Historia pura

A pesar del dolor por la final perdida ante España, este ciclo deja un legado de unión, sencillez, valores y agallas.

Por Marcelo Antonio Angriman

La derrota duele, cala honda y no se puede ocultar. La aflicción por la oportunidad perdida en una final del mundo es real y legítima. Sin embargo, el fútbol, como la vida misma, nos obliga a mirar el recorrido completo.

Si al comienzo de la gestión de Lionel Scaloni nos hubieran ofrecido un título mundial, dos Copas América y una Finalísima, no lo hubiésemos tomado en serio. Si antes del pitazo inicial de este Hipermundial de 48 selecciones, nos hubieran garantizado llegar a la final, seguramente lo hubiésemos firmado con los ojos cerrados.

Muy a nuestro pesar, el partido ante España dejó un justo ganador. El conjunto ibérico defendió su libreto de toque y presión, un mecanismo aceitado que viene siendo trabajado desde hace años. Nos ganaron en la propuesta táctica y también en la fortuna: perder a los dos marcadores centrales por lesión obligó a desarmar la línea defensiva.

Difícilmente otro equipo del planeta hubiera podido resistir a esta España durante 120 minutos, menos aún con diez jugadores durante buena parte de los mismos. Argentina no pateó al arco, salvo en los últimos pasajes cuando, con más coraje que juego, fue detrás del milagro tras el gol de Ferran Torres. En esa entrega general y en actuaciones particulares como las de Tagliafico y el “Dibu” Martínez, se sostuvo el orgullo hasta el último suspiro.

El modelo formativo español recuerda a lo que en su momento edificó José Pékerman en nuestro país, una estructura de largo plazo que bien podría reproducirse a futuro, ojalá de la mano del propio Scaloni. La defensa del potrero de los clubes de barrios y pueblos, es el semillero que jamás Argentina debe resignar.

Pero la trascendencia de estos ocho años al frente de la Selección va mucho más allá del césped. Radica en cómo este grupo logró unir a los argentinos sin distinción de clases sociales, filiaciones políticas o credos religiosos. Consiguió amalgamar a generaciones enteras y volcar a una multitud a las calles como ninguna otra manifestación social.

Para los que ya peinamos canas, el hecho de que este ciclo haya permitido que nuestros hijos, y los nietos de muchos, puedan salir a festejar masivamente, es algo de lo que estaremos eternamente reconocidos.

Este proceso ha sido un faro de comportamiento, sustentado en valores como la familia, la sencillez, el respeto y la renuncia a la confrontación innecesaria.

Nos devolvieron en esta copa, la emocionalidad dormida en partidos memorables frente a Cabo Verde, Egipto, Suiza y, por sobre todos, aquel cruce ante Inglaterra. Si ellos nos enseñaron que lo imposible era posible, ¿cómo no vamos a comprender ahora que lo posible, a veces, también es imposible?

En el centro de esta epopeya contemporánea habita Lionel Messi. Hay que agradecer su magia inagotable, por supuesto, pero por sobre todo su don de gente, su simpleza, su sanidad mental y esa defensa del núcleo familiar.

Su profesionalismo y su resiliencia para volver a intentar después de tantos traspiés lo consagran como el deportista más extraordinario que haya pisado un campo de juego.

Aquel abrazo sentido con Scaloni tras el triunfo ante Inglaterra, cuando Messi lo apretó fuerte y le dijo: “Somos historia pura”, sintetiza a la perfección nuestra esencia.

A los argentinos no nos sobra nada, excepto agallas. Quedó demostrado en la cancha por parte de los jugadores y en la gente, en los banderazos, en los festejos y en las locuras de miles por seguir a la Selección a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos.

Esta columna no nace de la sensiblería, sino de una forma de ver, entendiendo que el fútbol es muchas veces una metáfora de la vida.

Ante la natural melancolía del cierre y el recambio inevitable, me viene a la memoria una frase de la infancia proferida por mi madre. Cuando los abuelos regresaban a su Córdoba natal, luego de una visita, solíamos con mis hermanas lamentarnos diciendo: “qué lástima que se van”. Ella, con la sabiduría propia de la experiencia, nos respondía: “Agradezcan que vinieron y todo lo que disfrutamos con ellos”.

Hoy el sentimiento es el mismo. Gracias por haber venido, gracias por habernos hecho partícipes de esta historia pura.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


La derrota duele, cala honda y no se puede ocultar. La aflicción por la oportunidad perdida en una final del mundo es real y legítima. Sin embargo, el fútbol, como la vida misma, nos obliga a mirar el recorrido completo.

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