Rehabilitación militante

Por Redacción

Tiene razón el ministro de Justicia, Julio Alak: sería un auténtico disparate “suponer que se pueda llevar a los presos a un acto político”. Con todo, el funcionario dio a entender que si “todas las salidas son autorizadas por los jueces correspondientes” sería comprensible que algunos convictos quisieran “asistir a actividades culturales”, como las protagonizadas por oradores kirchneristas, por tratarse de algo que en su opinión los ayudará a reinsertarse en la sociedad. Pero, claro está, no se trata del mejor modo de rehabilitar a los reclusos. La razón por la que varios diputados opositores encontraron preocupante el que, según el matutino porteño “Clarín”, las autoridades carcelarias y los jueces permitan que ciertos detenidos se esfuercen por enriquecerse “culturalmente” del modo aprobado por Alak, consiste en la sospecha nada arbitraria de que lo que La Cámpora se ha propuesto es organizar fuerzas de choque conformadas por delincuentes profesionales, acaso porque sean cada vez menos los piqueteros dispuestos a integrarlas. Según se informa, una agrupación que se llama “Vatayón Militante”, que se jacta de ser no sólo peronista sino también kirchnerista, está muy activa en las cárceles, reclutando a presos, dándoles privilegios a fin de hacer más atractiva su labor proselitista. A la luz de la historia reciente de nuestro país y de las tradiciones en materia de violencia política del peronismo, sobre todo de la vertiente que motiva más entusiasmo entre los kirchneristas, es lógico que haya causado alarma la denuncia formulada por “Clarín”. Lo último que necesita el país hoy en día es la aparición de unidades de choque parecidas a las formadas por los comunistas, nazis y fascistas en Europa en la primera mitad del siglo pasado o a las de la ultraderecha y de la izquierda revolucionaria que tanto contribuyeron a hacer de la Argentina un campo de batalla en la etapa que culminó con el golpe militar de marzo de 1976. Aleccionada por dicha experiencia, durante un par de décadas pareció que la mayoría abrumadora de la población se había vacunado contra la tentación así supuesta, de ahí la reacción pública muy fuerte que se produjo frente a toda manifestación de violencia política, por menor que fuera, pero a juzgar no sólo por lo que está ocurriendo en las cárceles sino también por la actitud asumida por distintos voceros del gobierno actual “la memoria” ya ha dejado de funcionar como un tranquilizante. Por el contrario, es de temer que la voluntad de desempeñar un papel protagónico en una “epopeya” –un género que de por sí es sumamente violento– esté resultando ser más fuerte que el presunto compromiso de la clase gobernante con la paz y la vida. De más está decir que dista de ser nuevo el proselitismo político en las cárceles. En todos los países desarrollados lo consideran un problema muy serio. Sin embargo, mientras que en otras partes del mundo quienes lo practican son militantes de movimientos extremistas, como los islamistas, los racistas blancos de “la hermandad aria” y sus equivalentes negros, aquí han resultado ser miembros de organizaciones vinculadas con un gobierno democrático, si bien uno que, a través del ministro de Educación, insiste en que a su juicio la militancia política es una “actividad cultural” mucho más importante que cualquier otra. De todas maneras, convendría a todos, incluyendo a los oficialistas, que se pusiera fin cuanto antes al insólito programa de rehabilitación que han emprendido La Cámpora y sus aliados del “Vatayón Militante”. Lo entiendan o no los involucrados, en un país ya traumatizado por la inseguridad ciudadana, el presunto reclutamiento de militantes políticos entre la población carcelaria, aun cuando sólo sirvan para hacer número y aplaudir, plantea una amenaza muy grave a la convivencia pacífica, una amenaza que, desde luego, algunos podrían tomar lo bastante en serio como para sentir que no les queda más alternativa que la de comenzar a organizar sus propias agrupaciones de autodefensa, asegurando así que, una vez más, el país se vea atrapado en una espiral de violencia política, lo que entrañaría el riesgo de que se repitiera la tragedia de los años setenta, la década que, para todos los comprometidos con la democracia y el respeto mutuo, fue la más infame del siglo pasado.


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