Retórica y realidad
En Europa ya se ha disipado la esperanza de que el presidente francés François Hollande, un socialista que, como Cristina Fernández de Kirchner, se opone por principio a los ajustes, la austeridad y otras manifestaciones de lo que toman por la maldad neoliberal, encabezara una rebelión contra la dura ortodoxia alemana. Parecería que, como sucedió con su antecesor socialista François Mitterrand a inicios de los años ochenta del siglo pasado, el mandatario galo se ha visto constreñido a aprender que la retórica que podría ser apropiada para un político opositor es una cosa y lo que tendría que hacer una vez en el poder es otra muy distinta. Asimismo, Hollande se habrá enterado de que cuando de manejar una economía nacional se trata no es sólo una cuestión de voluntad, como si todos los problemas fueran obra de personajes perversos y por lo tanto la solución consistiera en reemplazarlos por otros más bondadosos, puesto que a veces políticos presuntamente bienintencionados pueden arreglárselas para causar auténticos desastres. Así, pues, si bien es evidente que a Hollande le encantaría desempeñar el papel de defensor máximo de las víctimas de la crueldad de los mercados financieros, se ha dado cuenta de que si lo intentara los riesgos para su propio país, y por lo tanto para sus compatriotas más vulnerables, serían mayúsculos y las posibilidades de éxito muy escasas, razón por la que, para decepción de quienes habían tomado en serio la retórica electoralista que lo ayudó a derrotar a Nicolas Sarkozy hace casi cuatro meses, ha optado por solidarizarse con la canciller alemana Angela Merkel al exigirle al primer ministro griego Antonis Samaras cumplir con el compromiso de reducir drásticamente el gasto público y de acelerar un programa de privatizaciones que, por motivos políticos, su gobierno apenas ha comenzado a poner en marcha. Samaras había pedido más “aire para respirar”, o sea, una demora de aproximadamente dos años, pero tanto Hollande como Merkel se negaron a permitirle extender los plazos para llevar a cabo las reformas prometidas. Asimismo, sin tener que decir nada, el dúo –bautizado previsiblemente como “Merkollande”– envió un mensaje firme al presidente del gobierno español Mariano Rajoy, quien también quisiera que los pesos pesados de la Eurozona asumieran una actitud un tanto más flexible hacia su país que, tal y como están las cosas, pronto podría necesitar un “rescate” que lo obligaría a acatar las órdenes de Berlín. Merkel, Hollande y los demás mandatarios de la Unión Europea temen que el eventual abandono del euro signifique el fracaso definitivo no sólo de un experimento monetario que a esta altura todos saben nunca debió haberse intentado, sino también del proyecto europeo como tal, pero últimamente han empezado a considerar la posibilidad de que los riesgos planteados por los esfuerzos por salvar la moneda común resulten ser aún mayores que los que les supondría una ruptura ordenada. En Europa, los dirigentes de los distintos países ya se han acostumbrado a intercambiar acusaciones a fin de echar a sus vecinos la culpa por los problemas que están tratando de superar, de tal manera ampliando las grietas entre los del sur y los del norte, en especial los alemanes. Dadas las circunstancias, la actitud así supuesta puede comprenderse: por mucho que los griegos, españoles, portugueses e italianos juren estar resueltos a hacer cuanto sea necesario para quedar en la Eurozona, para lograrlo tendrían que resignarse a largos años de recesión, cuando no de depresión, como ya es el caso en Grecia, de suerte que sorprendería mucho que, andando el tiempo, la mayoría no llegara a la conclusión de que sería mejor elegir una alternativa menos angustiante. Asimismo, los alemanes y otros que se enorgullecen de su frugalidad y su rectitud fiscal ya han comenzado a tomar medidas destinadas a impedir que la crisis ya crónica de la periferia sureña termine ocasionándoles demasiados perjuicios económicos. Aunque hasta ahora los alemanes se han visto beneficiados en cierto modo por la fuga de capitales desde los países en apuros hacia los considerados más seguros, entienden que, de difundirse la sensación de que los costos de continuar financiando a sus socios pusieran en peligro su propia fortaleza fiscal, la situación podría cambiar en un lapso muy breve.