La movilidad social empieza en el aula

La escuela no puede resolver por sí sola desigualdades sociales, pero sí puede contribuir a reducirlas a través de la enseñanza.

Por LUCÍA VALLEJO *

A los 15 años, los jóvenes comienzan a hacerse algunas de las primeras preguntas sobre su futuro: ¿Qué voy a estudiar? ¿En qué me gustaría trabajar? ¿Voy a poder ir a la universidad? Algunos encuentran respuestas y certezas; otros, apenas ansiedad y dudas. Hay adolescentes que tienen una profesión en mente desde chicos. Otros todavía no saben bien qué quieren hacer.

En medio de un bombardeo constante de mensajes en redes sociales y de referentes que minimizan el valor de la escuela, los datos muestran que las ganas de seguir estudiando siguen estando presentes. Según un informe de Argentinos por la Educación, el 85% de los estudiantes argentinos del último año de secundaria planea continuar sus estudios.

Pero las ganas no siempre son suficientes. Además de los recursos socioeconómicos, para iniciar una carrera universitaria o una formación superior hace falta una base de conocimientos que debe construirse durante la escolaridad.

Sin embargo, cuando observamos las trayectorias y los aprendizajes, vemos que todavía estamos lejos de que todos los adolescentes cuenten con esa preparación.

El Índice de Resultados Escolares en América Latina, elaborado por Argentinos por la Educación a partir de las pruebas PISA 2025 y encuestas de hogares, muestra que solo 19 de cada 100 adolescentes argentinos de 15 años están escolarizados, cursan el año correspondiente a su edad y alcanzan los aprendizajes mínimos en Lectura y Matemática.

Durante generaciones, la educación fue una herramienta clave para la movilidad social en Argentina. Para muchas familias, que un hijo sea el primero en terminar la secundaria y pueda continuar una carrera universitaria representa un enorme orgullo. Pero también expresa una aspiración colectiva: que los hijos accedan a oportunidades que sus padres no tuvieron y puedan construir mejores condiciones de vida.

No obstante, pensemos y hagamos el ejercicio de imaginar a dos estudiantes que llegan a la secundaria con dificultades para comprender textos y resolver problemas matemáticos.

Uno cuenta con una familia que puede pagar clases particulares; el otro depende exclusivamente de lo que aprende en la escuela y no tiene recursos para buscar ayuda por fuera de ella. Los dos pueden tener las mismas aspiraciones, el mismo imaginario de futuro e incluso el mismo talento y las mismas ganas de ir detrás de sus proyectos. Sin embargo, no cuentan con las mismas posibilidades para superar esos obstáculos.

​El rol de las políticas públicas ​


Cuando las políticas públicas no logran garantizar los aprendizajes fundamentales, las desigualdades de origen pueden profundizarse. Y aparece una paradoja injusta que todavía no conseguimos desactivar: quienes más necesitan de la educación para ampliar sus oportunidades son, al mismo tiempo, quienes menos recursos tienen para compensar aquello que no aprendieron en la escuela.

Además, comprender un texto y manejar cálculos básicos no son habilidades importantes únicamente para quienes desean llegar a la universidad.

Comprender un contrato de alquiler, calcular descuentos en un supermercado, interpretar cómo afecta la inflación al salario o evaluar las condiciones de un préstamo son situaciones cotidianas que requieren conocimientos fundamentales.

La comprensión lectora, el razonamiento matemático, la lógica para resolver problemas y la capacidad de abstracción son herramientas que nunca pierden vigencia. Especialmente en un contexto atravesado por la inmediatez o capacidad de resumen de la IA.

Un chico que no comprende lo que lee o que no puede resolver problemas simples no solo tendrá mayores dificultades en la escuela: también encontrará más obstáculos para participar de la vida democrática, tomar decisiones con autonomía y desenvolverse en una sociedad cada vez más compleja.

La escuela no puede resolver por sí sola todas las desigualdades sociales, pero sí puede contribuir a reducirlas a través de la enseñanza. En las últimas décadas, Argentina consiguió avances importantes en la escolarización de sus adolescentes.

Sin embargo, todavía queda una tarea pendiente: que esa inclusión también se refleje en los aprendizajes y que todos los estudiantes terminen la secundaria con una base sólida para continuar estudiando y construir su propio camino.

La promesa del ascenso social, históricamente ligada a la educación en Argentina, encuentra hoy cada vez más obstáculos.

La incertidumbre económica, la necesidad de incorporarse tempranamente al mercado laboral y otras urgencias de la vida cotidiana ponen en jaque las expectativas de miles de jóvenes que sueñan con seguir formándose una vez terminada la escuela.

Frente a ese escenario, la política educativa tiene un desafío impostergable: volver a poner la enseñanza en el centro, fortalecer los aprendizajes y saldar las deudas que todavía arrastra el sistema.

* Economista y Analista de Datos en Argentinos por la Educación.


A los 15 años, los jóvenes comienzan a hacerse algunas de las primeras preguntas sobre su futuro: ¿Qué voy a estudiar? ¿En qué me gustaría trabajar? ¿Voy a poder ir a la universidad? Algunos encuentran respuestas y certezas; otros, apenas ansiedad y dudas. Hay adolescentes que tienen una profesión en mente desde chicos. Otros todavía no saben bien qué quieren hacer.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora

Comentarios