Quien aprende, rectifica
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Frente a la multitud de gestos de soberbia que conocemos (efecto de orgullo, vanidad, “carácter”, etc.), no abundan ejemplos personales que sirvan para ilustrar el título de esta nota. Veamos una muestra de casos, foráneos y propios. Yendo lejos en la geografía, puede recordarse el del paciente Mahatma Gandhi quien, ante la curiosidad de un periodista inglés extrañado de que pudiera decir una cosa la semana anterior y algo totalmente diferente en la del reportaje, le respondió: “Ah, porque aprendí algo nuevo desde la última semana”. En el terreno de la ciencia contemporánea hay otra anécdota aleccionadora que refiere el biólogo Richard Dawkins. Cuenta que una de las experiencias formativas de sus años de estudiante tuvo lugar cuando un conferenciante norteamericano presentó pruebas que refutaban de manera concluyente la teoría favorita de un venerable profesor del departamento de Zoología de Oxford, la teoría que él como alumno había aprendido. Relata que al final de la conferencia el anciano profesor se levantó, se dirigió a la parte frontal de la sala, estrechó calurosamente la mano del norteamericano y declaró, con tono sonoramente emotivo: “Mi querido amigo, quiero darle las gracias, he estado equivocado durante los últimos quince años”. Toda la platea universitaria aplaudió a rabiar, cuenta Dawkins con el orgullo de su profesión científica. No faltan parecidas anécdotas recordables en nuestro país. Dejando de lado, por controvertible y trajinada, la serie espectacular que pertenece a la política, voy a referir tres de las que protagonizaron personajes del ámbito de la literatura o el pensamiento. En un diálogo de 1965 con César Fernández Moreno, al hacérsele notar a Borges que él había expresado veinte años atrás una idea distinta de la que acababa de exponer sobre su simpatía por géneros literarios, el observado respondió: “Bueno, en el año 45 yo era otra persona, de manera que no me hago responsable de lo que dije entonces, y puedo discutir con el Borges del año 45. Puede que yo esté de acuerdo también”. Es una afirmación que, aparte de pícara y graciosa, remite al derecho de toda persona a cambiar sus opiniones en la medida del cambio de las cosas y de sí mismo. Y es, por supuesto, una lección para quienes acusan a un semejante –escritor, artista, periodista o lo que sea– de opinar distinto de lo que en anterior etapa de su vida había sostenido como indiscutible. De hecho, es el recurso de un acusador para el descrédito del otro. Facilitado a menudo ahora por el anonimato del recurso electrónico, traduce impotencia, ignorancia o envidia. Hay una serie de hombres públicos argentinos que debieron, cuestionados interesadamente como veletas o traidores, expresar una rectificación honesta de posiciones de otro tiempo. El gran Alberdi, en su alta madurez, escribió para el prefacio de su “Del gobierno en Sudamérica” que no dudaba de que muchas de las ideas de ese estudio estaban en oposición de las que había tenido antes sobre los mismos asuntos. Puede –decía– que en las actuales estuviese equivocado, y no en las pasadas. Pero no creía que uno se alejara de la verdad a medida que más estudia, que más vive, que más observa, que más experimenta y que menos interés tiene en que sus opiniones prevalezcan. “De lo que respondo al lector es que todo el interés del cambio reside en el interés exclusivo de la verdad”. Una sinceridad como ésta no ha sido siempre bien entendida, pues para algunos la integridad ética de un intelectual consiste en tener a los cincuenta o setenta años los mismos pensamientos y sentimientos que a los veinte. Algo diferente es el caso de Leopoldo Lugones. Al redactar un nuevo prólogo para la segunda edición de “Historia de Sarmiento”, que había escrito en 1911, apeló quince años después al derecho de cambiar su ubicación doctrinaria e intelectual. Escribió en 1926: “La ideología liberal de este libro no es la que ahora profeso… solamente los necios se jactan de no enmendar sus errores, literarios o ideológicos”. Es muy conocido el episodio público que marcó su divorcio con ese pasado liberal: en Lima y en 1924, ocasión del centenario de la Batalla de Ayacucho, proclamó (con el general Justo a su lado en la tribuna) que el Ejército era la última aristocracia con que contaba la Argentina y que había llegado para el país “la hora de la espada”. Se conoce la contribución ideológica que tuvo esa clarinada retórica en la consolidación del naciente “Partido Militar” y en la clausura de la democracia en 1930. Hasta es pensable que una nueva reflexión del poeta sobre aquel cambio que pretendió iluminado y heroico tuvo algo que ver con su determinación de suicidio en 1938. (*) Doctor en Filosofía
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