Peronistas frente al cambio
Los líderes peronistas coyunturalmente populares suelen ser mezquinos. No quieren compartir el poder con nadie, razón por la que, mientras creyeron que les había tocado fundar un movimiento propio que dominaría el país por muchos años, los presidentes Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner procuraron distanciarse del “pejotismo”, o sea, de aquellos sectores del peronismo que no los apoyaban con el fervor debido y que temían que los traicionaran en cualquier momento. De un modo u otro, los tres sintieron que el país necesitaba dejar atrás el movimiento creado por Juan Domingo Perón aunque, claro está, discrepaban sobre el perfil que a su entender debería tener el destinado a sucederlo. En los años noventa del siglo pasado estaban de moda las privatizaciones, razón por la que las impulsó Menem, pero a inicios del XXI regresó el populismo estatista que adoptaron con entusiasmo Néstor Kirchner y su esposa. Andando el tiempo, se justificó la escasa confianza de Menem y los Kirchner en la lealtad de sus compañeros. De no haber sido por la hostilidad implacable de Eduardo Duhalde, Menem hubiera ganado la interna peronista, aunque no necesariamente las elecciones presidenciales que se celebraron en el 2003. Asimismo, en la actualidad, el precandidato que encabeza todas las encuestas es el peronista Sergio Massa, un político astuto que raramente deja pasar una oportunidad para atacar con virulencia al gobierno en el que, como jefe de Gabinete, desempeñó un papel destacado, mientras que su principal rival es otro peronista, el exvicepresidente Daniel Scioli, quien a pesar de su resistencia a romper con Cristina no cuenta con la simpatía de los kirchneristas más vehementes. Con todo, si bien hasta ahora Scioli se ha visto beneficiado por la ambigüedad que lo caracteriza, ya que como gobernador de la provincia de Buenos Aires no fue de su interés prescindir por completo de la ayuda del Poder Ejecutivo nacional, las ventajas relativas que le ha proporcionado su negativa a asumir una postura claramente opositora se han reducido mucho en los últimos meses, de suerte que no sorprendería demasiado que pronto pusiera fin a su nada convincente militancia oficialista. Parecería, pues, que el peronismo se ha preparado nuevamente para enfrentar la crisis presuntamente terminal de un gobierno surgido de sus propias entrañas. A través de los años los compañeros se las han arreglado para sobrevivir a una serie impresionante de naufragios que ellos mismos han provocado. ¿Lograrán hacerlo una vez más, desvinculándose a tiempo de la variante kirchnerista de su movimiento como hicieron los más precavidos cuando la menemista dejaba de seducir al electorado? Cuentan con dos precandidatos bien ubicados, uno opositor declarado y otro que aspira a combinar continuidad y cambio, lo que plantea la posibilidad de que la campaña electoral que ya ha empezado siga siendo una interna peronista, pero hay señales de que amplios sectores ciudadanos estarían llegando a la conclusión de que al país no le convendría seguir dominado por quienes, en su conjunto, le han dado más fracasos que éxitos, que acaso sería mejor que otros se encargaran del gobierno. Es lo que esperan los “progresistas” del Frente Amplio UNEN y los “conservadores” de PRO. De las dos alternativas así supuestas, la liderada por el jefe del Gobierno porteño, Mauricio Macri, es la más promisoria, aunque sólo fuera porque el lamentable estado de la economía nacional hace prever que lo que el país necesitará será un gobierno pragmático capaz de congraciarse con los inversores tanto nacionales como extranjeros. El socialismo moderado de un eventual gobierno centroizquierdista sería inapropiado para la etapa que nos aguarda, ya que los kirchneristas han despilfarrado tantos recursos que no le cabría más opción que instrumentar políticas que serían denunciadas por “neoliberales”. En cambio, uno de centroderecha podría hacerlo sin sentirse constreñido a pedir perdón por haber engañado a los votantes. Asimismo, sería poco probable que se viera atormentado por las dudas ideológicas que no tardarían en provocar divisiones en un elenco gobernante que incluiría a socialistas, nacionalistas, experonistas y enemigos declarados de todo cuanto a su juicio sabe a “liberalismo”.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 18 de julio de 2014
Los líderes peronistas coyunturalmente populares suelen ser mezquinos. No quieren compartir el poder con nadie, razón por la que, mientras creyeron que les había tocado fundar un movimiento propio que dominaría el país por muchos años, los presidentes Carlos Menem, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner procuraron distanciarse del “pejotismo”, o sea, de aquellos sectores del peronismo que no los apoyaban con el fervor debido y que temían que los traicionaran en cualquier momento. De un modo u otro, los tres sintieron que el país necesitaba dejar atrás el movimiento creado por Juan Domingo Perón aunque, claro está, discrepaban sobre el perfil que a su entender debería tener el destinado a sucederlo. En los años noventa del siglo pasado estaban de moda las privatizaciones, razón por la que las impulsó Menem, pero a inicios del XXI regresó el populismo estatista que adoptaron con entusiasmo Néstor Kirchner y su esposa. Andando el tiempo, se justificó la escasa confianza de Menem y los Kirchner en la lealtad de sus compañeros. De no haber sido por la hostilidad implacable de Eduardo Duhalde, Menem hubiera ganado la interna peronista, aunque no necesariamente las elecciones presidenciales que se celebraron en el 2003. Asimismo, en la actualidad, el precandidato que encabeza todas las encuestas es el peronista Sergio Massa, un político astuto que raramente deja pasar una oportunidad para atacar con virulencia al gobierno en el que, como jefe de Gabinete, desempeñó un papel destacado, mientras que su principal rival es otro peronista, el exvicepresidente Daniel Scioli, quien a pesar de su resistencia a romper con Cristina no cuenta con la simpatía de los kirchneristas más vehementes. Con todo, si bien hasta ahora Scioli se ha visto beneficiado por la ambigüedad que lo caracteriza, ya que como gobernador de la provincia de Buenos Aires no fue de su interés prescindir por completo de la ayuda del Poder Ejecutivo nacional, las ventajas relativas que le ha proporcionado su negativa a asumir una postura claramente opositora se han reducido mucho en los últimos meses, de suerte que no sorprendería demasiado que pronto pusiera fin a su nada convincente militancia oficialista. Parecería, pues, que el peronismo se ha preparado nuevamente para enfrentar la crisis presuntamente terminal de un gobierno surgido de sus propias entrañas. A través de los años los compañeros se las han arreglado para sobrevivir a una serie impresionante de naufragios que ellos mismos han provocado. ¿Lograrán hacerlo una vez más, desvinculándose a tiempo de la variante kirchnerista de su movimiento como hicieron los más precavidos cuando la menemista dejaba de seducir al electorado? Cuentan con dos precandidatos bien ubicados, uno opositor declarado y otro que aspira a combinar continuidad y cambio, lo que plantea la posibilidad de que la campaña electoral que ya ha empezado siga siendo una interna peronista, pero hay señales de que amplios sectores ciudadanos estarían llegando a la conclusión de que al país no le convendría seguir dominado por quienes, en su conjunto, le han dado más fracasos que éxitos, que acaso sería mejor que otros se encargaran del gobierno. Es lo que esperan los “progresistas” del Frente Amplio UNEN y los “conservadores” de PRO. De las dos alternativas así supuestas, la liderada por el jefe del Gobierno porteño, Mauricio Macri, es la más promisoria, aunque sólo fuera porque el lamentable estado de la economía nacional hace prever que lo que el país necesitará será un gobierno pragmático capaz de congraciarse con los inversores tanto nacionales como extranjeros. El socialismo moderado de un eventual gobierno centroizquierdista sería inapropiado para la etapa que nos aguarda, ya que los kirchneristas han despilfarrado tantos recursos que no le cabría más opción que instrumentar políticas que serían denunciadas por “neoliberales”. En cambio, uno de centroderecha podría hacerlo sin sentirse constreñido a pedir perdón por haber engañado a los votantes. Asimismo, sería poco probable que se viera atormentado por las dudas ideológicas que no tardarían en provocar divisiones en un elenco gobernante que incluiría a socialistas, nacionalistas, experonistas y enemigos declarados de todo cuanto a su juicio sabe a “liberalismo”.
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