Perdida autocrítica

El dilema del gobernador es ver si puede emanciparse del PJ.

Por Redacción

adrián pecollo adrianpecollo@rionegro.com.ar

La capacidad de autocrítica es una cualidad casi inexistente en la política. Esa carencia se extiende –peligrosamente– en el gobierno de Alberto Weretilneck cuando el desvanecimiento del argumento de la herencia recibida. Hugo Lastra fue eyectado de la Secretaría General y su salida desnudó –otra vez– que falta esa acción de evaluarse y criticarse. El dirigente ya no está en el gobierno pero, en cambio, muchos otros que persisten carecen de igual conducta, determinante en la corrección de los rumbos. Weretilneck desplazó al justicialista Lastra. Asentó esa decisión en la displicencia política advertida por esa cartera frente a la participación en un asado que derivó en fuertes críticas al gobierno de parte de la candidata a diputada María Emilia Soria. El funcionario hoy desalojado –igualmente todos los suyos– no se apoderó de ninguna culpa y fue su principal equívoco. “Me hago cargo”, asumió el miércoles. Lo repitió recién cuando Weretilneck el martes lo había eyectado. Culpa de su desgracia, en reserva, al senador Miguel Pichetto y, en público, argumenta que fue víctima de “una operación”. Reniega de la realidad, más allá de cualquier otro ingrediente secundario. Su alejamiento lo sorprendió. Renunció para quedarse, pues buscaba la revalidación del mandatario. Weretilneck estaba fastidiado en lo político –“Está jugando con Martín”, ya había dicho meses atrás– y en lo administrativo. Y profundizó su fastidio cuando nadie de esa Secretaría General asumió responsabilidad alguna en la contribución al suceso gastronómico que concluyó con la crítica de Soria. En resumen, Lastra se fue por ese descuido y otros anteriores, que se manifestaban en ahogos funcionales y derivaron en problemas con Weretilneck. Aparecían quejas permanentes en su despacho de colaboradores directos –como el subsecretario de Medios, Guillermo Campetti– o dificultades operativas cotidianas. El último brete derivó en la renuncia del responsable de los vehículos oficiales, Héctor Illuminati, que el gobernador congeló cuando aceptó sus razones y le asignó el manejo de los fondos del mantenimiento, despojándolo a Lastra. Ese hecho ilustra el declive de su poder. Aventar culpas es un ejercicio exageradamente usado en la actual administración. Sobran problemas y sobran excusas. Hay groseros ejemplos, como el persistente y ya desgastado recurso del uso de la herencia recibida de las gestiones anteriores y su mutación al boicot operativo de empleados radicales. Aparecen otras manifestaciones extravagantes: las denuncias de Educación de sabotajes frente a problemas escolares o Economía detectando operaciones cuando Función Pública blanqueó una multiplicidad de casos de doble percepción y eventuales incompatibilidades. Y los ministerios expulsan sus fallas administrativas, especialmente a los despachos de los órganos de control. Todo sirve todavía para explicar la desidia o falta de gestión. Sorprendió que Weretilneck expulsara a Lastra en tiempo electoral, lo cual incomodó a Pichetto. Nada parecido a una defensa sino que no compartía la ocasión. “Por qué ahora y no esperar para después del 27”, argumentó. Igual, el senador no expone ningún malestar. Su prioridad está en que todo parezca armónico en su trayecto electoral de las próximas dos semanas. Sí prefiere que la designación del nuevo secretario se postergue para luego de las elecciones. Quiere evitar, hasta entonces, los meneos internos que aflorarán con el elegido. Aquel aplazamiento también fue recomendado por otros dirigentes del PJ, como se lo pidió el vicegobernador Carlos Peralta. Posiblemente Weretilneck acepte esas sugerencias. En cambio, omitiría la solicitud de que la Secretaría General siga reservada para un justicialista aunque gradúa ese pensamiento porque valora su trato con el PJ, especialmente con algunos de ellos. Pichetto silencia cualquier preferencia, por lo menos hasta el 27, y el mandatario descubrió que el énfasis de Peralta por alguien del partido no fue lo suficientemente contundente. Allí descubrió un margen político para imponer a un hombre suyo, orientándose hacia el concejal barilochense Carlos Valeri o el diputado nacional Herman Avoscan (en este caso, asumiría Raquel Rodríguez del Frente Grande de El Bolsón, considerando que Josué Gagliardi ya llegará por el ascenso al Senado de Silvina García Larraburu). Si cumple con esa aspiración, Weretilneck habrá concretado su primera inserción emancipadora en el gabinete, conformado por ministros heredados o los acordados en septiembre pasado. Incluso, su ministro frentista Marcelo Mango es producto de una elección de Carlos Soria. Sería una jugada fuerte y podría ser mayor si confirmara esta misma semana a su deseado secretario, consciente de que el tiempo restringe su posibilidad de maniobra. Pero Weretilneck no está decidido a ese arriesgado paso de liberación porque advierte demasiados condicionantes de parte de sus socios justicialistas. El abanico para la postulación justicialista es más complejo porque requiere de un dirigente de confianza de Weretilneck. ¿Pedro Pesatti, su presidente de bloque? Una alternativa analizada y, por ahora, no aprobada. El oficialismo profundizó su estrambótico mundo de tratos ficticios y sordos. El intendente roquense Martín Soria fustigó públicamente el viernes al gobernador (también a Pichetto) y, luego, ambos se juntaron para hablar de la nada. Extrañas relaciones: las válidas “autocríticas” se ventilan en ámbitos públicos (en un asado multitudinario o en una ronda de prensa) y se relativizan en el diálogo directo. Tampoco Weretilneck desenrolló sus broncas. Ocultaron sus diferencias reales y conversaron de los otros. Tenían mucho que decirse pero callaron. Ocurre que cada uno ya concluyó con la evaluación del otro y se aferró a su marcha. Así, Soria continuará censurando al gobierno y el gobernador decidió que gobernará sin el jefe roquense. ¿Y Pichetto? Su postura se insinuará después de las elecciones, pero nadie pone tanta energía en una campaña –por momento, en la soledad– para concluir solamente con un objetivo preexistente: una banca en el Senado. La tendencia electoral –por ahora– minimiza todos los despropósitos oficiales. El último sondeo de Eco –realizado en septiembre– arroja una intención de votos de un 44,3% a favor de Pichetto, confirmándose la fuga de votos radicales hacia Magdalena Odarda por el Frente Progresista. La legisladora está en 24,8%, desplazando al 13% al exgobernador radical Miguel Saiz. Ese relevamiento contratado por el oficialismo también expone que el FpV podría lograr las dos vacantes en juego para la Cámara de Diputados por el final de los mandatos del radical Hugo Castañón y del justicialista Oscar Albrieu. La lista del Frente Progresista –según una mirada oficialista– pierde votos en el tramo de Diputados, que encabeza Mario Álvarez. Otra percepción: la boleta del FpV gana más adhesiones con María Emilia Soria. La primera mayoría debería duplicar a la segunda fuerza para adueñarse de las dos bancas. Esa voluntad ciudadana –si se confirma– multiplicará las pretensiones en el FpV. Sería positivo que esa consolidación traiga además tranquilidad al oficialismo, tanta que encuentre –por fin– un rasgo de autocrítica, seguida de correcciones y concreciones pendientes.