La búsqueda de los pueblos originarios

Las poblaciones autóctonas son reconocidas por las Naciones Unidas, la OPS y la OMS (2016) como una de las poblaciones más vulneradas del mundo.





Las poblaciones autóctonas son reconocidas por las Naciones Unidas, la OPS y la OMS (2016) como una de las poblaciones más vulneradas del mundo. En la actualidad continúan luchando por el reconocimiento de sus derechos e identidades violentadas, producto de un proceso histórico de colonización impuesto por un modelo hegemónico que rompe con su continuidad cultural, medioambiental, lingüística, y socio/económico/política.

Ya en 1986 con el estreno de la película Argentina “Gerónima” su director Raúl Tosso en colaboración con Carlos Paola, psicoanalista, nos muestran no solo el fracaso del modelo psiquiátrico hegemónico desde el cual se definía la salud y la enfermedad, el desarrollo normal y patológico, sino también como cuando una cultura quiere imponerse sobre otra, se producen resultados devastadores en el ser humano y nos impulsa a reflexionar sobre la importancia de considerar los contextos culturales que definen la subjetivación.

La película se basa en la historia real de una familia mapuche, integrada por madre, padre y varios hijos que viven en una casa muy rudimentaria, en una planicie árida y desértica; sus condiciones son precarias, duermen sobre cueros en el suelo y reciben una pensión que cobran en el pueblo. El padre muere en circunstancias poco claras, posiblemente le dio muerte alguien muy cercano. Era una persona muy violenta y alcohólica que golpeaba fuertemente a su familia, especialmente a su mujer.

Esa familia fue llevada al hospital donde los psiquiatras trabajaron de acuerdo al modelo médico vigente, el cual no acostumbrara entonces a considerar lo que se desconocía acerca de que le produce a una persona de una cultura diversa de la occidental y cristiana, el hecho de bañarla y sacarle la tierra que durante años formó parte de su piel y de su persona. El director (con gran maestría) muestra simultáneamente como se escurre la yerba mate por una cañería, mientras los médicos ríen y se divierten y en la ducha que recibe la protagonista mapuche cómo se diluye la tierra que cubría su cuerpo, y su rostro deja de tener su expresión cotidiana, enrareciéndose. Esa noche la familia que estaba en el hospital duerme bajo la cama, haciéndose un sitio que recuerde su lugar de dormir dándoles algo de continuidad a una existencia interrumpida en sus costumbres. La mapuche no resiste esta aniquilación identitaria de su grupo de referencia y al poco tiempo muere.

¿La cultura dominante y la ciencia derivada de esa cultura diagnostican trastorno de personalidad, déficit simbólico, bajo rendimiento lingüístico, sin la menor consideración por una vida organizada con insuficientes recursos para la subsistencia y la felicidad? Sin considerar la cosmovisión y la realidad mapuche. No hubo un intento de conocer, sólo se quería intervenir y corregir desde una postura dominante que se asumía como la única.

Cada cultura, dentro de su proceso de desarrollo histórico, ha identificado formas de responder a los problemas fundamentales como la vida, la muerte, la salud, la enfermedad generando categorías, modelos, ideas y prácticas propias, que dependen de la cosmovisión, la historia social y el ámbito geográfico en el que se asienta. En la actualidad los psicoanalistas que trabajamos en y con los pueblos originarios sostenemos la ética del respeto por las prácticas y creencias autóctonas en relación al cuidado de la salud y su recuperación en caso de malestares diversos.

Veamos cómo una experiencia da cuenta de ello, en Panamá, relatada por una colega de allí.

La comunidad indígena Guna, comarca Guna Yala, cuyos asentamientos se encuentran en territorio que se extienden entre el norte de Colombia y Panamá, es una de las más grandes y representativas en Latinoamérica.

Una de las situaciones de salud más extendidas en la comunidad es el VIH y el sida. Desde una fundación que les brindaba atención preventiva y tratamiento individual y comunitario, conocimos más de sus costumbres.

Con los Gunas aprendíimos que los miembros de éstas comunidades tenían que hacer un gran esfuerzo en entender español (en el idioma Guna no existe la palabra virus, por ejemplo. Y sí, es un idioma, ya que tiene su propio alfabeto y estructura gramatical). Observamos también que pasaban gran trabajo al no poder comprender la medicina moderna (muy divorciada de la medicina que conocían), vivimos las dificultades sanitarias y de transporte que padecían y, con todo esto, entendimos en parte, por qué se sentían menos respetados y cuidados que el resto de la población no indígena.

Con estas experiencias aprendimos, además, que primero había que entender su manera de “curar heridas” antes que imponer la forma “correcta” conocida de la medicina “del hombre de ciudad”, como nos dicen. Ellos nos enseñaron que los ungüentos, menjurjes, ramas y baños, no son incompatibles sino complementarios con la manera de curar de los waganegas (comunidad de extranjeros, no indígenas). A los niños de la comunidades indígenas lo curaba la medicina moderna ¡cierto!, esto mejoraba enormemente su calidad de vida, pero también lo hacía el volver a su tierra, los baños con ramas de la abuela y la preocupación y cuidados de la comunidad.

Dar información en idioma Guna era todo un reto, conseguir que confiaran en nosotros y los recursos que les prestábamos era aún más difícil; fácilmente desechaban las intervenciones si éstas no estaban adaptadas a su cotidianidad, y si las aceptaban no eran por mucho tiempo si antes no habíamos invertido suficiente en que entendieran que la propuesta occidental no venía a extinguir sus costumbres.

Esta experencia muestra la importante del establecimiento de los vínculos humanos previo a la inserción del conocimiento médico. Des pues de todo “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”. (Freud, 1915)

*por:

-Isabel Mansiones, Asoc. Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA) Coordinadora Grupo de Estudios Psicoanalistas en la Comunidad. FEPAL

Mirta Itlman, Integrante de APdeBA) Miembro de FEPAL

-Natalia Mudarra, Asoc. Panameña de Psicoanalisis ( APAP) y miembro de FEPAL


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