Roca y su monumento

Por Redacción

PABLO SCATIZZA, ARIEL PETRUCCELLi Y mauricio suraci (*)

Entre las muchas virtudes que hacen a un buen historiador se cuentan la capacidad para comprender lo que le resulta extraño, el sentido de las proporciones y al menos un mínimo de precisión conceptual. Sería absurdo reclamarle a un historiador que se deshaga de sus pasiones, renuncie a sus opiniones o se despoje de sus valores. Pero el buen historiador debería ser capaz de controlarlas por medio de esas cualidades que acabamos de mencionar. En este sentido, es muy triste cuando un experimentado y prestigioso historiador deja ya de hacer honor a las virtudes de su profesión, sobre las cuales incluso ha pregonado. Tal es el caso del profesor Luis Alberto Romero y su nota de opinión publicada en este medio el 17/10/12, la cual asombra por la acumulación de yerros históricos y teóricos. No le reprochamos por supuesto la exposición de sus opiniones o el haber desnudado sus valores: él tiene tanto derecho a los suyos como nosotros a los nuestros. Pero como historiadores y como profesores de Historia no podemos evitar reprocharle el carácter insustancial o erróneo de sus argumentos. En su escrito, Romero expresa su condena frente al intento de un grupo de vecinos de Bariloche por derrumbar el monumento a Roca que se encuentra en el Centro Cívico de esa ciudad; relativiza la masacre perpetrada por ese general por sobre los pueblos originarios y demoniza a aquellos historiadores que apoyan la lucha y las reivindicaciones de esos pueblos, a quienes hace además “responsables de construir los mitos que movilizan a los nuevos bárbaros”. Y todo esto girando en torno de un eje que, cuanto menos, resulta forzado y sacado de contexto: el concepto de “barbarie” del recientemente fallecido Eric Hobsbawm. Romero hace suya una de las preocupaciones que tuvo Hobsbawm, en sus últimos años, acerca de las nuevas formas de barbarie “que se manifestaban con sangrienta violencia en el fundamentalismo religioso o en los nuevos nacionalismos”. Sin embargo Hobsbawm no pensaba en el pueblo mapuche. Ni siquiera en el conjunto de pueblos originarios de América. Mucho menos en quienes sin ser mapuches apoyan y reivindican sus reclamos. Miraba sobre todo a Europa y la fuerza de los nacionalismos subyacentes a cuanto conflicto bélico se desató en el siglo XX, pensaba en la ex-Yugoslavia, en la Unión Soviética. Pero eso no parece importarle a Romero, quien extrapola sin más esa caracterización para describir a quienes protagonizaron el intento de derribar al general Roca con caballo y todo y, por extensión, a los mapuches y sus “intelectuales orgánicos”, si se nos permite la utilización del concepto gramsciano. Frente a esto, creemos que es urgente desandar semejante y peligrosa confusión. Peligrosa, sobre todo, porque si algo puede lograr una arenga de este tipo es promover una reacción violenta y directa contra quienes sólo tienen como objetivo concreto tirar abajo un pedazo de bronce. Dice el profesor Romero: “Sin duda, la ‘originaria’ es una identidad problemática. En toda la humanidad no se conoce a nadie que sea absolutamente originario”. Presentado así, el “ser originario” no es más que una entelequia, de la que sólo escapan los primeros homínidos o, en términos religiosos, Adán y Eva. Desde luego que estamos ante una identidad problemática: pero ¿qué identidad o qué concepto no lo es? Resulta llamativo que el profesor encuentre problemática a dicha identidad y al mismo tiempo le parezca totalmente obvia y llana la categoría de “barbarie”: la gran mayoría de los historiadores e historiadoras emplea hoy el concepto de “pueblos originarios” (que es incluso un término jurídicamente reconocido que hace referencia a los pueblos que habitaban estos suelos antes de la llegada del “blanco”), mientras que casi nadie encuentra válido hablar sin más de barbarie: un insulto antes que un concepto; una palabra imprecisa y prejuiciosa. Si para Romero querer tirar abajo un monumento es un acto de barbarie, ¿qué calificativo le pondría a la tortura, a los campos de concentración, al secuestro y desaparición de personas, al bombardeo de ciudades o las cámaras de gas? Es cierto que el concepto de genocidio es empleado erróneamente en muchos casos. Pero no se cuenta entre ellos las matanzas de los pueblos originarios por parte del Ejército Argentino. Tampoco hablar aquí de genocidio implica incurrir en el pecado de anacronismo, que tanto horroriza a Romero. El término genocidio, de hecho, fue creado recién en 1946, años después de acontecida la barbarie nazi que se quería describir (“barbarie”, aquí sí utilizada en los términos de Hobsbawm). Pero el concepto en sí, la idea que representa esa palabra, existía desde mucho tiempo antes: cuando Fray Bartolomé de las Casas denunciaba en el siglo XVI esas “hecatombes de indios” estaba declarando un genocidio en otros términos, y apenas tres décadas separan las matanzas de Roca del que habitualmente es considerado el primer genocidio del siglo XX: el armenio. Lo anacrónico es imputar a los actores unas ideas, un lenguaje o unos valores de los que no disponían; pero no es anacrónico que un historiador cree o emplee conceptos que no son los de los actores para describir o explicar algún proceso. ¿Es correcto, como dice Romero, que “no podemos juzgar atinadamente las acciones de los hombres sino con los valores de su tiempo”? No, no es correcto. Lo que el profesor Romero debiera haber dicho es que no podemos comprenderlos si no es a la luz de los valores de su tiempo; pero si hemos de juzgarlos, sólo podemos hacerlo a partir de nuestros valores. Comprender y juzgar no son la misma cosa. Romero debería saberlo. Como también debería saber que cuando se erige o se escracha un monumento en el siglo XXI no se trata de impugnar o defender ciertos valores en el siglo XIX, sino de si glorificar o condenar esos valores aquí y ahora. Como historiadores podemos ciertamente entender las causas que produjeron la esclavitud, la inquisición, el machismo o los sacrificios humanos, así como comprender las razones que tornaron justificables esas prácticas e instituciones. ¿Pero significa esta capacidad comprensiva que deberíamos comprometernos y apoyar una tentativa contemporánea por erigir monumentos a la esclavitud, la inquisición, el machismo, los asesinatos rituales o un genocidio? (*) Historiadores. Universidad Nacional del Comahue

PUNTOS DE VISTA