Paradigmas en crisis
Tiene razón el ex viceministro de Economía, Juan Llach, cuando dice que “el paradigma neoliberal está en crisis” porque, como todos sabemos, hace menos de dos años la Argentina naufragó después de una década en la que muchos políticos repitieron como loros dogmas aprendidos en Chicago y Harvard, pero sucede que según el mismo criterio todos los demás “paradigmas” -el marxista, el desarrollista, el socialdemócrata, el corporativista, el “nacionalista y popular”- también han fracasado de forma igualmente espectacular. Para colmo, es de prever que cualquier otro “paradigma” que se ensaye en los próximos años compartirá su destino desafortunado porque el atraso tanto de nuestro país como del resto de América Latina tiene menos que ver con el haber elegido una tras otra estrategias equivocadas que con la idea misma de que exista una fórmula que, de aplicarse con el entusiasmo exigido, nos permitiría avanzar a un ritmo fenomenal.
Es que, como Llach parece entender muy bien, ningún “paradigma”, por ingenioso que fuera, servirá para mucho si los gobernantes suponen que por haber acertado al abrazarlo ya no les será necesario preocuparse por detalles tan molestos como los supuestos por los déficit fiscales, la calidad educativa, la eficiencia administrativa y tantas cosas más. En cuanto a la convertibilidad, una modalidad nada “neoliberal” que así y todo suele verse incluida en la lista de barbaridades cometidas por sus cultores, está en lo cierto Llach al señalar que de haberse manejado la economía con más rigor no se hubiera transformado en un problema. Al fin y al cabo en Hong Kong, ciudad antes colonial que como entidad económica es dos veces mayor que Chile, dicho esquema funciona de modo muy satisfactorio desde hace veinte años a pesar de las dificultades ocasionadas por las frecuentes tormentas financieras mundiales.
Si por “neoliberalismo” uno quiere decir una confianza excesiva en “el mercado” y una propensión a dar por descontado que toda intervención por parte del Estado es nefasta, el fracaso en América Latina de las políticas inspiradas en él difícilmente podría ser más evidente. También parece irrefutable que los debates de los académicos en torno de los eventuales méritos y desméritos inherentes al credo han aportado relativamente poco. Sin embargo, insistir demasiado en tal realidad es de por sí negativo porque contribuye a reforzar la opinión ya difundida de que en el fondo la incapacidad de América Latina para emular a América del Norte, Europa Occidental, Australia y Asia y el Japón es la consecuencia inevitable de haber optado por ideologías determinadas o “paradigmas” y que por lo tanto es deber de todo hombre de bien, sobre todo si es un militante, hacer gala de su indignación frente a esta forma tan sutil como siniestra de agresión.
La voluntad casi generalizada de ubicar el drama latinoamericano en un plano ideológico, porque es de eso que se trata, ha brindado a generaciones de dirigentes de las actitudes más heterogéneas un pretexto inmejorable para aferrarse a las partes que más les gustan del statu quo. Si los ajustes son neoliberales, ¿por qué procurar frenar el aumento del gasto público? Si el problema no es el clientelismo sino el neoliberalismo, ¿por qué preocuparse por este mal tradicional? Si a juicio de los enemigos de la ortodoxia foránea de turno el Estado es bueno por antonomasia, ¿por qué reformarlo para que sea más eficiente y menos politizado? Si la apertura mata “la industria” y provoca desempleo en gran escala, ¿por qué no subsidiar a las empresas más ruinosas de los amigos del poder? Si la educación ha de ser universalmente garantizada, ¿por qué pedir a los jóvenes o a sus mayores estudiar con más ahínco cuando lo justo sería limitarse a respetar su derecho a recibir una educación? Por caricaturescas que parezcan, tales actitudes son muy comunes tanto aquí como en los demás países de América Latina, de modo que no es exactamente sorprendente que los “paradigmas” importados desde el Primer Mundo -región que se distingue del Tercero precisamente por la costumbre de sus habitantes de prestar la debida atención a los pormenores meramente prácticos sin tratar de ver absolutamente todo a través de un prisma ideológico-, hayan producido resultados poco felices.