Patroclo II
palimpsestos
Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com
Hablábamos en la columna anterior sobre las diferentes imágenes que nos forjamos de nosotros mismos y las que se forjan los demás; en muchos casos esa distancia es enorme, en otros es cercana, rara vez coincidente. Entre cómo nos ven los otros y cómo nos vemos nosotros existe una diferencia que condiciona nuestra forma de actuar y de vivir en relación con los otros. En esa diferencia está el secreto de acometer o no determinadas empresas, de su verdadera calibración dependen algunos éxitos y fracasos. De eso te hablaba la semana anterior, de la manera de considerarme y con ello de la medida de nuestros deseos, porque es posible que nuestra aspiración sea casi incompatible con lo que somos, es posible que nos demos cuenta y no lo intentemos, pero a veces no nos damos cuenta y lo intentamos igual. Claro, me dirás quién no ha aspirado a lo máximo, a lo más alto, a los sueños excelsos… también te diré que eso funciona bien para frases de tarjetita, en la realidad sabemos que aquello a lo que aspiramos debe estar en concordancia con lo que somos. No serás el deportista de elite que soñaste, ni la cantante internacional, ni la estrella de cine, ni el sabio de la NASA o el Balseiro, ni arquitecto fetiche ni… sabés que todo eso es imposible, aunque lo hayas soñado. Pero hay otras cosas que deseás, cosas más pedestres y al alcance del común de los mortales que son una especie de motor secreto de tu vida. Ese deseo es el afán, por él le pregunta el nieto al abuelo y éste le contesta: “el afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce”, en una novela inolvidable de Luis Landero, del que te hablé también hace unos días. Uno de sus personajes, Gregorio Olías, tiene el drama de ser un pobre hombre de escaso talento pero con un afán desmedido, y para salir de su rutinaria y parca vida se inventa una nueva personalidad a la medida de sus anhelos más exacerbados, crea un mundo de ficción que terminará poco a poco invadiendo y dando consuelo a su pequeña vida. Y ahora sí, saldo la deuda prometida. El título de la columna refiere a un personaje de la Ilíada, un personaje que no se caracteriza, como los grandes héroes del libro, por ser un gran guerrero o un estratega consumado, su lugar en la historia es simplemente por ser amigo del mayor guerrero, Aquiles. De no ser por su amistad con el héroe griego pocos versos merecería Patroclo, alguien a quien la naturaleza no dotó ni de la habilidad ni de la valentía de Ulises o del enemigo Héctor. Un segundón, diríamos hoy. *** Todo eso está bien, pero… ¿qué tiene que ver con ambas columnas? me dirás. Y te digo, tiene que ver porque en algún momento te has creído Aquiles o Helena, (por seguir con personajes homéricos) y la realidad te ha bajado del pedestal y te ha puesto en su justo lugar. Yo también me creí Aquiles y quise derribar murallas y arremeter contra molinos de viento; y las situaciones me cayeron con todo el peso de su sinceridad, mostrándome que la consideración que tenía de mí mismo era demasiado elevada para mi estatura concreta. Es decir, creyéndome Aquiles, ni siguiera he podido ser Héctor, su digno rival y he terminado siendo Patroclo, aquel segundón amigo del héroe. Eso no me impide que tenga nuevas metas y proyectos, pero claro mucho más ajustados a la imagen que el espejo de los hechos me devolvió. Son metas limitadas, proyectos pequeñitos, algo revoltosos, surgidos a veces en las sobremesas del café, o en la soledad de mi biblioteca. Incluso hasta tengo un proyecto de cuento sobre la historia de Patroclo. Quizás lo escriba.