Relato demasiado convincente

Redacción

Por Redacción

Según funcionarios y legisladores kirchneristas, el vicepresidente Amado Boudou es la víctima inocente de una campaña mediática urdida por el CEO del Grupo Clarín. De ser así, se habrá tratado de una obra maestra de un género que los kirchneristas, coartífices ellos del “relato” protagonizado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su extinto marido, el prócer Néstor Kirchner, no podrán sino envidiar. De tomarse en serio lo que dicen los defensores de Boudou, además de hacer sospechar que se apropió de la imprenta ex Ciccone, los conspiradores se las han ingeniado para inventar razones para acusarlo de enriquecerse ilícitamente, fraguar su declaración jurada, falsificar los papeles de un auto importado para no tener que compartirlo con su exesposa y, lo que en algunos países sería de por sí suficiente para obligarlo a interrumpir su carrera política pero aquí no tendría consecuencias significantes, viajar gratis en un avión perteneciente a un empresario del juego. Si bien nadie ignora que a veces los adversarios de políticos determinados desatan campañas mediáticas en su contra, y es por lo menos factible que algunas de las acusaciones que enfrenta Boudou no se basen en pruebas totalmente convincentes, a esta altura parece indiscutible que ha cometido tantas irregularidades que a juicio de una mayoría abrumadora sería mejor que diera un paso al costado hasta que, si resulta que realmente ha sido víctima de una serie apenas concebible de calumnias maliciosas, logre regresar para reanudar sus funciones sin que su mera presencia en actos, como el celebrado el Día de la Independencia en Tucumán, sea considerada escandalosa. Los políticos opositores, entre ellos los peronistas disidentes, se han visto beneficiados por la transformación del vicepresidente de la República en un “emblemático”, pero muchos parecen reacios a aprovechar la situación, tal vez por temor a provocar turbulencias institucionales a más de un año de la fecha prevista para el fin del mandato de Cristina. Por motivos que tendrán más que ver con el temor a encargarse prematuramente de una crisis económica explosiva que con el respeto por el calendario previsto por la Constitución, la mayoría afirma querer que la presidenta permanezca en el poder hasta diciembre del 2015 y que en los 17 meses que aún le quedan aplique el ajuste que todos saben que es necesario para impedir que el país se deslice nuevamente por un precipicio. Tal actitud puede entenderse, pero no hay garantía alguna de que los acontecimientos colaboren para que resulte realista. Hay señales de que la recesión ya registrada por el Indec está agravándose con rapidez mientras que, aun cuando se resuelva de la manera menos mala previsible la pelea con los holdouts y el juez estadounidense Thomas Griesa, los problemas en el frente externo seguirán acumulándose. A menos que tengamos mucha suerte, la etapa final de la gestión kirchnerista será tumultuosa. Para muchos la voluntad de Cristina de apoyar a Boudou parece deberse no tanto a que lo eligió personalmente para ocupar un cargo que nunca ha estado en condiciones de desempeñar cuanto a la conciencia de que no le convendría en absoluto permitir que los tiempos se aceleraran. Según quienes presuntamente están enterados de lo que sucede en el círculo áulico presidencial, Cristina cree que, de caer Boudou, sus adversarios vendrán por ella misma. Puede que no exagere. Al atacar con virulencia a aquellos jueces y fiscales que no le obedecen, Cristina y la procuradora general Alejandra Gils Carbó han enojado a muchos miembros de la “familia judicial” a tal punto que ya no vacilarían en aprovechar cualquier oportunidad para investigar la evolución sorprendente del patrimonio de la presidenta y sus vínculos con personajes como Lázaro Báez. Para alarma de Cristina y de quienes la rodean, el clima ha cambiado mucho en los últimos meses y todo hace prever que le resultará más adverso al reducirse la actividad económica y aumentar la conflictividad social. De pedir licencia o renunciar Boudou, se difundiría en seguida la sensación de que el país acaba de entrar en una nueva etapa, la última de la serie kirchnerista, lo que no sería del agrado de una mandataria que hasta hace un par de años creía que el proyecto que protagonizaba duraría no algunos meses más sino varias décadas.


Según funcionarios y legisladores kirchneristas, el vicepresidente Amado Boudou es la víctima inocente de una campaña mediática urdida por el CEO del Grupo Clarín. De ser así, se habrá tratado de una obra maestra de un género que los kirchneristas, coartífices ellos del “relato” protagonizado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su extinto marido, el prócer Néstor Kirchner, no podrán sino envidiar. De tomarse en serio lo que dicen los defensores de Boudou, además de hacer sospechar que se apropió de la imprenta ex Ciccone, los conspiradores se las han ingeniado para inventar razones para acusarlo de enriquecerse ilícitamente, fraguar su declaración jurada, falsificar los papeles de un auto importado para no tener que compartirlo con su exesposa y, lo que en algunos países sería de por sí suficiente para obligarlo a interrumpir su carrera política pero aquí no tendría consecuencias significantes, viajar gratis en un avión perteneciente a un empresario del juego. Si bien nadie ignora que a veces los adversarios de políticos determinados desatan campañas mediáticas en su contra, y es por lo menos factible que algunas de las acusaciones que enfrenta Boudou no se basen en pruebas totalmente convincentes, a esta altura parece indiscutible que ha cometido tantas irregularidades que a juicio de una mayoría abrumadora sería mejor que diera un paso al costado hasta que, si resulta que realmente ha sido víctima de una serie apenas concebible de calumnias maliciosas, logre regresar para reanudar sus funciones sin que su mera presencia en actos, como el celebrado el Día de la Independencia en Tucumán, sea considerada escandalosa. Los políticos opositores, entre ellos los peronistas disidentes, se han visto beneficiados por la transformación del vicepresidente de la República en un “emblemático”, pero muchos parecen reacios a aprovechar la situación, tal vez por temor a provocar turbulencias institucionales a más de un año de la fecha prevista para el fin del mandato de Cristina. Por motivos que tendrán más que ver con el temor a encargarse prematuramente de una crisis económica explosiva que con el respeto por el calendario previsto por la Constitución, la mayoría afirma querer que la presidenta permanezca en el poder hasta diciembre del 2015 y que en los 17 meses que aún le quedan aplique el ajuste que todos saben que es necesario para impedir que el país se deslice nuevamente por un precipicio. Tal actitud puede entenderse, pero no hay garantía alguna de que los acontecimientos colaboren para que resulte realista. Hay señales de que la recesión ya registrada por el Indec está agravándose con rapidez mientras que, aun cuando se resuelva de la manera menos mala previsible la pelea con los holdouts y el juez estadounidense Thomas Griesa, los problemas en el frente externo seguirán acumulándose. A menos que tengamos mucha suerte, la etapa final de la gestión kirchnerista será tumultuosa. Para muchos la voluntad de Cristina de apoyar a Boudou parece deberse no tanto a que lo eligió personalmente para ocupar un cargo que nunca ha estado en condiciones de desempeñar cuanto a la conciencia de que no le convendría en absoluto permitir que los tiempos se aceleraran. Según quienes presuntamente están enterados de lo que sucede en el círculo áulico presidencial, Cristina cree que, de caer Boudou, sus adversarios vendrán por ella misma. Puede que no exagere. Al atacar con virulencia a aquellos jueces y fiscales que no le obedecen, Cristina y la procuradora general Alejandra Gils Carbó han enojado a muchos miembros de la “familia judicial” a tal punto que ya no vacilarían en aprovechar cualquier oportunidad para investigar la evolución sorprendente del patrimonio de la presidenta y sus vínculos con personajes como Lázaro Báez. Para alarma de Cristina y de quienes la rodean, el clima ha cambiado mucho en los últimos meses y todo hace prever que le resultará más adverso al reducirse la actividad económica y aumentar la conflictividad social. De pedir licencia o renunciar Boudou, se difundiría en seguida la sensación de que el país acaba de entrar en una nueva etapa, la última de la serie kirchnerista, lo que no sería del agrado de una mandataria que hasta hace un par de años creía que el proyecto que protagonizaba duraría no algunos meses más sino varias décadas.

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