Polémicas estériles
Puesto que aquí es tradicional que un nuevo presidente se manifieste horrorizado por «la herencia económica» dejada por su antecesor, dando a entender que fue obra ya de un idiota, ya de un delincuente, a Roberto Lavagna le habrá parecido perfectamente lógico atribuir todos los problemas actuales a los presidentes Carlos Menem y Fernando de la Rúa, además de sus cómplices del plano mayor del Fondo Monetario Internacional, de los bancos privados y, es de suponer, de los gobiernos de Estados Unidos, el Japón y la Unión Europea, todos los cuales a su entender se combinaron para transformar a la Argentina de un país «emergente» prometedor en una ruina. Por razones que podrían calificarse de diplomáticas, a los técnicos del FMI no les es dado replicar con demasiada vehemencia a sus reparos mientras que por motivos pragmáticos los banqueros y los gobernantes extranjeros prefieren limitarse a sonreír. En cambio, Menem no ha vacilado en reaccionar frente a las críticas formuladas por Lavagna calificándolo de «traidor a la Patria» por «mentir en el exterior para justificar el fracaso del gobierno». Sin embargo, es de suponer que Lavagna está sinceramente convencido de que los desastres recientes son la consecuencia directa del «rumbo» elegido por el compañero Menem y, de todos modos, sería poco razonable pedirle confesar que su gestión no ha sido tan brillante como le gustaría creer. Asimismo, en una época «globalizada» caracterizada por comunicaciones instantáneas es ridículo creer que los políticos deberían modificar radicalmente su discurso cuando viajan al exterior: como el propio Menem sabrá mejor que nadie, los mensajes dirigidos a una muchedumbre de simpatizantes enfervorizados del interior del país repercutirán en Wall Street y del mismo modo declaraciones pronunciadas ante un público de banqueros en Suiza llegarán enseguida a los oídos de cualquier militante que es dueño de un televisor.
Desgraciadamente para el país, las polémicas furibundas que están celebrando Lavagna, Menem y otros no ayudan en absoluto a aclarar las razones por las que la Argentina protagoniza el peor desastre económico de las décadas últimas, cuestión ésta que es fundamental para todos los preocupados por el futuro nacional, porque de las respuestas dependerá su evolución en los próximos lustros. Para comenzar, parecería que nadie está interesado en distinguir entre los cambios propuestos y la forma de concretarlos, como si fuera más que suficiente que un gobierno optara por el «modelo» correcto para que todo comenzara a funcionar maravillosamente bien. Por este motivo, Menem se resiste a entender que si bien en términos generales su «estrategia» podría haber sido la indicada para los años noventa, los medios empleados a fin de instrumentarla resultaron ser penosamente inadecuados, y Lavagna se niega a considerar la posibilidad de que el conjunto seguirá siendo extremadamente ineficaz a menos que emprenda una larga serie de reformas estructurales sumamente difíciles.
La voluntad de virtualmente todos los políticos e «intelectuales» de limitar el debate a temas abstractos, cuando no filosóficos, vinculados con «el modelo» o los méritos relativos del «capitalismo liberal» por un lado y el corporativismo «progresista» por el otro puede atribuirse al temor de los primeros a enojar a sectores poderosos que están comprometidos con el orden largamente establecido. Aunque conforme a su retórica Menem y Lavagna se encuentran en las antípodas, comparten la convicción de que la teoría es una cosa y la práctica otra muy distinta. Por cierto, en el curso de su segunda gestión presidencial, Menem no permitió que sus frecuentes alusiones a lo que hacían los países del Primer Mundo incidieran mucho en sus decisiones: de lo contrario, hubiera hecho un esfuerzo auténtico por frenar el gasto público improductivo, se habría opuesto frontalmente a las pretensiones del sindicalismo peronista y también, es innecesario decirlo, emprendido un programa casi revolucionario destinado a mejorar el desempeño del Estado.
Por su parte, Lavagna, quien cuenta con el respaldo pleno del presidente interino Eduardo Duhalde, está aprovechando las muchas deficiencias de la gestión de Menem no para hacer lo que el riojano se negó a intentar, sino para justificar su propia pasividad.