Rionegrino no se rinde

Cipolletti

Después de larguísima marcha golpeé. No podía creer que se hicieran tantos análisis del carbono catorce para nada cuando al costado del sudario estaba el mismísimo sepulcro del Gallo Valiente.

La puerta se abrió y me atendió el párroco en persona. Nos reconocimos cara a cara. A mis espaldas tronaban las traidoras descargas sobre el Ebro. Hispanofachistas sumaban el ciento por ciento.

El párroco atacó primero: ¿qué se te ofrece, peregrino?

Vengo de lejos, soy patagónico. No se rinde un rionegrino más que cuando se haya muerto.

¿Muerto? ¿Entonces eras vos a quien envolvimos anoche en el santo sudario?

Se amontonó la multitud. Uno me reconoció, es el discípulo del Gallo Valiente.

Negué rotundamente. Entonces cantó el Gallo Negro. Era la maldita hora en que acababa el viernes, la hora austral de los traidores. “No soy ese”, insistí. Había uno en Oviedo y otro en Turín. Dos sudarios para un mismo Gallo. El de Oviedo era del siglo siete y el de Turín del siglo catorce. “¿Cuál es el verdadero?”, insistí.

El párroco no pudo disimular el sarcasmo. Todos los soviéticos peregrinan por el sudario catorce, ninguno se inclina por el sepulcro siete. Si es que yo miento, que a mis reliquias las borren las tormentas. ¿Ante cuál habrás de rendirte, rionegrino?

La traición quedó probada fehacientemente. Era él el traicionero. Yo el Peregrino.

Valiente. Nunca desmentido por la arena ni el viento.

Luis Wainerman

DNI 4.528.137


Cipolletti

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