Rencilla inesperada enfrenta a dos premios Nobel de la Paz

Por Redacción

GUSTAVO CHOPITEA (*)

Aunque parezca insólito, dos de las tres mujeres que en el 2011 recibieran el Premio Nobel de la Paz están ahora enfrentadas. Se trata de dos prominentes ciudadanas de Liberia. La tercera galardonada, una periodista de Yemen, es totalmente ajena a este relato. Hellen Johnson Sirleaf –recordemos– recibió el Premio Nobel por su contribución a estabilizar su país luego de la guerra civil que lo afectara, antes de que resultara electa presidente de Liberia, en el 2005. El premio le fue adjudicado mientras estaba en plena campaña política, en busca de su reelección. Fue lo que se llama un “anillo al dedo”. La segunda beneficiaria, también liberiana, fue Leymah Gbowee, quien fue premiada por sus esfuerzos en pro de paliar el sufrimiento de las víctimas de la referida guerra civil. Había adquirido notoriedad, a lo largo y ancho del mundo, al organizar una “guerra de los sexos” en favor de la paz, a la que se unieron centenares de mujeres de su país. Más que efectiva, la idea sirvió para conferir notoriedad a sus tareas humanitarias. Ambas mujeres tenían una excelente relación. A punto tal que Leymah apoyó a Hellen durante su campaña electoral. Por esto no resultó demasiado sorpresivo que, luego de triunfar, Hellen designara a Leymah como presidenta de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de su país. No obstante, apenas un año después de que Leymah asumiera ese alto y delicado cargo, acaba de presentar –sonoramente– su renuncia. Alega la imposibilidad de colaborar con un gobierno ahora caracterizado por el nepotismo que, además, está haciendo demasiado poco –dice– para reducir las desigualdades. Antes de que se produjera la renuncia de Leymah, la Comisión que presidía hizo circular una primera versión de un informe que contenía una lista de personas implicadas en la guerra civil, que sorpresivamente incluía a Hellen alegando su proximidad con Charles Taylor en el transcurso de la guerra civil, concretamente a fines de 1989. Rápidamente, una segunda versión de ese mismo informe diluyó la incómoda acusación. Una coalición de organizaciones civiles sociales dedicadas a la defensa de las mujeres salió de inmediato en apoyo de Hellen, la presidenta. Las acusaciones colaterales de Leymah apuntan a las designaciones de tres hijos de Hellen en funciones públicas de gran importancia, incluyendo la presidencia de la compañía estatal de hidrocarburos. Nepotismo, por cierto. Cuando un país pobre, pero rico en recursos naturales, incluyendo los hidrocarburos, despierta de una larga somnolencia suele suceder que las “elites” que operan en la opacidad en torno al poder procuren obtener todos los beneficios posibles. Es humano, quizás. No obstante el nepotismo es un mal que no debe tolerarse. Nunca. Las funciones públicas de significación deben recaer en los más aptos y honestos, por oposición a los parientes y amigos de quienes circunstancialmente están en el poder. Para evitar el nepotismo, la transparencia y la libertad de prensa son instrumentos fundamentales. Verdaderamente indispensables. La riña entre Hellen y Leymah es lamentable. Pero mucho más lo es el telón de fondo que flota sobre esa pelea. Lo importante es que, pese a ella, Liberia pueda seguir modernizándose en paz. Sin caer en la corrupción y en la opacidad, males endémicos que por décadas han afectado al Continente Negro todo y debilitado sus posibilidades de crecimiento. Es hora de cambiar. Una pelea impredecible puede haberse transformado en catalizadora de una corrección de rumbo tan oportuna como indispensable. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional