País de fantasmas

Redacción

Por Redacción

Según Néstor Kirchner, Carlos Menem ya es un fantasma. Conforme al ex presidente, Eduardo Duhalde pronto será uno. Del mismo modo, los demás candidatos dan a entender que en su opinión sus rivales plantean alternativas tan desactualizadas que sería absurdo intentar reanimarlas. Si estuviéramos en otro país, la mayoría tendría razón porque no cabe duda de que Menem, Duhalde, el puntano Adolfo Rodríguez Saá y el pelotón de aspirantes de «la izquierda» representan recetas que en el «Primer Mundo» suelen a lo sumo hacerse sentir de vez en cuando en elecciones municipales, pero sucede que a pesar de la notoria pasión nacional por seguir las modas más modernas, cuando de la política se trata la Argentina está entre los países más conservadores de Occidente. Aquí, los fantasmas de Juan Domingo Perón, de Evita y hasta de Hipólito Yrigoyen aún pueden cumplir un papel espectral en las campañas electorales, mientras que, como los porteños acaban de recordarnos, todavía no ha concluido el duelo entre los espíritus de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Manuel de Rosas.

¿A qué se debe la incapacidad del país para dejar atrás de una vez y para todas esquemas políticos unipersonales que acaso pudieran explicarse en un momento determinado pero que ya sólo sirven para obstaculizar el camino hacia adelante? En parte, a que muchos creen que el país alcanzó su cenit hace más de cincuenta, setenta o cien años para después comenzar a rodar cuesta abajo a una velocidad cada vez mayor. Otra causa, la más importante, empero, tiene que ver con una cultura política según la que los integrantes de un partido o de una facción interna se consideran miembros de una suerte de familia extendida que debería privilegiar sus propios intereses corporativos por encima de aquellos del conjunto. Así las cosas, tanto la jubilación como el fallecimiento de un «caudillo» es por motivos bien concretos un desastre personal para muchos individuos que, en un esfuerzo por conservar lo que tienen, se sienten constreñidos a seguir actuando como si el «fantasma» del que dependen fuera, lo mismo que el Cid, capaz de continuar ganando batallas después de la muerte.

En este contexto, el caso de Perón y Evita es típico: mientras que unos procuran reinterpretar los evangelios confusos que el líder legó a la posteridad, otros insisten en exigir la fidelidad absoluta a aquellas partes que más les complacen, con el resultado de que el peronismo no ha podido evolucionar con los tiempos como lo han hecho los partidos políticos menos personalistas de las grandes democracias occidentales. En lugar de concentrarse en las necesidades del país efectivamente existente, demasiados peronistas se comportan como exegetas de la obra de un guía espiritual de otra época, modalidad que, huelga decirlo, ha contribuido enormemente a impedir que haya debates serios acerca de las opciones disponibles. Por su parte, los radicales también se han caracterizado por su apego al pasado, negándose con firmeza a considerar la posibilidad de que el mundo haya cambiado mucho en el transcurso de las décadas últimas.

En el caso de los radicales, la presencia activa de un caudillo vivo, Raúl Alfonsín, que protagonizó una auténtica catástrofe económica, ha ocasionado tantos perjuicios como la supuesta vigencia eterna de Perón entre los militantes del PJ. La voluntad de los alfonsinistas de reivindicar la gestión de su jefe y por lo tanto de atribuir las calamidades que la truncaron no a sus propios errores sino a una especie de complot urdido por «la patria financiera» en combinación con «neoliberales» foráneos, los hizo dinamitar el gobierno radical pero a su manera antialfonsinista del presidente Fernando de la Rúa, hazaña que, para su sorpresa, no sólo condujo al colapso de la economía sino también a la virtual desaparición de la UCR, partido que por ahora cuando menos no es más que una alianza de movimientos provinciales. A juzgar por el protagonismo reciente de Ricardo López Murphy y Elisa Carrió, hasta hace poco la UCR contaba con materia prima humana suficiente como para volver a ser el partido de gobierno del país, pero los dueños del aparato prefirieron aferrarse al pasado, condenándose así a la existencia espectral propia de aquellos organismos políticos que se resisten a evolucionar con el tiempo.


Según Néstor Kirchner, Carlos Menem ya es un fantasma. Conforme al ex presidente, Eduardo Duhalde pronto será uno. Del mismo modo, los demás candidatos dan a entender que en su opinión sus rivales plantean alternativas tan desactualizadas que sería absurdo intentar reanimarlas. Si estuviéramos en otro país, la mayoría tendría razón porque no cabe duda de que Menem, Duhalde, el puntano Adolfo Rodríguez Saá y el pelotón de aspirantes de "la izquierda" representan recetas que en el "Primer Mundo" suelen a lo sumo hacerse sentir de vez en cuando en elecciones municipales, pero sucede que a pesar de la notoria pasión nacional por seguir las modas más modernas, cuando de la política se trata la Argentina está entre los países más conservadores de Occidente. Aquí, los fantasmas de Juan Domingo Perón, de Evita y hasta de Hipólito Yrigoyen aún pueden cumplir un papel espectral en las campañas electorales, mientras que, como los porteños acaban de recordarnos, todavía no ha concluido el duelo entre los espíritus de Domingo Faustino Sarmiento y Juan Manuel de Rosas.

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