A la Patagonia se le prohibía crecer, pero hoy despierta

Con fundamentos productivos de primer nivel, nuevas condiciones macro e incentivos a la inversión, el potencial de los valles del río Negro comienza a converger a precios acordes. Regar el desierto del norte de la Patagonia es cada vez más conveniente.

Por Alan Agustini

Campo agrícola y hortícola en pleno desierto de la Patagonia. Foto: archivo Juan Thomes.

Durante años, los valles del río Negro ofrecieron una combinación poco habitual: condiciones productivas de excelencia y precios de la tierra relativamente accesibles. Esa aparente contradicción empieza a resolverse. Hoy, una serie de cambios económicos e institucionales sugiere que la región está entrando en una nueva etapa.

La tesis es clara: la tierra en estos valles cotiza por debajo de su precio de equilibrio no porque su potencial productivo sea limitado, sino porque el mercado todavía no terminó de ajustar a un nuevo régimen económico. Esa brecha entre fundamentos productivos y condiciones de mercado comienza a cerrarse, y todo indica que el proceso podría traducirse en una tendencia alcista en los precios.

Por qué la tierra en los valles del río Negro valen más de lo que cotizan


Desde el punto de vista económico, el precio de la tierra refleja el valor presente de los ingresos netos que puede generar. Bajo esa lógica, los valles del río Negro presentan atributos que los posicionan entre las regiones agrícolas más competitivas del país.

El primero es la disponibilidad de agua. El río Negro, con un caudal cercano a los 1.000 metros cúbicos por segundo, garantiza una provisión abundante, estable y de muy baja salinidad. Se trata de un recurso de origen glacial, lo que lo diferencia de otras regiones donde el recurso hídrico depende de acuíferos vulnerables o precipitaciones erráticas.

Ganadería pastoril sobre un cuadro de alfalfa en el valle de Viedma, Río Negro. Los rindes agrícolas y la eficiencia ganadera son altos en la región.
Ganadería pastoril sobre un cuadro de alfalfa en el valle de Viedma, Río Negro. Los rindes agrícolas y la eficiencia ganadera son altos en la región. Foto: archivo Juan Thomes.

A esto se suman condiciones agroclimáticas destacadas. La región cuenta con muchas horas de radiación solar y pocos días nublados en primavera y verano, y baja humedad relativa (lo que le confiere una gran sanidad). La amplitud térmica favorece el desarrollo con alto estándares de diversas producciones intensivas, desde frutales hasta forrajes, pasando por cultivos típicamente extensivos (como maíz y trigo, por ejemplo).

El resultado es doble: rendimientos altos y, sobre todo, más estables que en otras regiones del país. Este último punto es clave, ya que reduce la incertidumbre y eleva la probabilidad de capturar los ingresos esperados. En términos económicos, implica un aumento en el valor presente de esos flujos.

En términos concretos y siendo prudentes, estos sistemas permiten aspirar a productividades por hectárea de más de 15.000 kilos de materia seca de alfalfa, 12.000 kilos de maíz, 50 toneladas de manzanas o 70 toneladas de papas, solo por mencionar algunas de las muchísimas producciones factibles en la región. Con acceso al agua, ello podría suceder incluso en leguas de árido monte natural donde se practica cría bovina extensiva, con una carga de aproximadamente una vaca cada 20 hectáreas. El salto productivo posible es enorme.

Ensayo de maíz en el Valle Medio del río Negro, donde se esperan obtener más de 20.000 kilos de grano por hectárea. Foto: archivo Alejandro Carnevale.

Como en toda producción intensiva, los logros requieren de esfuerzos adicionales. No obstante, el aprendizaje acumulado en la región refuerza la dinámica descrita en el párrafo anterior. La mejora en las prácticas productivas ha permitido elevar los rindes iniciales en cultivos anuales y acortar los plazos de entrada en producción en cultivos perennes. Se cometen cada vez menos errores, con lo que los rendimientos reales se acercan progresivamente a los potenciales.

Sin embargo, estos fundamentos todavía no se reflejan plenamente en los precios. En el Valle Medio, una hectárea sistematizada y lista para riego gravitacional se ubica entre 5.000 y 6.000 dólares, mientras que tierras de monte con potencial de desarrollo pueden adquirirse con entre 1.000 y 2.000 dólares por hectárea. Estos valores, en términos relativos, siguen siendo competitivos frente a otras regiones agrícolas del país e incluso frente a zonas irrigadas del exterior.

A la Patagonia se le prohibía crecer: por qué la valorización no se materializaba en precios


La brecha entre el potencial productivo y el precio de la tierra no es casual. Durante años, la región operó bajo un conjunto de condiciones que limitaron su desarrollo.

El título de esta nota hace alusión a la columna escrita por el ministro de Desregulación y Transformación del Estado de la Nación, Federico Sturzenegger, publicada en el diario Clarín. En ella, el funcionario señala que las restricciones regulatorias actuaron como freno a la inversión. En este contexto, muchos proyectos productivos viables no lograban concretarse.

Plantación de avellanas en el Valle Inferior del río Negro. Ante los cambios en los hábitos de alimentación del mundo, el mercado de los frutos secos atraviesa un sostenido ciclo de auge. Foto: archivo Florencia Salto.

Los valles del río Negro no estuvieron exentos de esa realidad nacional. En términos de mercado, ello implicó que la demanda por tierra estuviera parcialmente contenida. No se trataba de una falta de interés, sino de una imposibilidad de llevar adelante inversiones en escala. La oferta de tierra (bastante fija hoy, cuando el proceso de reconversión desde fruticultura hacia agricultura está llegando a su fin) no encontraba una demanda capaz de convalidar precios más altos.

Así, la región funcionó durante años como una economía con fundamentos productivos sólidos, pero con limitaciones estructurales y de infraestructura (escasez de proveedores de insumos y servicios) que impedían su expansión. De allí surge la idea de una vasta región de la Patagonia que, en los hechos, se había “prohibido crecer”: no por falta de recursos, sino por las condiciones que restringían su desarrollo.

Precios de la tierra: la Patagonia que hoy despierta


Ese escenario comienza a modificarse a partir de una serie de cambios que impactan tanto en los fundamentos como en las condiciones de mercado.

Por un lado, el Régimen de Incentivo para Medianas Inversiones (RIMI), en el marco de la Ley de Modernización Laboral, introduce mejoras concretas en la rentabilidad de los proyectos de riego, vitales para el desarrollo de una explotación agropecuaria en los valles rionegrinos. La amortización acelerada de inversiones, la devolución anticipada del IVA y la reducción de cargas impositivas sobre la energía reducen el costo efectivo de invertir y elevan el valor presente de los ingresos.

Según un análisis del contador Bruno Pecini, publicado en Río Negro Rural el pasado 23 de marzo, la combinación de amortización acelerada y devolución anticipada del IVA genera un ahorro de al menos 15,9% (≈16%) sobre la inversión inicial en riego. A esto se suma la reducción de la alícuota del IVA sobre la energía afectada al riego (del 21% al 10,5%) y la baja de la tasa de Ingresos Brutos provincial del 2,5% al 1%, lo que mejora de manera directa los costos operativos.

Avena bajo riego en el Valle Medio del río Negro. Hoy, las condiciones para regar en el norte de la Patagonia son mucho mejores que hace unos meses atrás. Foto: archivo Juan Thomes.

Suponiendo una inversión de $10 millones en riego, un consumo eléctrico mensual de $1,5 millones en total y de $500.000 para riego, los cambios impositivos ocasionan un ahorro en valor presente de alrededor de $2,4 millones en el primer año, reflejando el impacto concreto de estos incentivos.

Pero el cambio más relevante no está solo en esos incentivos, sino en la liberación de restricciones que limitaban la demanda. La flexibilización de normas y la apertura a nuevos inversores privados extranjeros, mediante la derogación parcial de la Ley de Tierras, amplían la base de actores capaces de participar en el mercado, algunos con una capacidad de financiación propia muy superior al promedio nacional.

Según estimó Sturzenegger en su columna, por este cambio normativo en la Patagonia el desarrollo de tierras agropecuarias bajo riego podría involucrar más de 150.000 hectáreas, a las que se sumarían 20.000 hectáreas más en otras producciones intensivas, con inversiones totales superiores a US$1.000 millones.

Una mayor demanda convalidará un mayor precio de la tierra en los valles del río Negro. Cerca de Conesa, localidad rionegrina, se desarrolla un proyecto para hacer alfalfa de exportación sobre más de mil hectáreas. Foto: archivo Florencia Salto.

En un contexto donde la oferta es relativamente fija, este factor resulta determinante. La liberación de una demanda contenida puede traducirse en ajustes de precios, especialmente cuando coincide con una mejora en los fundamentos productivos o con ciclos o tendencias favorables en mercados clave, tal y como acontecen hoy con la ganadería, los frutos secos o el aceite de oliva (todos factibles en la Norpatagonia).

Este nuevo escenario no solo traccionará la actividad inmobiliaria: de la mano de la expansión del agro, la red de contratistas también podría ampliarse para abastecer una demanda creciente y todavía insatisfecha, consolidando un ecosistema de actores en torno a la producción bajo riego en la región.

A esto se suma un elemento macroeconómico que puede potenciar el proceso. Si la inflación retoma la senda bajista y el riesgo país continúa contrayéndose, las condiciones del financiamiento inexorablemente tenderán a mejorar, facilitando inversiones de largo plazo en infraestructura y desarrollo productivo.

Girasol en los valles del río Negro, otro de los muchísimos cultivos factibles en la región. Foto: archivo Florencia Salto.

Asimismo, se espera que el crecimiento de la industria hidrocarburífera en territorio rionegrino engrose las arcas públicas, otorgándole al Estado provincial una mayor capacidad financiera para afrontar mejoras de infraestructura clave para el desarrollo del agro. “La fábrica está en marcha, los productores están, saben lo que tienen que hacer, con lo cual es cuestión de ponerle un poco más de papa a la olla y creo que eso viene a partir del 2026 y 2027”, señaló al respecto Carlos Banacloy, ministro de Desarrollo Económico y Productivo de Río Negro, en diálogo con este medio en diciembre último.

Además, hay negociaciones en curso con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con las que la Provincia aspira a obtener créditos para encarar obras de electrificación en los valles de Negro Muerto y Guardia Mitre, además de sumar superficie irrigada en los valles de Colonia Josefa y Viedma.

A la Patagonia se le permite crecer: un punto de inflexión


La convergencia de estos factores marca un punto de inflexión. Los fundamentos productivos ya estaban; lo que comienza a cambiar ahora son las condiciones para que ese potencial se traduzca en inversión y precios.

La conclusión es directa. La tierra en los valles del río Negro sigue cotizando a valores competitivos porque el mercado todavía no terminó de ajustar a un nuevo régimen económico. Pero ese proceso ya está en marcha.

A medida que se consoliden mejores condiciones macroeconómicas, se reduzcan las restricciones y se amplíe la demanda efectiva, la brecha entre el potencial productivo y el precio de mercado tenderá a cerrarse.

En ese camino, los valles del río Negro dejan atrás su etapa de crecimiento condicionado y se posiciona como uno de los espacios con mayor potencial de valorización de la tierra en la Argentina.


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