Oposición fragmentada
Al aspirante presidencial radical Ricardo Alfonsín no le gusta para nada la idea de aliarse con integrantes del Peronismo Federal o del macrismo, ya que en su opinión son demasiado derechistas, pero le encantaría hacerlo con la gente del izquierdista nacionalista Fernando “Pino” Solanas. Desgraciadamente para el hijo de Raúl Alfonsín, el cineasta reaccionó ante su invitación amable afirmando que es contrario por principio a las alianzas y que de todos modos el radicalismo comparte la responsabilidad por “la degradación argentina porque gobernaron también en estos 30 años”. Otro aspirante a mudarse a la Casa Rosada, en esta ocasión por la vía electoral, Eduardo Duhalde, sí cree en las alianzas, ya que según él la unidad de la oposición sería “letal” para el kirchnerismo, pero sus eventuales socios, como el puntano Alberto Rodríguez Saá, no quieren saber nada de la idea. Por su parte, Mauricio Macri ha propuesto que la oposición en su conjunto se encolumne detrás de un solo candidato, alternativa que fue rechazada con su indignación habitual por Elisa Carrió, que la atribuyó a “un operativo de un sector empresarial”. Para rematar, Carrió, es de suponer aludiendo elípticamente a Macri y Duhalde, avisó que no se juntaría con “corruptos” y “narcos”. Dicho de otro modo, todo hace pensar que por un rato la oposición seguirá dividida en al menos cuatro bloques irreconciliables. Puede que, al aproximarse las elecciones, el panorama confuso así supuesto se simplifique un tanto, pero tal y como están las cosas el oficialismo no tiene por qué preocuparse, ya que, de buscar la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la reelección, podría triunfar con menos del 40% de los votos. Para el gobierno, el que los dirigentes de las distintas fuerzas opositoras estén resueltos a seguir privilegiando sus enconos personales es sin duda motivo de satisfacción porque virtualmente asegura que “la primera minoría”, encabezada actualmente por Cristina, conserve el poder por algunos años más. Para buena parte de la ciudadanía, en cambio, la incapacidad al parecer congénita de la clase política para formar partidos auténticos, equiparables con los existentes en las democracias más maduras y estables, es una de las causas básicas de “la degradación argentina” denunciada por Solanas. Es como si en nuestro país abundaran quienes se creen dirigentes natos, de ahí la proliferación de partidos chicos que siempre están al borde de un nuevo cisma y la desintegración ya rutinaria de los presuntamente grandes como el PJ y la UCR que, en realidad, son a esta altura meros rejuntes de facciones pendencieras, pero escasearan personas talentosas preparadas para conformarse con ocupar puestos subalternos en una organización mayor. ¿A qué se debe este fenómeno desalentador? En parte, a la influencia de dos movimientos populistas, el radicalismo y el peronismo, que por pretender representar todo lo rescatable en la sociedad argentina terminaron comprometiéndose con variantes del corporativismo. También ha incidido la conciencia de que los problemas sociales y económicos se han hecho tan graves que cualquier intento serio por atenuarlos requeriría reformas profundas que se verían resistidas por la CGT, los lobbies empresariales y muchos otros, de ahí la propensión de tantos políticos a subrayar las presuntas convicciones ideológicas que les impiden comprometerse con medidas prácticas. Por lo demás, la noción peregrina, reivindicada por Solanas y otros, de que el destino desafortunado del gobierno del presidente Fernando de la Rúa probó de una vez y para todas que las alianzas son intrínsecamente perversas, brinda a todos un pretexto para privilegiar la independencia de su propia facción. Pues bien, mal que les pese a quienes piensan de este modo, sin alianzas o, si se prefiere, coaliciones, frentes y así por el estilo, no es posible crear partidos amplios que tienen necesariamente que incluir a sectores que no siempre comparten los mismos intereses. Hasta que los principales dirigentes del país no sólo entiendan esta realidad evidente sino que también se dignen a actuar en consecuencia, el sistema político nacional seguirá caracterizándose por la voluntad generalizada se subordinar lo importante a lo meramente anecdótico, o sea, por lo que Sigmund Freud calificó del “narcisismo de las pequeñas diferencias”.
Al aspirante presidencial radical Ricardo Alfonsín no le gusta para nada la idea de aliarse con integrantes del Peronismo Federal o del macrismo, ya que en su opinión son demasiado derechistas, pero le encantaría hacerlo con la gente del izquierdista nacionalista Fernando “Pino” Solanas. Desgraciadamente para el hijo de Raúl Alfonsín, el cineasta reaccionó ante su invitación amable afirmando que es contrario por principio a las alianzas y que de todos modos el radicalismo comparte la responsabilidad por “la degradación argentina porque gobernaron también en estos 30 años”. Otro aspirante a mudarse a la Casa Rosada, en esta ocasión por la vía electoral, Eduardo Duhalde, sí cree en las alianzas, ya que según él la unidad de la oposición sería “letal” para el kirchnerismo, pero sus eventuales socios, como el puntano Alberto Rodríguez Saá, no quieren saber nada de la idea. Por su parte, Mauricio Macri ha propuesto que la oposición en su conjunto se encolumne detrás de un solo candidato, alternativa que fue rechazada con su indignación habitual por Elisa Carrió, que la atribuyó a “un operativo de un sector empresarial”. Para rematar, Carrió, es de suponer aludiendo elípticamente a Macri y Duhalde, avisó que no se juntaría con “corruptos” y “narcos”. Dicho de otro modo, todo hace pensar que por un rato la oposición seguirá dividida en al menos cuatro bloques irreconciliables. Puede que, al aproximarse las elecciones, el panorama confuso así supuesto se simplifique un tanto, pero tal y como están las cosas el oficialismo no tiene por qué preocuparse, ya que, de buscar la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la reelección, podría triunfar con menos del 40% de los votos. Para el gobierno, el que los dirigentes de las distintas fuerzas opositoras estén resueltos a seguir privilegiando sus enconos personales es sin duda motivo de satisfacción porque virtualmente asegura que “la primera minoría”, encabezada actualmente por Cristina, conserve el poder por algunos años más. Para buena parte de la ciudadanía, en cambio, la incapacidad al parecer congénita de la clase política para formar partidos auténticos, equiparables con los existentes en las democracias más maduras y estables, es una de las causas básicas de “la degradación argentina” denunciada por Solanas. Es como si en nuestro país abundaran quienes se creen dirigentes natos, de ahí la proliferación de partidos chicos que siempre están al borde de un nuevo cisma y la desintegración ya rutinaria de los presuntamente grandes como el PJ y la UCR que, en realidad, son a esta altura meros rejuntes de facciones pendencieras, pero escasearan personas talentosas preparadas para conformarse con ocupar puestos subalternos en una organización mayor. ¿A qué se debe este fenómeno desalentador? En parte, a la influencia de dos movimientos populistas, el radicalismo y el peronismo, que por pretender representar todo lo rescatable en la sociedad argentina terminaron comprometiéndose con variantes del corporativismo. También ha incidido la conciencia de que los problemas sociales y económicos se han hecho tan graves que cualquier intento serio por atenuarlos requeriría reformas profundas que se verían resistidas por la CGT, los lobbies empresariales y muchos otros, de ahí la propensión de tantos políticos a subrayar las presuntas convicciones ideológicas que les impiden comprometerse con medidas prácticas. Por lo demás, la noción peregrina, reivindicada por Solanas y otros, de que el destino desafortunado del gobierno del presidente Fernando de la Rúa probó de una vez y para todas que las alianzas son intrínsecamente perversas, brinda a todos un pretexto para privilegiar la independencia de su propia facción. Pues bien, mal que les pese a quienes piensan de este modo, sin alianzas o, si se prefiere, coaliciones, frentes y así por el estilo, no es posible crear partidos amplios que tienen necesariamente que incluir a sectores que no siempre comparten los mismos intereses. Hasta que los principales dirigentes del país no sólo entiendan esta realidad evidente sino que también se dignen a actuar en consecuencia, el sistema político nacional seguirá caracterizándose por la voluntad generalizada se subordinar lo importante a lo meramente anecdótico, o sea, por lo que Sigmund Freud calificó del “narcisismo de las pequeñas diferencias”.
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