La fruta fina más consumida del mundo tiene su gran polo en la Patagonia: la historia del pionero que la impulsó

A los 78 años, Mario Moya sigue activo en su chacra y es testigo vivo del crecimiento de un gran nodo productivo en Neuquén. Su historia refleja cómo una actividad casi inexistente en los años 90 se transformó en una economía regional en expansión, impulsada por pequeños productores y trabajo familiar.

Mario Moya produce frutillas (fresas) desde hace tres décadas. Foto: Florencia Salto.

En una chacra del este de la provincia de Neuquén, bajo un sol tibio de otoño y con las hojas de las frutillas (fresas) empezando a tornarse rojizas, las manos agrietadas de Mario Moya cuentan una historia que no necesita demasiadas palabras. Son manos curtidas por décadas de trabajo, de monte desmontado a pala, de cultivos que no prosperaron y de otros que, con el tiempo, terminaron dando forma a uno de los polos productivos más dinámicos de la Patagonia: el de la localidad de Plottier.

Hoy, ese entramado de pequeñas chacras dedicadas a las frutas finas (principalmente frutilla) es el resultado de un proceso de crecimiento que sorprende por su intensidad. Pero detrás de ese fenómeno hay historias individuales como la de Moya: pionero, formador de productores y testigo de cómo una actividad casi inexistente a fines de los 90 se transformó en una economía regional en expansión.

Un pionero de la frutilla en la Patagonia y una vida hecha desde cero


“Yo nací acá en Neuquén, en Vista Alegre. Mi padre tenía chacra”, dice, y en esa primera frase ya aparece el origen de todo. Desde los seis años trabajó en la explotación familiar, donde se producían manzanas. Sin embargo, su camino no fue lineal: a los 19 años dejó la chacra y comenzó a trabajar como empleado. Fue maquinista, pasó por distintas empresas y durante 18 años trabajó en Hidronor, la firma estatal que construyó y operó las represas hidroeléctricas de los ríos Limay y Neuquén.

Ese recorrido le permitió dar el salto. “Gracias a eso pude comprar mi chacra”, resume. En 1978 adquirió 10 hectáreas en Plottier, en un entorno completamente distinto al actual: “Acá no había nada, era todo monte”.

Mario Moya es uno de los más de 70 productores de frutillas que hay en Plottier, Neuquén. Foto: Florencia Salto.

Lo que vino después fue una tarea casi titánica. Desmontó, emparejó y transformó no solo su campo, sino también otras 50 hectáreas de la zona. “Sumé otra gente y trabajamos con barretas, con palas, no había máquinas en ese tiempo”, recuerda. Todo fue aprendizaje sobre la marcha: probó con alfalfa, después con maíz, pero los resultados no eran los esperados. “Era todo prueba y error”, sintetiza.

La clave llegó recién a fines de los 90. Junto a otros productores comenzó a incursionar en la frutilla. “Fui uno de los que inició con la frutilla acá”, afirma. Sin saberlo, estaba dando los primeros pasos de lo que luego sería el principal polo frutillero de la Patagonia.

Su chacra también fue escuela. Por allí pasaron decenas de trabajadores, muchos de ellos de la comunidad boliviana, que con el tiempo se transformaron en productores independientes. “Mucha gente trabajó acá… y hoy tienen sus propias chacras”, cuenta. Ese proceso, casi silencioso, explica parte del crecimiento actual del sector.

Frutillas en Plottier: una tierra que empuja y un presente exigente


Las condiciones naturales de la zona fueron determinantes en esa historia: suelos arenosos, buena calidad de agua y clima ideal. En el caso de Moya, las napas altas (a unos 40 centímetros) lo limitan con algunos cultivos tradicionales de la región, pero lo empujaron a innovar. “No puedo poner nogales o carozos, por ejemplo… en realidad lo que anda bien es la frutilla”, explica Mario, y agrega: «Acá la tierra es bondadosa».

Ese mismo diagnóstico técnico es el que hoy sostienen los especialistas: la combinación de suelo, clima y agua en Plottier permite obtener fruta con alto contenido de azúcar y buena calidad poscosecha. En ese contexto, Moya se consolidó en la actividad. Lleva entre 25 y 30 años produciendo frutillas.

Actualmente trabaja unas 1,5 hectáreas entre frutillas y frambuesas. También experimenta: el año pasado incursionó con melón y logró unos 5.000 frutos en una pequeña superficie. Este año, en cambio, perdió la producción por falta de mano de obra para el control de malezas.

“Se puede vivir de las frutillas”, asegura Mario Moya. Foto: Florencia Salto.

La escena en el campo refleja esa tensión: algunos trabajadores golondrina limpian y cosechan frutillas mientras preparan las plantas para las heladas. Moya tiene cámara frigorífica para conservar y congelar fruta, y vende en la feria local y en la misma chacra. “Se puede vivir de las frutillas”, asegura.

Sin embargo, el principal problema es otro: “No hay gente, no hay gente”, repite. En un sector donde gran parte del trabajo es manual, esa limitante condiciona todo el sistema productivo.

El fenómeno tiene una particularidad: muchos trabajadores de origen boliviano que antes eran empleados hoy desarrollan sus propios emprendimientos familiares. Eso dinamiza el sector, pero también genera escasez de mano de obra para productores como Moya, que reconoce: “Soy de los pocos no bolivianos en el sector frutillero”.

“Nunca se pensó que la producción de frutillas acá podría llegar a lo que es hoy”.

Mario Moya, sobre el mayor polo de fresas de la Patagonia.

Pese a ser una producción intensiva en mano de obra, no piensa en dejar las frutillas. “Con la edad que tengo ya no quiero saber nada de cambiar”, dice. Y cierra con una frase que resume la magnitud del proceso vivido: “Nunca se pensó que la producción de frutillas acá podría llegar a lo que es hoy”.

Un polo de frutillas en la Patagonia que no deja de crecer


Lo que comenzó como un conjunto de experiencias aisladas es hoy una economía regional consolidada. En el departamento Confluencia, donde se ubica Plottier, la superficie cultivada con frutilla pasó de unas 81 hectáreas en 2022 a más de 130 hectáreas en la actualidad, con alrededor de 70 productores registrados.

El crecimiento tiene una lógica clara: muchos trabajadores ingresan al sistema como empleados, aprenden el manejo del cultivo y luego emprenden por cuenta propia. Suelen comenzar con superficies pequeñas (media hectárea o una hectárea) y expandirse gradualmente. Así, temporada tras temporada, se multiplica la cantidad de productores.

Las condiciones agroclimáticas de Plottier favorecen que las frutillas acumulen azúcar y tengan una elevada calidad de poscosecha. Foto: Florencia Salto.

La actividad, además, combina ventajas técnicas y económicas. Requiere cierto nivel de tecnificación (mulching, riego por goteo, fertirriego), pero permite una inserción relativamente accesible. Los costos de implantación rondan los 20.000 dólares por hectárea, con rendimientos promedio de unos 22.000 kilos.

En total, la producción de frutillas en Plottier supera las 2.900 toneladas por temporada. La fruta se comercializa principalmente en fresco y llega a destinos como Bariloche, Río Grande, El Calafate, Comodoro Rivadavia y Mendoza.

En paralelo, se abren nuevas estrategias de agregado de valor. La posibilidad de congelar fruta (con habilitaciones sanitarias y acompañamiento técnico) permite a los productores escapar de los picos de oferta y mejorar precios. También se impulsa la diversificación hacia otras frutas finas como frambuesa y mora.

En ese entramado de chacras pequeñas, de trabajo familiar y de aprendizaje colectivo, la historia de Mario Moya aparece como un punto de partida. Sus manos, marcadas por décadas de esfuerzo, siguen activas. Y mientras recorre su chacra, entre plantas que empiezan a cambiar de color, queda claro que ese polo productivo (que alguna vez fue apenas una idea) también lleva su huella.


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