Políticos bajo fuego

Redacción

Por Redacción

El alivio que registraron los mercados por el acuerdo entre legisladores republicanos y demócratas sobre la deuda fenomenal que ha acumulado Estados Unidos duró lo que un suspiro. Luego de festejar la noticia con alzas, los inversores y quienes los aconsejan cambiaron abruptamente de opinión. Decidieron que, si bien por ahora se había alejado el peligro de un default, la evolución letárgica de la economía norteamericana no motivaba optimismo, que el presidente Barack Obama se las había arreglado para enojar sobremanera a sus propios partidarios y que, de todos modos, las perspectivas ante los integrantes “periféricos” de la Unión Europea siguieron siendo sombrías. La reacción negativa de los mercados frente al acuerdo precario sobre “el techo de la deuda” que se alcanzó en Washington después de semanas de negociaciones malhumoradas se debe a que en ambos lados del Atlántico Norte se ha difundido la sensación de que los dirigentes políticos no están a la altura de sus responsabilidades. Los motivos son evidentes. Las reyertas en torno a la deuda norteamericana que acarreaban el peligro de que el país más poderoso y rico de todos cayera en default no han contribuido a la reputación internacional de la clase política de la superpotencia. Asimismo, en Europa los ha desprestigiado el que los gobernantes de Alemania, Francia y otros miembros de la Eurozona no hayan resuelto todavía la crisis supuesta por la insolvencia de Grecia, un país pequeño que aporta apenas el 3% al producto conjunto del bloque. Culpar a los políticos por lo que está ocurriendo puede considerarse injusto, ya que no les será fácil en absoluto encontrar soluciones que sean políticamente viables para los problemas estructurales de sociedades envejecidas que están acostumbradas a la riqueza. Aunque dadas las circunstancias es comprensible que muchos hayan optado por ensañarse con los políticos por no haber tomado medidas antipáticas a tiempo, en países democráticos no suelen ganar elecciones quienes se animan a reclamar programas de austeridad cuando pocos los creen necesarios o, en el caso de Alemania, que se comprometen a gastar el dinero de sus propios contribuyentes para ayudar a un país notorio por la corrupción de sus dirigentes. Al fin y al cabo, incluso los “populistas” del Tea Party norteamericano que, a diferencia de sus presuntos correligionarios de otras partes del mundo, están pidiendo ajustes draconianos, se oponen a aquellos cortes presupuestarios que los afectarían personalmente. Tanto en Estados Unidos como en Europa están divididas las opiniones de los economistas sobre la mejor forma de enfrentar la crisis de la que el colapso financiero de hace casi tres años fue sólo un síntoma. Mientras que algunos aún confían en las recetas keynesianas e insisten en que reducir ya el gasto público impediría una pronta recuperación, otros afirman que una negativa a frenar ya el aumento de la deuda tendría consecuencias aún más catastróficas. Irónicamente, mientras que los europeos, de ideas supuestamente más izquierdistas que los norteamericanos, favorecen la austeridad, la administración de Obama preferiría continuar procurando estimular la economía imprimiendo billones de dólares más, pero merced a la intransigencia de legisladores republicanos vinculados con el Tea Party se ha visto obligado a modificar su postura. Por lo menos, es ésta la impresión que tienen los representantes del ala progresista del oficialismo para los que Obama acaba de sufrir una derrota sin atenuantes al aceptar un acuerdo que a su juicio se basa más en las propuestas de los republicanos que en las planteadas por los demócratas. En vista de que según las encuestas la mayoría de los norteamericanos desaprueba el manejo de la economía por parte del gobierno de Obama, ya que han incidido muy poco en su marcha los “paquetes de estímulo” gigantescos que ha ensayado, no le convendría en absoluto que el acuerdo sobre “el techo” de la deuda sea interpretado como una derrota. Tampoco les convendría a Estados Unidos y a los demás países que se difundiera la impresión de que Obama es un pato rengo y por lo tanto no está en condiciones de desempeñar de forma adecuada el papel del “hombre más poderoso del mundo” que sus compatriotas le atribuyen.


El alivio que registraron los mercados por el acuerdo entre legisladores republicanos y demócratas sobre la deuda fenomenal que ha acumulado Estados Unidos duró lo que un suspiro. Luego de festejar la noticia con alzas, los inversores y quienes los aconsejan cambiaron abruptamente de opinión. Decidieron que, si bien por ahora se había alejado el peligro de un default, la evolución letárgica de la economía norteamericana no motivaba optimismo, que el presidente Barack Obama se las había arreglado para enojar sobremanera a sus propios partidarios y que, de todos modos, las perspectivas ante los integrantes “periféricos” de la Unión Europea siguieron siendo sombrías. La reacción negativa de los mercados frente al acuerdo precario sobre “el techo de la deuda” que se alcanzó en Washington después de semanas de negociaciones malhumoradas se debe a que en ambos lados del Atlántico Norte se ha difundido la sensación de que los dirigentes políticos no están a la altura de sus responsabilidades. Los motivos son evidentes. Las reyertas en torno a la deuda norteamericana que acarreaban el peligro de que el país más poderoso y rico de todos cayera en default no han contribuido a la reputación internacional de la clase política de la superpotencia. Asimismo, en Europa los ha desprestigiado el que los gobernantes de Alemania, Francia y otros miembros de la Eurozona no hayan resuelto todavía la crisis supuesta por la insolvencia de Grecia, un país pequeño que aporta apenas el 3% al producto conjunto del bloque. Culpar a los políticos por lo que está ocurriendo puede considerarse injusto, ya que no les será fácil en absoluto encontrar soluciones que sean políticamente viables para los problemas estructurales de sociedades envejecidas que están acostumbradas a la riqueza. Aunque dadas las circunstancias es comprensible que muchos hayan optado por ensañarse con los políticos por no haber tomado medidas antipáticas a tiempo, en países democráticos no suelen ganar elecciones quienes se animan a reclamar programas de austeridad cuando pocos los creen necesarios o, en el caso de Alemania, que se comprometen a gastar el dinero de sus propios contribuyentes para ayudar a un país notorio por la corrupción de sus dirigentes. Al fin y al cabo, incluso los “populistas” del Tea Party norteamericano que, a diferencia de sus presuntos correligionarios de otras partes del mundo, están pidiendo ajustes draconianos, se oponen a aquellos cortes presupuestarios que los afectarían personalmente. Tanto en Estados Unidos como en Europa están divididas las opiniones de los economistas sobre la mejor forma de enfrentar la crisis de la que el colapso financiero de hace casi tres años fue sólo un síntoma. Mientras que algunos aún confían en las recetas keynesianas e insisten en que reducir ya el gasto público impediría una pronta recuperación, otros afirman que una negativa a frenar ya el aumento de la deuda tendría consecuencias aún más catastróficas. Irónicamente, mientras que los europeos, de ideas supuestamente más izquierdistas que los norteamericanos, favorecen la austeridad, la administración de Obama preferiría continuar procurando estimular la economía imprimiendo billones de dólares más, pero merced a la intransigencia de legisladores republicanos vinculados con el Tea Party se ha visto obligado a modificar su postura. Por lo menos, es ésta la impresión que tienen los representantes del ala progresista del oficialismo para los que Obama acaba de sufrir una derrota sin atenuantes al aceptar un acuerdo que a su juicio se basa más en las propuestas de los republicanos que en las planteadas por los demócratas. En vista de que según las encuestas la mayoría de los norteamericanos desaprueba el manejo de la economía por parte del gobierno de Obama, ya que han incidido muy poco en su marcha los “paquetes de estímulo” gigantescos que ha ensayado, no le convendría en absoluto que el acuerdo sobre “el techo” de la deuda sea interpretado como una derrota. Tampoco les convendría a Estados Unidos y a los demás países que se difundiera la impresión de que Obama es un pato rengo y por lo tanto no está en condiciones de desempeñar de forma adecuada el papel del “hombre más poderoso del mundo” que sus compatriotas le atribuyen.

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