Pichetto-Cristina, una relación con lealtades y traiciones

Un repaso histórico por una relación que tuvo un quiebre allá por 2007.



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Pichetto, en su despacho del Senado(Foto: Archivo )

El siglo era flamante.

A lo sumo tenía uno o dos años. En Argentina promediaba el segundo gobierno de Julio Argentino Roca. El “Zorro” Roca. El hacedor del Estado Nacional. Sí, es cierto, un hacer posibilitado por Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento, “el hombre con cara de viejo”, lo definirá un nacionalista furibundo Ignacio Anzoátegui. Ambos habían desmalezado a como de lugar, la hilaridad– ausencia de un orden unificador, en todo caso y en ligera síntesis – que había serpenteado al país durante décadas.

Entonces, en el ’80, cuando “El Zorro” llegó al poder, era hora de forjar el Estado. Hora, por caso – solo un caso - de unificar la moneda. En toda aquella arquitectura, “El Zorro´ tuvo de socio a un socio de fierro: Carlos Pellegrini. En materia de ideas, un símil de Alexander Hamilton en la construcción de los EE.UU. Industrialista. Casi un cuarto de siglo duró la pétrea sociedad entre “El Zorro” y el fundador del Jockey Club.

Pero un día de aquel comienzo de siglo, quebró la sociedad. Pellegrini estaba en París. Recibió un telegrama. “Unifica la deuda externa”. Deuda abultada, muy abultada. Y Pellegrini, banco por banco, gestionó. Y unificó. Y volvió. Y defendió el proyecto ante el Parlamento. Pero ganó el incendio. El revoltijo autodenomidado radicalismo, las variopintas izquierdas, nacionalistas y Musetas y Mimis, ganaron la calle. Una consigna “Traición”. Otra “Vende Patria”.

“El Zorro” se asustó. Retiró el proyecto. Pellegrini no pidió explicaciones. Quizá con dejo aristocrático, murmuró para si mismo: “Traición”. Recogió su gastado y amado paraguas británico, y se fue a su casa de la calle Viamonte.

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Y “El Zorro”, sigilosamente – zorro al fin -, peregrinó hasta el final de su mandato, murmurando “Ya volverá el gringo”.

Pero no volvió. Y murió el en días muy cercanos a aquel tiempo.

Esta exploración por la historia no busca comparaciones. Ni de personalidades ni de situaciones. Hasta el posible que aburra al lector.

Pero vale interrogarse: Habrá pensado Cristina Kirchner “Ya volverá Miguel”, cuando éste, ni bien ella dejó la Rosada, se “tomó las de Diego” del régimen kirchnerista.

Un partir rápido. A velocidad uniformemente acelerada. Casi como diciendo “Si te vi, no me acuerdo. Si me ves, chiflame fuerte”.

Para Cristina, Pichetto es, claro, un “traidor”. Pero no hace bate con estridencias ese tenor. Quizá porque no puede negar la entre terminante con que fungió el senador en defensa del régimen kirchnerista, Lealtad cartaginesa. O Espartana. Una causa, un honor para con ella. En función de ese objetivo, justificar incluso lo injustificable.

Lealtad siempre argumentada. Razonada. Explicada sin gambetas. Sin invalidar críticas y objeciones vía denunciar “Gorilismo”. “Conspiraciones”. “Operaciones de la CIA en acuerdo con Magoya”. Y etc, etc.

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Lealtad a cara de mármol de carrara. Mármol imprescindible para andar en política en estos y mucho lares.

Lealtad y sociedad que a Miguel Pichetto le sirvió para construir Imagen. Poder. Relaciones.

Pero lo que Néstor, Cristina y el núcleo duro del kirchnerismo no pudieron ignorar jamás, es que Pichetto no era un “hombre de propia tropa”. Les servía. Y ellos le servían. No más. Bastaba.

Como en Ronin: No hay preguntas, no hay respuestas.

Pero calladamente en términos que solo el conoce, Pichetto siempre resistió a modo de “Aguante Barracas”, el mundo cultural ideológico y de estilos con que forjó mucho de su poder el kirchnerismo.

En ese camino acunó malestares que mucho tuvieron de úlceras.

Enojo como el que expresó el martes 22 de mayo de 2007. Dos días antes, el radical Miguel Saiz le había podado el deseo del senador de gobernar una provincia que ama intensamente: Río Negro.

Ni Néstor ni Cristina, habían movido un dedo por su candidatura.

En atardecer de aquel martes de mayo, apoltronado en un sillón de su sobrio despacho en Senadores, Pichetto miraba la ventana que da a la Plaza del Congreso. En un largo más allá, la Rosada.

* Estos también van a caer!

Su interlocutor no preguntó nada. El movimiento de mentón con que el senador acompañó su sentencia lo decía todo: apuntaba a la Rosada...

Y llegó el día a modo de Pellegrini, Pichetto se fue.

Y no volvió...

Por Carlos Torrengo

carlostorrengo@hotmail.com.ar


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