Pasados presentes, memorias en construcción
En el presente es un desafío mantener viva la memoria de acontecimientos pasados traumáticos, y en el plano cultural se ven los esfuerzos por volver presente la memoria desde diversas marcas como plazas, bosques, monumentos, museos, etcétera. Puede verse en numerosas ciudades del mundo que estamos ante lo que han llamado “memory boom”, ya que se invierte mucho dinero en erigir marcas de memoria en el espacio público y esta superabundancia ha despertado desconfianza acerca de su eficacia para conmover a los destinatarios. Así, después del Holocausto perpetrado por el nazismo se instaló la necesidad de pensar formas alternativas para representar un acontecimiento de esa magnitud que evitaran las modalidades canónicas de representación. Estas iniciativas intentaron dar respuesta a muchos interrogantes, entre ellos: ¿qué recordar?, ¿es el horror representable?, ¿pueden estos gestos dar cuenta de la vastedad y complejidad de un pasado de esta naturaleza?, ¿a quiénes están dedicados los memoriales?, ¿cómo generar conciencias a futuro? Los monumentos tradicionales son atacados por su falta de elocuencia; muchas veces su imponente porte en realidad resulta indiferente a los transeúntes, quienes en lugar de atender a ellos los naturalizan disolviendo su potencial simbólico y sólo son “vistos” aquellos monumentos que han mutado por una apropiación activa, a partir de gestos que en algunos casos discuten con ellos y deciden interpelarlos desde las más diversas estrategias, las cuales en definitiva hablan de la intención de desplegar lazos entre el pasado del monumento y el presente del destinatario. Así merece destacarse, por ejemplo, la apropiación de la Pirámide de Plaza de Mayo por parte de las Madres y Abuelas o también, acá en la Patagonia, las “pintadas” a la estatua ecuestre de Julio Argentino Roca en el Centro Cívico de Bariloche. En otros monumentos, en cambio, la apropiación la protagonizan los pájaros que construyen allí sus nidos. Lo cierto es que el gran dilema que evidencian los monumentos tradicionales, construidos en materiales como mármol, piedra o bronce para ser inmortales, es que parecen arrogarse una interpretación del pasado que es fija y cerrada, de allí que fallen en su intento de conexión con otras dimensiones de la temporalidad. Por eso desde hace algunos años, y en nuestro país, puntualmente desde el debate y la reflexión sobre cómo evocar la memoria de la última dictadura militar, cómo representar ese horror, qué hacer con aquellos espacios que funcionaron como centros clandestinos de detención (la ESMA, El Olimpo, entre muchos otros), cobró fuerza el deseo de evitar gestos grandilocuentes de memoria, reivindicando propuestas como parques, bosques, señalizaciones en el espacio público, por citar algunas de las múltiples estrategias de evocación que se propusieron enaltecer pequeñas memorias, antes que formas totalizantes de recuerdo. Hay que señalar que en nuestro país la reflexión y los debates sobre cómo hacer presente la ausencia de los desaparecidos ocupó un lugar central en los organismos de derechos humanos desde donde se recurrió a distintas formas de memoria (siluetazos, pancartas con fotografías, escraches, etcétera) como mecanismos de recuerdo y resistencia; dichas estrategias se adaptaron a los avatares políticos de nuestra historia reciente, que fueron marcando el tempo de la protesta desde el 83 en adelante. En relación con el deseo de enaltecer una forma de memoria efímera, siempre en construcción, anclada no sólo al pasado sino al presente y al futuro, quisiéramos destacar una iniciativa de Memoria Abierta, organismo que se ocupa de generar una acción coordinada de organizaciones argentinas de derechos humanos y trabaja para aumentar el nivel de información y conciencia social sobre el terrorismo de Estado y para enriquecer la cultura democrática educando a las futuras generaciones. En el 2010 Memoria Abierta instaló en su sitio web (www. memoriaabierta.org.ar) “Vestigios. Un ensayo de transmisión a través de los objetos”, iniciativa realizada con el fin de aumentar el nivel de información y conciencia social sobre el terrorismo de Estado. Busca explorar la capacidad que tienen los objetos para establecer relaciones entre pasado y presente de manera que puedan ser utilizados como vehículos para la transmisión de la memoria y que, al mismo tiempo, promuevan el debate y la reflexión. Con ese propósito, los responsables de la iniciativa relevaron distintos objetos que familiares y amigos de las víctimas conservaban de esos años. Tomaron una fotografía de los objetos y les pidieron a quienes colaboraban que contaran la “historia” de tal objeto. Para los responsables de “Vestigios”, de esta manera se accedía a una dimensión distinta del período del terrorismo de Estado, una perspectiva personal habitualmente ausente en los relatos históricos y que contribuye a la construcción de una memoria colectiva. Así, quien visita el sitio se encuentra con una pantalla cubierta de fotografías en blanco y negro donde al apoyarse en una de ellas se maximiza y aparece el relato del objeto, la razón por la que fue escogido. Por ejemplo, una imagen de un cuadro sin terminar de Alejandra Lapacó, el cual quedó inconcluso porque fue secuestrada de su hogar junto a su novio el 16 de marzo de 1977. Ambos continúan desaparecidos. En otra fotografía, un reloj que pertenecía a Electra Lareu que su madre aún conserva. Electra fue secuestrada el 30 de mayo de 1977 y continúa desaparecida. En otra imagen, los pañuelos de Zulema Castro de Peña utilizados para las manifestaciones de las Madres de Plaza de Mayo. Tiene el primer pañal de bebé con el que se cubrió la cabeza para reclamar por la aparición de sus hijos en la Plaza, forma distintiva que utilizaron las madres para reconocerse; un pañal que se fabricó en reemplazo porque el primero estaba muy gastado y otro que utilizó improvisado con una servilleta en una manifestación en el interior del país. Zulema es la madre de Jesús Pedro Peña Castro, desaparecido el 26 de junio de 1978, y de Isidoro Oscar Peña Castro, desaparecido el 10 de julio de 1978. Ambos eran militantes de izquierda y fueron vistos en el Centro Clandestino de Detención Tortura y Exterminio “Olimpo”. Sus restos fueron hallados en la costa atlántica bonaerense en diciembre de 1978 y el Equipo Argentino de Antropología Forense los identificó en el 2007. Un vestigio es una ruina, una marca de lo que queda que recuerda algo significativo sólo para quien fue protagonista de esa historia que tales marcas cuentan. “Vestigios” reflexiona sobre la dimensión personal de nuestro pasado reciente, que remite a seres humanos cuyas vidas quedaron truncas. Remite a la dimensión subjetiva de lo anecdótico desde objetos que en su intimidad son invadidos al ser exhibidos y sobre los que es preciso conocer su narración para saber por qué eran tan importantes para sus protagonistas, objetos que despiertan empatía. Estos objetos “hablan” de la vida de las víctimas previa a su condición de tales, de la historia que comenzaron a escribir sus familiares en una búsqueda y resistencia inclaudicables, la historia de los hijos que recuperaron su identidad y que buscan conectarse con su negado origen, “hablan” de la historia de un país desde microobjetos que la narran. Reivindicamos un proyecto como éste, que es deliberadamente antimonumental y enaltece un relato conformado por múltiples objetos, los que están y los que vendrán –ya que recibe e incorpora objetos en forma permanente–, respetando así el dinamismo de la memoria, porque evita versiones maniqueas que anclan un sentido al pasado y clausuran la posibilidad de otros futuros para ese pasado. (*) Docente e investigadora Universidad Nacional del Comahue-Conicet
MARÍA JOSÉ MELENDO (*)