Postales de un día bajo “emergencia psíquica”
Testimonio
El 6 de junio de 1982, el final de la Guerra de Malvinas seguía lacrándose: Gran Bretaña se aseguraba su triunfo. Triunfo consecuencia de una estrategia abrumadoramente eficiente. Plasmada con firmeza. Decisión desde finales de abril: cercar, separar, ahorcar.
• Cercar el archipiélago mediante el ejercicio de una presencia naval y aérea terminante.
• Separarlas del continente para restarles apoyo a las fuerzas argentinas situadas en el archipiélago.
• Ahorcarlas mediante abrumadora potencia de fuego naval y aéreo mientras sus tropas desembarcaban y se extendían como manchas de aceite en la Isla Soledad, donde estaba el grueso de las fuerzas argentinas.
Al mediodía de aquel gris, lluvioso y frío 6 de junio, el mayor médico Ceballos se entrevistó con el general Mario Benjamín Menéndez, gobernador de las islas y máximo mando militar argentino. Ceballos, director del Hospital Militar de Puerto Argentino, le habló con descarnada sinceridad de científico. También práctico. Lideraba el medio centenar de profesionales que desde el 1º de mayo, cuando se inició la lucha en el Atlántico Sur, trataba con la sangre que arrojaba el combate.
-Señor -dijo-, en 10 ó 15 días más nuestras tropas no estarán en condiciones de seguir el combate. Argumentó razones de desnutrición y de fatiga psíquica.
Esa entrevista tuvo dos testigos. Uno de ellos, el general de brigada Omar Edgardo Parada, hoy procesado por violación a los derechos humanos bajo la dictadura. Pero en aquel junio del ‘82, Parada era jefe de una de las dos brigadas de Infantería que tenía la Argentina en las islas, la Tercera, a la que pertenecían 4.000 de los más de 10.000 hombres que había en el archipiélago.
Parada fue uno de los mandos más cuestionados por la Comisión Ratembach que investigó la “Conducción política y estratégico-militar de las Fuerzas Armadas Argentinas en la Guerra de Malvinas”. La comisión acreditó a Parada que su “particular forma de mando le hacía no considerar debidamente los asesoramientos producidos por su Estado Mayor”, al que ignoraba.
En el 2012, Parada publicó su memoria sobre el conflicto: “Llagas de una guerra”. Con independencia de coincidir o no con su verdad, son 670 páginas sustanciosas para quien guste de la historia. En uno de sus capítulos, Parada pasa revista a la situación emocional de las fuerzas terrestres argentinas al final de la batalla. Un relato crudo, de un protagonista directo.
• El 14 de junio del ‘82 las tropas se replegaron sobre Puerto Argentino. El combate cesaba. Era la rendición. “Fracciones enteras o soldados aislados se desplazaban ya lejos de sus posiciones hacia el centro de la localidad con sus armas portátiles. Algunos arrastrando una manta y su bolsa de rancho. Agobiados por la fatiga psicofísica, su paso era pesado y vacilante. Caminaban mostrando el cansancio y la desesperante angustia acumulados, sobre todo, los últimos días. Callados, en general rehuían contestar. En sus rostros afloraban emociones o sentimientos de desaliento, derrota personal, dolor, ira, desesperanza, vergüenza, desconcierto, desconfianza, desengaño, rencor, rebeldía, tal vez desprecio por los otros o de sí mismos, odio, melancolía, sorpresa, temor por el futuro, desprotección”.
• Y acota: “Todos regresaban en estado de emergencia psíquica. La excitación, que todavía era intensa, se confundía con la apatía indiferente, deambulando sin destino fijo por baldíos y calles que convergían desde los frentes de lucha. Bajaban del mundo del miedo personal y colectivo, con reacciones distintas. Miedo que al fin se había instalado en todos subrepticiamente. Unos lograban superarlo, otros, controlarlo, la mayoría disimularlo”.
• “En nuestras fuerzas no sólo hubo ‘fatiga de metales’ de las armas de tanto usarlas. Peor aún: había fatiga en el alma de los hombres que las habían empuñado. Ninguno era, en esos momentos, conductor de sí mismo, ni de otros, sino que se presentaban como seres desvaídos, seguidos por otros, sin saberlo ni importarles. Eran solitarios envueltos en su excitante realidad interior que, de pronto, se encontraban rodeados sin haberlo buscado. Estaba claramente roto todo compromiso hacia su grupo, grupo al que al inicio sintió necesidad de pertenecer, porque seguramente lo reconocería, lo protegería, le proporcionaba poder. Estaban bajo una abrumadora sensación de tristeza que les impedía pensar. Sólo tenían capacidad de sentir”.
• Y ya en tren de rematar su diagnóstico, manifiesta: “En la coyuntura, el soldado era, por sobre todo, un individuo junto a otros individuos que, sin importarles razones y hacia qué destino se encaminaban, habían resuelto seguir alejándose del frente de combate que representaba la muerte, sin recibir o sin querer escuchar orden alguna. Tal vez imaginando haber sido defraudados por superiores y camaradas, se sentían liberados de todo compromiso y creían sólo en sus propias fuerzas, las que le restaban, para salvar sus vidas”.
• Redondeando, Parada apela al prestigio de quizá el más riguroso de los historiadores militares de Gran Bretaña: Basil Liddell Hart. “Recordándole a él, diré que cuando los hombres combatiendo perciben que nuevos esfuerzos, nuevos sacrificios, no son suficientes para revertir la situación de fracaso en que se encuentran y persistiendo sólo podrían demorar el fin, normalmente pierden la fuerza interior para prolongar el combate y se rinden a lo inevitable. Raras son las excepciones a esta regla. El 14 de junio, en Puerto Argentino lo estábamos comprobando”, sentencia Parada.
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