País bloqueado
Los intentos de De la Rúa y Machinea de imprimir confianza en el futuro no han provocado más que extrañeza.
En Mar del Plata, el ministro de Economía, José Luis Machinea, aprovechó la sexta conferencia de la Unión Industrial Argentina para informarnos que este año el crecimiento del producto bruto no sería del 1,7% que había previsto en setiembre sino del 0,7%, una cifra magra que supone un retroceso porque, al fin y al cabo, la recesión no ha incidido en las costumbres procreativas de la gente que continuará asegurando que la población del país crezca a un ritmo cercano al 1,3% anual. Es más: puesto que por razones misteriosas los pobres suelen tener más hijos que los acomodados, no sorprendería que en los años próximos la tasa de natalidad aumentara a raíz de la depauperación de amplios sectores. De ser así, la tercermundización de la Argentina resultaría irrefrenable.
En parte, la revisión de las perspectivas de crecimiento por parte del Ministerio de Economía puede atribuirse a factores externos: gracias al aumento del costo del petróleo, son muchos los ministros de Economía que se han visto constreñidos a rebajar los vaticinios optimistas que habían formulado antes de que la OPEP se pusiera a hacer subir el precio del crudo. Tanto los dirigentes de los Estados Unidos como de la Unión Europea y los países de Asia oriental se han dado cuenta de que si el precio del petróleo se mantiene por encima de los 30 dólares por barril -y según algunos, de estallar una guerra en Medio Oriente podría llegar a cotizarse por encima de 40 dólares por barril-, los años próximos resultarán mucho más difíciles de lo que cualquiera había imaginado, mientras que el impacto en las economías relativamente precarias, entre ellas la argentina, sería todavía más negativo. Sin embargo, mientras que en los demás países se hablaba de una tasa de crecimiento del producto bruto nacional del cuatro, cinco o seis por ciento en el 2000, aquí el gobierno ya se había resignado a iniciar el siglo XXI con la economía atrapada en una recesión prolongada.
Se trata de una realidad que ha dejado perplejos a muchos economistas que creen que la Argentina ha «hecho los deberes» y por lo tanto debería estar experimentando un período largo de crecimiento sostenido. Si bien entienden que el fuerte aumento de impuestos ordenado por el gobierno de la Alianza a comienzos de su gestión no pudo servir para estimular más actividad, les parece sumamente exagerada la reacción frente al golpe así supuesto de los «mercados» y de los consumidores, razón por la cual son cada vez más los que están afirmando que en el fondo el problema es «psicológico». Aunque tal juicio tiene poco que ver con su propia disciplina, es probable que estén en lo cierto, lo cual no puede considerarse motivo de consuelo porque hasta ahora nadie ha encontrado la forma de mejorar el estado anímico de los habitantes del país. Los intentos del presidente Fernando de la Rúa y del propio Machinea de irradiar confianza en el futuro no han provocado más que extrañeza, debido a que al procurar convencer a todos de que habían «heredado» un país al borde de la ruina, los dos se las arreglaron para encarnar el pesimismo que se apoderaría de buena parte de la ciudadanía.
De todos modos, hoy en día, el dinamismo de una economía determinada depende mucho más del sector privado que del gobierno. Siempre y cuando éste no obstaculice los negocios inventando trabas burocráticas u obligando a los eficientes a subsidiar a los inoperantes, el crecimiento debería verse asegurado por la voluntad natural de los empresarios de prosperar. Si bien la Alianza no ha procurado eliminar muchas trabas existentes, nada ha hecho que las agravaría, de manera que, en términos generales, la situación objetiva no ha cambiado demasiado en los años últimos, pero aun así parecería que los agentes económicos han decidido esperar a que se produzcan algunos cambios drásticos sin que nadie sepa en qué deberían consistir. Tal vez el más importante sería el reemplazo de Machinea por una persona de carácter más decidido que, lo mismo que Domingo Cavallo durante el primer período en el poder de Carlos Menem, brinde la impresión de poseer la fórmula necesaria para tonificar una sociedad demasiado propensa a bajar los brazos para entregarse a los placeres dudosos de la autocompasión.