La noche en que todos fuimos Lanús

Por Marcelo Antonio Angriman

Hay noches en las que el fútbol, esa «dinámica de lo impensado» según Dante Panzeri, decide rebelarse contra la dictadura de los presupuestos y la frialdad de los balances contables.

Lo vivido en la noche del jueves 26 de febrero de 2026, en el mítico Estadio Maracaná no fue solo una final de Recopa; fue una apuesta de fe, una oda al carácter y, por, sobre todo, el triunfo del «nosotros» por sobre el «yo».

Lanús, esa institución modelo del sur bonaerense, que se autodenomina con orgullo: “el club de barrio más grande del mundo», se plantó en el templo del Flamengo, el coloso de América, para dictar una lección de humildad y coraje que quedará grabada como una gesta memorable.

La diferencia de cotización entre ambos planteles resulta, por momentos, obscena. Mientras el Mengão ostenta individualidades que valen fortunas europeas (Paquetà, Pedro, Jorginho, Gerson, De Arrascaeta, Carrascal, Danilo, De la Cruz, Plata entre otros), el Granate opuso una estructura solidaria y granítica diseñada por su técnico Mauricio Pellegrino.

Con una base sustentada en jugadores mayores como Izquierdoz, Salvio, Marcelino Moreno y un arquero seguro como Losada, el Flaco armó un bloque que no se resquebrajó ni ante el nombre del rival ni ante la presión de los miles de torcedores del Rubro-Negro.

Tras el 1-0 obtenido con esfuerzo en “La Fortaleza”, la vuelta en la capital carioca se presentó como una odisea bajo una lluvia copiosa que no dio tregua durante los 120 minutos de batalla.

El guion pareció escrito para Hollywood. Fue nuestra propia versión de Cinderella Man. James Braddock peleaba con el corazón en la mano por su familia; este Lanús peleó con el alma por su identidad, resistiendo los embates de una torcida ensordecedora y la jerarquía de un rival que parecía invencible.

El desarrollo del encuentro fue un sube y baja de emociones. Rodrigo Castillo abrió el camino con un gol de oportunista que enmudeció al Maracaná, demostrando que el hambre de gloria no entiende de jerarquías. Sin embargo, el gigante despertó y merced a dos penales, obligó a la prórroga.

Fue allí, en el lodo y la fatiga, donde emergió la épica. El rústico José María Canale, con un poderoso cabezazo que tuvo la fuerza de mil corazones, puso el empate parcial.

Y como frutilla del postre, ya en el último suspiro del juego llegó el éxtasis, con una corrida interminable del veinteañero Dylan Aquino, un relámpago entre las gotas de lluvia, para sellar el 3-2 definitivo.

Su festejo, con la pelota debajo de la camiseta dedicando el gol a su futuro hijo, fue una foto que quedará guardada en la retina para siempre.

Como bien supo escribir Arturo Pérez-Reverte: «En la guerra, como en la vida, no sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta a la oscuridad del combate». Lanús se ajustó a la oscuridad de un escenario hostil y a una humedad que calaba los huesos, demostrando que un equipo es una maquinaria donde el engranaje más pequeño es tan vital como el más grande.

Que el campeón de la Sudamericana se imponga al de la Libertadores es un hecho atípico que rompe la lógica, una metáfora perfecta de que, en el fútbol, el dinero puede comprar estrellas, pero jamás podrá comprar el sentido de pertenencia. Muestra de ello es la compra indiscriminada de jugadores de los dos grandes equipos argentinos, que, a pesar de ello, no logran dar la talla.

Anoche, en el barro de Río, el barrio se hizo mundo. Y el mundo, de pie y bajo la lluvia, tuvo que rendirse ante el Granate.

Porque al final de los 120 minutos, quedó claro que la billetera más abultada no siempre puede contra el corazón más valiente.

*Abogado. Prof. Nac. de Educación Física. Docente Universitario. angrimanmarcelo@gmail.com


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