¿Pasarías la noche buena en un refugio de Bariloche?

Nochebuena diferente con trekking y festejo en las alturas. Las propuestas de los refugios para este año.

Por Redacción

Suple VOY

Gonzalo Sánchez

gonzalodanielsanchez@gmail.com

Pensado de manera convencional, un viaje de mini vacaciones debería abarcar ciertos tópicos de los que uno no puede salirse: el auto o los pasajes, el dinero para el gasto diario, el hotel o la cabaña, un presupuesto para salidas y varias cosas más. Pero, ¿qué pasaría si decidiéramos prescindir de la mayoría de esas cosas? La belleza y las experiencias, ¿podrían de todos modos estar garantizadas, gastando mucho menos de lo que se presume tradicionalmente?

Ese es un poco el plan: salir a la montaña y punto. Encarar cuatro días de travesía, aprovechando las bondades del tiempo que nos toca: diciembre, el viernes del año, ésa época en la que el verano comienza a consolidarse y los paisajes cordilleranos todavía lucen vacíos de gente. Decidimos volver a Bariloche porque Bariloche es contundente para cualquier proyecto y porque, claro está, su potencia natural se mantiene intacta. Además, porque muy rápidamente, en Bariloche se tiene la chance de pasar de lo urbano a lo telúrico casi sin transiciones tomando apenas, por ejemplo, un colectivo de línea. Eso hicimos. Bajamos en el aeropuerto (aunque hubiera sido lo mismo en la terminal de micros) y rápidamente nos desplazamos, primero al centro para aprovisionarnos, y luego a la base de la picada que conduce al refugio Emilio Frey, en Villa Catedral. ¿Tomaron nota? Un viaje sin hoteles ni puntos intermedios, con algo de comida en la mochila, un vino, buen calzado, ropa de caminantes y bonus track extra de brindis en las alturas. Porque la idea, y esto es lo fundamental, es celebrar Navidad en algún refugio de montaña.

De norte a sur, la Argentina está repleta de buenas alternativas para caminantes. Pero sin dudas, el circuito de refugios del Club Andino Bariloche se impone posiblemente como la mejor. Esto no es una afirmación sin argumentos, sino el resultado de una tradición histórica asentada en la pasión por el montañismo de miles de personas. Allá fuimos, detrás de esas huellas, y envalentonados por la seguridad de que los senderos de acceso a los confines de la naturaleza están perfectamente señalizados.

Elegimos cruzar desde el refugio Emilio Frey, a través del valle del río Rucaco, hasta el refugio San Martín, al pie del lago Jakob. Allí pasaríamos la noche del 24 tentados por una oferta irresistible a la luz de las velas: desde hace varios años, su refugiero Claudio Fidani invita a una cena comunitaria para los trekkers y montañeros que decidan compartir la Nochebuena allí.

Otro verano en el parque, otra vez el sur, otra vez la sonoridad encapsulada del bosque, pero antes de comenzar a caminar había que chequear que no faltara nada. La travesía es apta para cualquier persona que esté en buen estado aeróbico. Menores de 12 años, con padres o guías. El equipo indispensable: mochila al hombro, bolsa de dormir, actitud aventurera. El plan era no armar carpa para poder caminar más livianos y dormir en los refugios mismos, donde los pernoctes, según consta en la página web del CAB, arrancan en 180 pesos. Con la comida había varias cuestiones para tener en cuenta. Los refugios, casas de piedra que allí donde se encuentran ofrecen más lujo que un cinco estrellas, ofrecen servicio de pensión completa, pero se puede hacer un mix. Nosotros elegimos cargar con las viandas para la travesía y los desayunos, y pagar las cenas, que siempre resultan suculentas.

Comienza la caminata

Se baja del micro en el playón del cerro Catedral. A pocos metros, está el cartel que indica el comienzo del sendero al Frey. Cinco horas promedio alcanzan para cubrir el tramo de 13 kilómetros y llegar con resto físico al refugio. El camino es una ensoñación. Ya saben: cañaverales, el lago Gutiérrez, el bosque, los coihues, los ñires, un pájaro carpintero que trabaja, nuestro cuerpo que también trabaja. El sonido del arroyo Van Titter preanuncia un alto en el camino. Bebemos y seguimos hasta el refugio Piedritas, una roca misteriosa en medio de la floresta que funciona también como escala vivac en donde los caminantes rezagados pueden pasar la noche. Falta una hora y media para llegar a Frey, un paisaje diferente, de alta montaña, un anfiteatro rodeado por agujas de piedra: tierra de escaladores.

Un paréntesis. No se trata de caminar, marcar tiempos y jugar una carrera contra nada, sino de penetrar en la verdadera dimensión austral, un espacio integrado por varios capas de naturaleza en todas sus posibilidades de expresión. Tierra, agua, viento, fauna, flora en estado primigenio, a un día de casa o poco más. Es magnífico que en la primera jornada de travesía, la idea de lo citadino parece sepultada y los recuerdos de una larga temporada urbana se ven desplazados a un tercer plano. La primera noche en Frey es una noche de encuentro con escaladores provenientes de todo el mundo. Una noche en la montaña, donde entran a jugar todos las influencias de ese mundo que se conserva a bajas temperaturas: algarabía de voces en el comedor central, olor a leña, el sonido de una botella que destapa, el ruido de una puerta de madera, una copa de vino bajo luz de luna, el aire sin densidad de las alturas, las estrellas…

La travesía requiere de tres días y ha terminado la primera jornada de marcha. Ahora estamos en terreno escarpado y las condiciones se modifican. Al día siguiente, habrá que trepar hasta el filo para seguir viaje. La caminata arranca después de un desayuno nutritivo. Y la trepada hasta ese paraje lunar conocido como “Canchita de Fútbol” se siente de veras. Es un tramo de esfuerzo concreto. Los entendidos recomiendan hacerlo con suma lentitud. El paisaje, ahora, se torna vertical. Conecta la laguna Toncek con la laguna Schmoll, a través de piedras coloradas de granito que podrían ser la superficie de Marte. La “canchita” es misterio puro: serenidad y cóndores. Se avecina un cambio de pendiente brusco.

Hay que bajar por el gran acarreo, siguiendo las marcas rojas en las piedras, hasta el valle del río Rucaco. Es una bajada extenuante que culmina en la frescura del bosque. Un bosque bello y fugaz, que pasa rápido, al cabo de unas horas, para volver a ganar altura. Imaginen una fuente: nos paramos en el borde, en la cornisa, y comenzamos a descender hacia el centro, atravesamos todo su fondo y vuelta a subir. Se siente el cansancio cuando arribamos al filo del cerro Brecha Negra y la vista es una maravilla. La relación con el paisaje, en toda la caminata, es una emoción antes que una mirada. Explorarlo no se agota en una sola experiencia porque sus potencialidades son múltiples. Las montañas, en cada verano y en cada viaje, tienen algo nuevo para revelarnos. Pero ahora queda otra bajada temeraria, hacia el lago Jakob, nuestro destino navideño.

Agotados, arribamos al refugio y somos recibidos por el equipo de trabajo de Claudio Fidani. El resto de la tarde es para asearse y descansar. Sobreviene la sensación de objetivo cumplido y las endorfinas liberadas por el esfuerzo físico hacen su trabajo sobre el alma de los caminantes. Es una sensación de plenitud inexplicable con palabras. Comienza otra noche a la luz de las velas y rápidamente a dormir, que mañana es Nochebuena.

En los últimos años, casi todos los refugios del CAB diseñaron propuestas para pasar las fiestas de una manera especial. Encontraron así una nueva excusa para tentar a los amantes de la naturaleza. No sólo sucede en nuestro destino Jakob, sino también en el Otto Meiling (Monte Tronador), en Laguna Negra, en Frey, en López y en el todavía flamante Refugio Roca ubicado sobre la naturaleza desbordante del Paso de las Nubes. Cuestión de informarse y elegir. Pero todos ofrecen, además de la buena cena, la posibilidad de una travesía y del encuentro con nosotros mismos.

En el caso de Jakob, Luca Fidani, el hijo del anfitrión, ofrece un exquisito menú vegano y nos toca compartir la mesa con un grupo de adolescentes provenientes de Bariloche, que subieron desde Colonia Suiza. Hay, además, alemanes, americanos, chilenos, porteños. La Nochebuena se torna inolvidable, acribillada de historias de gente que nos cruzamos quizás por única vez en la vida. El encuentro incita a hacernos preguntas filosóficas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Culmina con guitarreada. Los apasionados de los viajes no deberían perderse esta oportunidad. Pasar cualquiera de las fiestas de fin de año en un refugio rompe con varios paradigmas relacionados con las vacaciones y la tradición monocorde del brindis. El combo de naturaleza + desconocidos + viajeros + aventura parece no tener contras, si se está dispuesto al esfuerzo.

Último día. Una marcha en descenso por bosque en galería. Dejamos atrás los tirabuzones y bajamos por el valle del arroyo Goye hasta Colonia Suiza, otro plus del viaje, otro motivo para celebrar. De ahora en adelante quedan dos chances: días de ocio en Patagonia, a orillas del Lago Moreno, o regreso a casa sin escala hotelera. Así, termina de concretarse un viaje económico para el bolsillo pero muy holgado en experiencias humanas.

De norte a sur, la Argentina está repleta de buenas alternativas para caminantes. Pero sin dudas, el circuito de refugios del Club Andino Bariloche se impone posiblemente como la mejor. Esto no es una afirmación sin argumentos, sino el resultado de una tradición histórica asentada en la pasión por el montañismo de miles de personas. Allá fuimos, detrás de esas huellas, y envalentonados por la seguridad de que los senderos de acceso a los confines de la naturaleza están perfectamente señalizados.

Elegimos cruzar desde el refugio Emilio Frey, a través del valle del río Rucaco, hasta el refugio San Martín, al pie del lago Jakob. Allí pasaríamos la noche del 24 tentados por una oferta irresistible a la luz de las velas: desde hace varios años, su refugiero Claudio Fidani invita a una cena comunitaria para los trekkers y montañeros que decidan compartir la Nochebuena allí.

Otro verano en el parque, otra vez el sur, otra vez la sonoridad encapsulada del bosque, pero antes de comenzar a caminar había que chequear que no faltara nada. La travesía es apta para cualquier persona que esté en buen estado aeróbico. Menores de 12 años, con padres o guías. El equipo indispensable: mochila al hombro, bolsa de dormir, actitud aventurera. El plan era no armar carpa para poder caminar más livianos y dormir en los refugios mismos, donde los pernoctes, según consta en la página web del CAB, arrancan en 180 pesos. Con la comida había varias cuestiones para tener en cuenta. Los refugios, casas de piedra que allí donde se encuentran ofrecen más lujo que un cinco estrellas, ofrecen servicio de pensión completa, pero se puede hacer un mix. Nosotros elegimos cargar con las viandas para la travesía y los desayunos, y pagar las cenas, que siempre resultan suculentas.

Ese es un poco el plan: salir a la montaña y punto. Encarar cuatro días de travesía, aprovechando las bondades del tiempo que nos toca: diciembre, el viernes del año, ésa época en la que el verano comienza a consolidarse y los paisajes cordilleranos todavía lucen vacíos de gente. Decidimos volver a Bariloche porque Bariloche es contundente para cualquier proyecto y porque, claro está, su potencia natural se mantiene intacta. Además, porque muy rápidamente, en Bariloche se tiene la chance de pasar de lo urbano a lo telúrico casi sin transiciones tomando apenas, por ejemplo, un colectivo de línea. Eso hicimos. Bajamos en el aeropuerto (aunque hubiera sido lo mismo en la terminal de micros) y rápidamente nos desplazamos, primero al centro para aprovisionarnos, y luego a la base de la picada que conduce al refugio Emilio Frey, en Villa Catedral. ¿Tomaron nota? Un viaje sin hoteles ni puntos intermedios, con algo de comida en la mochila, un vino, buen calzado, ropa de caminantes y bonus track extra de brindis en las alturas. Porque la idea, y esto es lo fundamental, es celebrar Navidad en algún refugio de montaña.

Comienza la caminata

Se baja del micro en el playón del cerro Catedral. A pocos metros, está el cartel que indica el comienzo del sendero al Frey. Cinco horas promedio alcanzan para cubrir el tramo de 13 kilómetros y llegar con resto físico al refugio. El camino es una ensoñación. Ya saben: cañaverales, el lago Gutiérrez, el bosque, los coihues, los ñires, un pájaro carpintero que trabaja, nuestro cuerpo que también trabaja. El sonido del arroyo Van Titter preanuncia un alto en el camino. Bebemos y seguimos hasta el refugio Piedritas, una roca misteriosa en medio de la floresta que funciona también como escala vivac en donde los caminantes rezagados pueden pasar la noche. Falta una hora y media para llegar a Frey, un paisaje diferente, de alta montaña, un anfiteatro rodeado por agujas de piedra: tierra de escaladores.

Un paréntesis. No se trata de caminar, marcar tiempos y jugar una carrera contra nada, sino de penetrar en la verdadera dimensión austral, un espacio integrado por varios capas de naturaleza en todas sus posibilidades de expresión. Tierra, agua, viento, fauna, flora en estado primigenio, a un día de casa o poco más. Es magnífico que en la primera jornada de travesía, la idea de lo citadino parece sepultada y los recuerdos de una larga temporada urbana se ven desplazados a un tercer plano. La primera noche en Frey es una noche de encuentro con escaladores provenientes de todo el mundo. Una noche en la montaña, donde entran a jugar todos las influencias de ese mundo que se conserva a bajas temperaturas: algarabía de voces en el comedor central, olor a leña, el sonido de una botella que destapa, el ruido de una puerta de madera, una copa de vino bajo luz de luna, el aire sin densidad de las alturas, las estrellas…

La travesía requiere de tres días y ha terminado la primera jornada de marcha. Ahora estamos en terreno escarpado y las condiciones se modifican. Al día siguiente, habrá que trepar hasta el filo para seguir viaje. La caminata arranca después de un desayuno nutritivo. Y la trepada hasta ese paraje lunar conocido como “Canchita de Fútbol” se siente de veras. Es un tramo de esfuerzo concreto. Los entendidos recomiendan hacerlo con suma lentitud. El paisaje, ahora, se torna vertical. Conecta la laguna Toncek con la laguna Schmoll, a través de piedras coloradas de granito que podrían ser la superficie de Marte. La “canchita” es misterio puro: serenidad y cóndores. Se avecina un cambio de pendiente brusco.

Hay que bajar por el gran acarreo, siguiendo las marcas rojas en las piedras, hasta el valle del río Rucaco. Es una bajada extenuante que culmina en la frescura del bosque. Un bosque bello y fugaz, que pasa rápido, al cabo de unas horas, para volver a ganar altura. Imaginen una fuente: nos paramos en el borde, en la cornisa, y comenzamos a descender hacia el centro, atravesamos todo su fondo y vuelta a subir. Se siente el cansancio cuando arribamos al filo del cerro Brecha Negra y la vista es una maravilla. La relación con el paisaje, en toda la caminata, es una emoción antes que una mirada. Explorarlo no se agota en una sola experiencia porque sus potencialidades son múltiples. Las montañas, en cada verano y en cada viaje, tienen algo nuevo para revelarnos. Pero ahora queda otra bajada temeraria, hacia el lago Jakob, nuestro destino navideño.

Agotados, arribamos al refugio y somos recibidos por el equipo de trabajo de Claudio Fidani. El resto de la tarde es para asearse y descansar. Sobreviene la sensación de objetivo cumplido y las endorfinas liberadas por el esfuerzo físico hacen su trabajo sobre el alma de los caminantes. Es una sensación de plenitud inexplicable con palabras. Comienza otra noche a la luz de las velas y rápidamente a dormir, que mañana es Nochebuena.

En los últimos años, casi todos los refugios del CAB diseñaron propuestas para pasar las fiestas de una manera especial. Encontraron así una nueva excusa para tentar a los amantes de la naturaleza. No sólo sucede en nuestro destino Jakob, sino también en el Otto Meiling (Monte Tronador), en Laguna Negra, en Frey, en López y en el todavía flamante Refugio Roca ubicado sobre la naturaleza desbordante del Paso de las Nubes. Cuestión de informarse y elegir. Pero todos ofrecen, además de la buena cena, la posibilidad de una travesía y del encuentro con nosotros mismos.

En el caso de Jakob, Luca Fidani, el hijo del anfitrión, ofrece un exquisito menú vegano y nos toca compartir la mesa con un grupo de adolescentes provenientes de Bariloche, que subieron desde Colonia Suiza. Hay, además, alemanes, americanos, chilenos, porteños. La Nochebuena se torna inolvidable, acribillada de historias de gente que nos cruzamos quizás por única vez en la vida. El encuentro incita a hacernos preguntas filosóficas: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Culmina con guitarreada. Los apasionados de los viajes no deberían perderse esta oportunidad. Pasar cualquiera de las fiestas de fin de año en un refugio rompe con varios paradigmas relacionados con las vacaciones y la tradición monocorde del brindis. El combo de naturaleza + desconocidos + viajeros + aventura parece no tener contras, si se está dispuesto al esfuerzo.

Último día. Una marcha en descenso por bosque en galería. Dejamos atrás los tirabuzones y bajamos por el valle del arroyo Goye hasta Colonia Suiza, otro plus del viaje, otro motivo para celebrar. De ahora en adelante quedan dos chances: días de ocio en Patagonia, a orillas del Lago Moreno, o regreso a casa sin escala hotelera. Así, termina de concretarse un viaje económico para el bolsillo pero muy holgado en experiencias humanas.

Quienes elijan esperar la Navidad en los refugios de montaña también contarán este año con varias opciones atractivas. Claro que la cantidad de interesados dependerá en buena medida del clima en la jornada previa, pero aún así los refugieros y responsables de cocina se encargarán de tener todo preparado.

A Laguna Negra se asciende desde Colonia Suiza en una picada que demanda alrededor de cinco horas. Allí el refugio Manfredo Segre, del Club Andino Bariloche ofrece para la noche del jueves una cena especial con arrollado de pollo, carré de cerdo con salsa agridulce y papas a la crema y de postre mousse de vainilla con frutos del bosque. El precio por persona es de 320 pesos, y con el pernocte y desayuno incluidos 630 pesos.

En el refugio Agostino Rocca, de Paso de Las Nubes (área Tronador), estará a disposición la carta habitual, que tiene como especialidad las pastas rellenas caseras, con variantes como salmón, trucha, cordero o calabaza. Habrá un brindis alusivo a las 24. El costo por persona varía entre los 140 y los 300 pesos.

El refugio San Martín, junto al lago Jakob, demanda una larga caminata a lo largo del arroyo Casa de Piedra, pero el paisaje es inigualable. Allí la propuesta es distinta a cualquier otra. Como en los últimos años, en Nochebuena la huéspedes podrán cenar gratis. Se servirá Del Bath, una comida típica hindú a base de arroz y vegetales. El año pasado participaron unas 60 personas.

El refugio Frey, en el cerro Catedral, no propone nada especial para la noche del 24 y tampoco ese día habrá cenas temáticas en el Otto Meiling del Tronador y en el refugio López. Aunque estos dos últimos ya anticiparon sus menúes para la fiesta del 31 de diciembre.

Quienes suban a despedir el año en el Meiling podrán disfrutar de cordero “abundante” con guarnición y platos dulces, por 750 pesos, con pernocte.

Esa misma noche en el López, con la fantástica vista de los lagos Moreno y Nahuel Huapi, habrá una interminable lista de delicias gourmet, elaboradas por el chef Richard Oyarzún. El menú incluye bufet libre de paté de salmón rosado, escabeche de ciervo, crema de berenjenas asadas, humus de garbanzos, arrollado de pollo de campo, con espinacas, pimientos y almendras tostadas, pernil de cerdo glaseado con mostaza y mosqueta y matambre de ternera, entre otros platos. Todo acompañado con panificación artesanal.

A la hora del brindis, Oyarzún ofrecerá macedonia de frutos rojos con crema de oporto y panetone casero. El costo será de 800 pesos. (AB)


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