Perro viejo

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Era una noche de martes. Un perro negro cruzó la calle rengueando. El rugido del camión de la basura interrumpió el silencio monótono, mientras una brisa fresca confirmaba que el verano ya se había terminado. Un hombre, que caminaba lento, entró al bar que estaba pegado a la estación de trenes de Martínez.

En las tres mesas al fondo del salón, medio en penumbra, unas pocas personas charlaban envueltas en un ambiente que desprendía un rumor entre íntimo y clandestino. “Cuánto puede cambiar la vida en un instante, ¿no?”, dijo el muchacho que atendía atrás de la barra.

Mientras se acercaba, el hombre que recién había entrado hizo un mueca ambigua; no llegó a ser una media sonrisa pero tampoco completó el gesto de morderse el labio inferior. “Dame un negroni”, dijo, y apoyó la campera de cuero negra en una banqueta. Debajo llevaba una remera de The Clash.

-¿Qué pintaste hoy? -preguntó el barman, mientras echaba un chorro de gin sobre dos hielos que estaban en un vaso bajo y de boca ancha.

-Nada -respondió seco el hombre, acodado en la barra y mirándose los pies con los ojos entrecerrados.

-¿Otra vez te echaron de tu casa? -dijo el barman, que decoró el trago con una rodaja de naranja.

El hombre no respondió y se tomó el negroni casi sin respirar. Al cabo de una hora, ya había ido al baño tres veces y se había bebido otros dos tragos más.

Una joven, que vestía jeans ajustados y botas, dejó la mesa que compartía con otras mujeres y se acercó a la barra con paso decidido. Le dijo al barman que quería probar “algo nuevo” y, de reojo, miró al hombre, que le daba el último sorbo a su cuarto negroni. El barman le recomendó un daikiri de lima y jengibre.

-Mmm… -dudó la joven-, ¿qué es lo que estaba tomando el señor? -preguntó, apuntando su mentón hacia el hombre, que tenía la cabeza gacha, apretaba un escarbadientes entre los dientes y, con los ojos bien abiertos, se miraba los pies, que no dejaba de moverlos.

-Negroni -respondió el barman, y suspiró.

-Entonces dame dos, por favor -dijo la joven, acomodándose detrás de la oreja un mechón de pelo oscuro que le caía sobre la frente.

Sin mirarla, el hombre se puso de pie y caminó hacia el baño. Cuando el barman le entregó los tragos, la joven acomodó uno junto al vaso que había vaciado el hombre.

-¿Sabés qué le pasa a este ahora? -preguntó la joven.

-Está medio callado. Supongo que lo de siempre -dijo el barman, sacudiendo la cabeza hacia los lados.

El hombre volvió del baño enseguida. Tenía el rostro húmedo, como si se hubiese mojado. La joven y el barman hicieron un brusco silencio. El hombre fijó su mirada en ella y le agradeció por el trago.

-Gracias… ¿solo “gracias” me vas a decir hoy?

-No empieces… -resopló el hombre.

-¿Ni siquiera feliz cumpleaños?

-No mientas, nena.

-Veinticinco.

-Podrías ser mi hija.

-No exageres… Además, sabés que no lo soy.

-No sé nada -dijo él.

-Sí, sabés qué quiero.

-Teníamos un trato…

-¿Por qué sos tan inflexible?

-No puedo darte otra cosa.

-¿Por qué? -insistió ella, y le dio un largo sorbo al negroni, sin dejar de miralo a los ojos.

-Porque disfruto de la naturaleza casual de la cosas.

-¿Qué tiene qué ver eso?

-No puede ser de otra manera.

-¿Por qué? -ella terminó su negroni, hizo un gesto con la mano pidiendo otro trago.

-Porque estoy dañado, roto.

-Yo te voy a cuidar, no como esa bruja.

-No puedo -dijo él, tocándose la base de la nariz con dos dedos.

-Es mi cumple, vamos a divertirnos.

-No.

-Dale -susurró ella, apoyándole una mano sobre el hombro.

-Va a ser lo mismo de siempre.

-¿Por qué? ¿Qué sabés?

-Soy un perro viejo, sin nuevos trucos.

Juan Ignacio Pereyra – pereyrajuanignacio@gmail.com


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