Permiso para fantasear sobre lo prohibido

Contreras pone el cuerpo y convicción en su trabajo

Redacción

Por Redacción

Bajo un calor inaguantable en Resistencia, una cena de amigos, por la ambición desmedida de uno y de la necesidad de cambio de otra, se transforma en el comienzo de una cascada de crímenes tan gratuitos e inesperados como violentos. Pero lo que lleva a Alfredo y Griselda, a cruzar todo límite y embarcarse en una correría delictiva, es su necesidad de romper con los mandatos, revelar la profunda hipocresía de una decadente burguesía pueblerina y liberarse hasta hacer lo que siempre desearon y no pudieron por autocensura o temor a la condena social. Narrado en primera persona por el personaje que interpreta Patricio Contreras, “El décimo infierno” habla, desmesuradamente, de cómo manejar la culpa. “Alfredo es uno de esos roles en los que el actor se permite fantasear sobre algo no permitido por las barreras de los valores, las morales y las éticas. La formación que uno ha recibido reprime toda tendencia básica que se pueda tener. Entonces, es un terreno muy tentador para los actores porque nos permite jugar con fantasear lo prohibido, censurado, negado por múltiples razones que hacen a la convivencia. Es un permiso que se nos da y si lo llevamos adelante con cierta convicción, además nos aplauden”. “Ahora, también, de alguna manera y sin decirlo específicamente, reconocemos en esas pulsiones de muerte, en estas tramas, la época de la dictadura cuando hubo crímenes o desapariciones, actos delictivos en contra de tanta gente, ni siquiera por razones ideológicas, si las hubiera. En medio de ese caos, de esa zona libre que se instaló en el tiempo, había consentimiento para resolver asuntos personales, también. Eso quedó en algún lado y supongo que todavía existe en ciertos cerebros nostálgicos de aquella época, la idea de resolver las cuestiones de la manera más brutal. Sin respeto por la vida humana o tomándola como algo sin valor. Aún quedan rémoras de esa historia. No creo que el relato de ‘El décimo infierno’ sea ajeno a semejante herencia que ha dejado un cierto desprecio, un desdén por la vida”. –¿Cuándo viste la película terminada? –En Resistencia, cuando se proyectó por primera vez. –Le consulté lo mismo a Aymará: ¿cómo saliste en ese examen? –En general, verse es bastante ingrato. Yo no presumo de bello, pero tampoco de espantoso (reímos). Uno se ve multiplicado por no sé cuánto, en una pantalla de ocho metros por cuatro, y es muy fuerte sentir cómo pasan los años, observarse físicamente, y también porque se supone mejor actor de lo que resulta. No es grato verme, en realidad. Quizás se relaciona con la ilusión de creerme más agraciado de lo que soy. –Nos pasa a todos eso… –O más joven… Incluso, a la gente bella de verdad, le debe suceder otro tanto. Pero, después de dos veces, digo yo, en que uno se ha visto, empieza a observarse el trabajo artístico que hay. Si estuve más o menos acertado o me equivoqué. Acepto, qué diablos, esa es mi imagen, ese soy yo, y comienzo a percibir con más claridad lo que –desde el punto de vista interpretativo– he hecho. No es fácil, por cierto, porque se trata de un guión basado en una novela que por un lado ayuda una enormidad a comprender el personaje, a construirlo, a imaginarlo. Hay una vida desarrollada en el libro, una interioridad –en mi caso– particular, un hilo conductor desde el recuerdo, la narración. En realidad, todo esto es un gran flashback… Una cantidad importante de información la da el autor (Mempo Giardinelli), de la subjetividad, de sus impresiones, sus vivencias, de los afectos y las inseguridades del personaje. Por otro lado, llevar eso a cabo, está en la narración que delata el carácter de la historia. Está en el relato en off que también hago… Pero, tratando de resolver esa cuestión que aparece tan clara en la novela, la subjetividad de la que te hablaba, hay que ponerla en acción después. Y eso no es fácil porque se pueden entender todas las motivaciones de Alfredo, pero hay que meterse en la situación de pegarle un palazo en la cabeza a un ñato. ¿No? O de apuñalar a alguien, para empezar. Entonces, está el dato del relato y además debe existir el estado como yo lo actúo. Ahí no valen los raccontos ni la voz en off, hay que poner el cuerpo, la convicción… Instalarse en la piel de esos seres que van en un raid imparable de crímenes, es tarea ardua. No es sencillo imaginar el estado en que están. Nuestros dos personajes llegan a un grado de locura tal que por fuera parecen gente normal, pero están absolutamente desquiciados. La lógica, si es que se puede llamar así a una catarata de asesinatos, arranca porque una vez que se vence la barrera, se cruza esa frontera de ser capaz de quitar una vida, de ahí en más todo debe valer lo mismo.

“Una vez que se cruza esa frontera de ser capaz de quitar una vida todo debe valer lo mismo”.


Bajo un calor inaguantable en Resistencia, una cena de amigos, por la ambición desmedida de uno y de la necesidad de cambio de otra, se transforma en el comienzo de una cascada de crímenes tan gratuitos e inesperados como violentos. Pero lo que lleva a Alfredo y Griselda, a cruzar todo límite y embarcarse en una correría delictiva, es su necesidad de romper con los mandatos, revelar la profunda hipocresía de una decadente burguesía pueblerina y liberarse hasta hacer lo que siempre desearon y no pudieron por autocensura o temor a la condena social. Narrado en primera persona por el personaje que interpreta Patricio Contreras, “El décimo infierno” habla, desmesuradamente, de cómo manejar la culpa. “Alfredo es uno de esos roles en los que el actor se permite fantasear sobre algo no permitido por las barreras de los valores, las morales y las éticas. La formación que uno ha recibido reprime toda tendencia básica que se pueda tener. Entonces, es un terreno muy tentador para los actores porque nos permite jugar con fantasear lo prohibido, censurado, negado por múltiples razones que hacen a la convivencia. Es un permiso que se nos da y si lo llevamos adelante con cierta convicción, además nos aplauden”. “Ahora, también, de alguna manera y sin decirlo específicamente, reconocemos en esas pulsiones de muerte, en estas tramas, la época de la dictadura cuando hubo crímenes o desapariciones, actos delictivos en contra de tanta gente, ni siquiera por razones ideológicas, si las hubiera. En medio de ese caos, de esa zona libre que se instaló en el tiempo, había consentimiento para resolver asuntos personales, también. Eso quedó en algún lado y supongo que todavía existe en ciertos cerebros nostálgicos de aquella época, la idea de resolver las cuestiones de la manera más brutal. Sin respeto por la vida humana o tomándola como algo sin valor. Aún quedan rémoras de esa historia. No creo que el relato de ‘El décimo infierno’ sea ajeno a semejante herencia que ha dejado un cierto desprecio, un desdén por la vida”. –¿Cuándo viste la película terminada? –En Resistencia, cuando se proyectó por primera vez. –Le consulté lo mismo a Aymará: ¿cómo saliste en ese examen? –En general, verse es bastante ingrato. Yo no presumo de bello, pero tampoco de espantoso (reímos). Uno se ve multiplicado por no sé cuánto, en una pantalla de ocho metros por cuatro, y es muy fuerte sentir cómo pasan los años, observarse físicamente, y también porque se supone mejor actor de lo que resulta. No es grato verme, en realidad. Quizás se relaciona con la ilusión de creerme más agraciado de lo que soy. –Nos pasa a todos eso... –O más joven… Incluso, a la gente bella de verdad, le debe suceder otro tanto. Pero, después de dos veces, digo yo, en que uno se ha visto, empieza a observarse el trabajo artístico que hay. Si estuve más o menos acertado o me equivoqué. Acepto, qué diablos, esa es mi imagen, ese soy yo, y comienzo a percibir con más claridad lo que –desde el punto de vista interpretativo– he hecho. No es fácil, por cierto, porque se trata de un guión basado en una novela que por un lado ayuda una enormidad a comprender el personaje, a construirlo, a imaginarlo. Hay una vida desarrollada en el libro, una interioridad –en mi caso– particular, un hilo conductor desde el recuerdo, la narración. En realidad, todo esto es un gran flashback… Una cantidad importante de información la da el autor (Mempo Giardinelli), de la subjetividad, de sus impresiones, sus vivencias, de los afectos y las inseguridades del personaje. Por otro lado, llevar eso a cabo, está en la narración que delata el carácter de la historia. Está en el relato en off que también hago… Pero, tratando de resolver esa cuestión que aparece tan clara en la novela, la subjetividad de la que te hablaba, hay que ponerla en acción después. Y eso no es fácil porque se pueden entender todas las motivaciones de Alfredo, pero hay que meterse en la situación de pegarle un palazo en la cabeza a un ñato. ¿No? O de apuñalar a alguien, para empezar. Entonces, está el dato del relato y además debe existir el estado como yo lo actúo. Ahí no valen los raccontos ni la voz en off, hay que poner el cuerpo, la convicción… Instalarse en la piel de esos seres que van en un raid imparable de crímenes, es tarea ardua. No es sencillo imaginar el estado en que están. Nuestros dos personajes llegan a un grado de locura tal que por fuera parecen gente normal, pero están absolutamente desquiciados. La lógica, si es que se puede llamar así a una catarata de asesinatos, arranca porque una vez que se vence la barrera, se cruza esa frontera de ser capaz de quitar una vida, de ahí en más todo debe valer lo mismo.

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