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Peligroso aislacionismo



El presidente Donald Trump anunció esta semana que su país rompió la relación con la Organización Mundial de la Salud (OMS), a la que acusa de haber actuado mal durante la pandemia del coronavirus y estar sometida “al completo control” de China. La medida pone en serios aprietos a la organización, ya que EE. UU. es el principal sostenedor económico del organismo, clave en la coordinación de esfuerzos internacionales contra la pandemia, justo en el momento en que Sudamérica y los países más pobres de Asia y África la sufren con intensidad.

Los tironeos geopolíticos entre socios de las organizaciones internacionales no son nuevos, y quedaron reflejados en la conferencia virtual que se realizó hace unos días, en la que participaron 194 estados miembros, donde se analizó la situación global generada por el virus que ya ha infectado a más de 5,5 millones de personas y ocasionado unas 350.000 muertes en el mundo.

El aislacionismo y el traslado de disputas geopolíticas a la OMS amenazan no solo los esfuerzos ante el coronavirus, sino que podrían afectar programas de erradicación de la poliomielitis, la tuberculosis, la malaria y prevención del sida

Allí el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, criticó a varios países que se han negado a seguir las recomendaciones del organismo para contener la crisis, lo que generó políticas contradictorias. Al mismo tiempo, el titular de la OMS, Adhanom Ghebreyesus, dijo que todavía falta mucho para contener la situación, cuyo foco parece estar ahora en América y el sureste de Asia (sobre todo en India y Pakistán), mientras el resto de Asia, Europa y Oceanía parecen estar en una lenta recuperación.

En la reunión fue evidente que Estados Unidos y China trasladaron al organismo su disputa económica y geopolítica como potencias. Trump acusó al organismo de haber ayudado al gobierno chino a ocultar información sobre el origen y extensión de la enfermedad y de una mala gestión de la crisis. Por su parte, China bloqueó el ingreso al organismo de Taiwán, uno de los países que más tempranamente y de mejor forma combatió la enfermedad, dado que lo considera una “provincia rebelde” que debe regresar bajo su soberanía.

El resto de los países avaló la actuación de la OMS, aunque tampoco estuvo exenta de críticas, y se señaló que deberán hacerse ajustes y revisar aspectos de su gestión. Francia, Gran Bretaña o Nueva Zelanda le recriminaron una reacción tardía ante los primeros brotes, excesiva confianza y dependencia de las informaciones de China, el haber ignorado advertencias tempranas de Taiwán sobre la pandemia, entre otros aspectos. Sin embargo, también se señaló que “no es éste el momento de repartir culpas”, sino de “liderar la respuesta al desafío” del virus.

La decisión de EE. UU. de cortar relaciones con el organismo es un retroceso mayor en la cooperación internacional en materia de salud, cuyas consecuencias podrían ser muy riesgosas.

No pocos analistas leyeron las intempestivas actitudes de Trump como una forma de desviar la atención de sus problemas internos y un virtual lanzamiento de su campaña por la reelección. Su imagen cae por el mal manejo sanitario y económico de la pandemia: su país registra el mayor número de casos, 1,7 millones de infectados y más de cien mil fallecidos, con un nivel de desempleo que superó el 20% y sistemas de salud colapsados en varios estados, a los que sumó el resurgimiento del conflicto racial. Ante esto, el presidente reforzó su perfil aislacionista y de hombre de “mano dura”. El retiro de la OMS es la última etapa de un proceso en el cual EE. UU. dejó el Acuerdo de París sobre Cambio climático, el Transpacífico (TPP), la Unesco, del Consejo de DD. HH. y del acuerdo de Cielos Abiertos, entre otros. Y su perfil autoritario, concentrado hasta ahora en la inmigración, se acentuó con las amenazas de control a las redes sociales y “balas” para enfrentar los disturbios raciales en Minneapolis.

El aislacionismo y el traslado de disputas geopolíticas a la OMS amenazan no solo los esfuerzos ante el coronavirus, sino que podrían afectar programas de erradicación de la poliomielitis, la tuberculosis, la malaria y prevención del sida en los países menos desarrollados. Solo una intensa cooperación internacional que permita compartir esfuerzos científicos, tratamientos y vacunas permitirá sortear los enormes desafíos que hoy se plantean a la salud mundial.


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