gobierno israelí de expulsar al líder palestino Yasser Arafat por considerarlo “un obstáculo a la paz” ha sido condenada por la “comunidad internacional”, que le ha contestado afirmando que, lejos de contribuir a tranquilizar el Medio Oriente, sólo serviría para agitarlo aún más. Tal reacción era de prever porque la llamada “comunidad internacional”, buena parte de la cual está conformada por dictadores, nunca ha manifestado la más mínima voluntad de entender la situación en la que se encuentra Israel, rodeado como está por regímenes autocráticos que no han hecho ningún secreto de su deseo de borrarlo de la faz de la Tierra y que no han vacilado en armar y subvencionar a bandas de fanáticos que con regularidad perpetran atentados suicidas dirigidos no contra blancos militares, sino contra civiles. Toda vez que los israelíes contraatacan matando a los directamente responsables de enviar bombas humanas para que asesinen o mutilen a hombres, mujeres y niños en restaurantes, en terminales de transporte o en micros, la “comunidad internacional” levanta su voz para condenarlo, pero cuando se produce un nuevo atentado sanguinario en las calles de Tel Aviv, Jerusalén y otras ciudades, lo atribuye a la desesperación de los palestinos que, claro está, es considerada el resultado lógico y por lo tanto legítimo de la presunta inflexibilidad israelí.
Así las cosas, puede entenderse el desprecio que siente el gobierno israelí por la “opinión internacional”. Sabe que cualquier medida que tome, aunque sólo se trate del cierre breve de un puesto fronterizo, será considerada una nueva manifestación de su crueldad sin límites. Mientras tanto, los rusos pueden reducir Chechenia a escombros, matando a centenares de miles, o los chinos continuar persiguiendo con brutalidad a los tibetanos, sin que a la “comunidad internacional” se le ocurriera protestar. Asimismo, tienen derecho los israelíes a preguntarse: ¿cómo reaccionarían los europeos si todos los días grupos claramente identificados que se proclamaran resueltos a destruirlos por completo provocaran matanzas en París, Madrid o Berlín? Creen saber la respuesta: luego de un período signado por el estupor y la consternación durante el cual ciertas élites atribuirían el horror a lo hecho por sus propios países, la presión pública obligaría a sus autoridades a actuar con mucha más violencia que la empleada hasta ahora por los israelíes.
Desde hace años Arafat ha estado tratando de brindar la impresión de que si bien él personalmente está en favor de “la paz”, todavía no ha logrado controlar a los grupos terroristas que abundan, pero los israelíes entienden que sólo es cuestión de un juego cínico porque lo único que le interesa es continuar atacándolos por todos los medios, tanto terroristas como diplomáticos. Puesto que la convivencia civilizada entre israelíes y árabes será totalmente imposible mientras sigan activos los terroristas protegidos, cuando no manejados, por la Autoridad Palestina, para que el plan de paz prohijado por Estados Unidos y la Unión Europea resulte viable, el gobierno del territorio tendrá que estar bajo el mando de personas convencidas de la necesidad de eliminar de una vez al Hamas y otras agrupaciones afines. Ya que no existen motivos para suponer que Arafat se haya sentido tentado a cumplir el papel así supuesto -por el contrario, todo hace pensar que se ha propuesto asegurar que nadie pueda hacerlo-, su expulsión parece ser la única forma de reavivar un “proceso de paz” que ha llegado a un punto muerto. Habría riesgos, claro está, y es posible que a los israelíes les conviniera más tolerar la presencia de un enemigo mortal bien conocido que verlo reemplazado por otro que podría ser todavía peor, pero así y todo las advertencias solemnes de la “comunidad internacional” parecen un tanto exageradas. Sin duda la expulsión de Arafat enfurecería a sus partidarios, pero sucede que ya están furiosos. En cuanto al temor a que intensificara los sentimientos anti-israelíes de los árabes, desde hace años la histeria antijudía, atizada por regímenes resueltos a distraer la atención de la gente de sus propios crímenes, errores y fracasos, es tan común en Medio Oriente que nada que hiciera el gobierno israelí podría agravarla todavía más.
Como era de prever, la decisión del gobierno israelí de expulsar al líder palestino Yasser Arafat por considerarlo “un obstáculo a la paz” ha sido condenada por la “comunidad internacional”, que le ha contestado afirmando que, lejos de contribuir a tranquilizar el Medio Oriente, sólo serviría para agitarlo aún más. Tal reacción era de prever porque la llamada “comunidad internacional”, buena parte de la cual está conformada por dictadores, nunca ha manifestado la más mínima voluntad de entender la situación en la que se encuentra Israel, rodeado como está por regímenes autocráticos que no han hecho ningún secreto de su deseo de borrarlo de la faz de la Tierra y que no han vacilado en armar y subvencionar a bandas de fanáticos que con regularidad perpetran atentados suicidas dirigidos no contra blancos militares, sino contra civiles. Toda vez que los israelíes contraatacan matando a los directamente responsables de enviar bombas humanas para que asesinen o mutilen a hombres, mujeres y niños en restaurantes, en terminales de transporte o en micros, la “comunidad internacional” levanta su voz para condenarlo, pero cuando se produce un nuevo atentado sanguinario en las calles de Tel Aviv, Jerusalén y otras ciudades, lo atribuye a la desesperación de los palestinos que, claro está, es considerada el resultado lógico y por lo tanto legítimo de la presunta inflexibilidad israelí.
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