Saber es una cosa, comprender es otra
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, autorreferencial como siempre, aprovechó la oportunidad que le fue brindada por los festejos del Día de la Independencia para asegurarnos de que “me corre frío por la espalda cuando nos enteramos de que nos están espiando”. ¿Es verdad que le da escalofríos el que ojos foráneos la estén mirando? Es poco probable. Si bien, lo mismo que los mandatarios de otras latitudes, Cristina tiene forzosamente que afirmarse muy pero muy indignada por las actividades en tal sentido de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, el hecho de que existan y que hurguen en los asuntos de los demás países no le habrá motivado sorpresa alguna. Desde que el mundo es mundo, todos los gobiernos, organizaciones políticas, grupos religiosos, empresas comerciales y bandas de delincuentes se esfuerzan por conseguir información que podría resultarles útil. El gobierno de Cristina no constituye una excepción a esta regla; la presidenta misma nos ha dejado saber que, merced a la gente de la AFIP, puede mantenerse al tanto de la evolución de las cuentas bancarias personales y la relación con las autoridades impositivas de malhechores que se atreven a criticarla, como aquel agente inmobiliario que, gracias a la intervención presidencial, disfrutó de algunas horas de notoriedad. Puede que los programas cibernéticos que emplean la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos para monitorear las comunicaciones ajenas sean un poco más sofisticados que los de otros países, pero distan de ser únicos. Hay unidades del ejército chino que se especializan en robar secretos a los norteamericanos, en diversas ocasiones los rusos se han apropiado de las redes informáticas de vecinos como Estonia, mientras que Francia, el Reino Unido y Alemania no les van a la zaga. Mal que nos pese, tendremos que acostumbrarnos a vivir bajo vigilancia. A veces los defensores de la privacidad logran forzar a los políticos a aprobar leyes que supuestamente servirán para frustrar a los husmeadores, pero éstos pronto se las arreglan para saltar por encima de tales obstáculos. Es que para los servicios de inteligencia, conseguir datos que otros quisieran mantener ocultos no plantea muchos problemas. En cambio, no les es fácil sacarles provecho; aun cuando llegaran a saber todo de todo, la omnisciencia no garantizaría la comprensión. Una consecuencia del progreso explosivo de las comunicaciones electrónicas ha sido una superabundancia de información. Ya es factible que, dentro de poco, todos los terrícolas puedan acceder instantáneamente, con la ayuda de un adminículo barato, al contenido de todos los libros, en todos los idiomas, que atiborran las grandes bibliotecas. Por razones comerciales y profesionales comprensibles, muchos están resueltos a impedirlo, pero están batiéndose en retirada. Con todo, aunque hoy en día virtualmente cualquiera pueda enterarse en seguida de una multitud de datos puntuales, muy pocos están en condiciones de aprovecharlos. Como acaban de entender muchos pedagogos, repartir computadoras entre los alumnos primarios y secundarios no necesariamente los ayuda a aprender. Los espías de la CIA y otras organizaciones parecidas se ven frente al mismo problema. Aunque les fuera dado leer todos los correos electrónicos y escuchar todas las conversaciones telefónicas, les sería imposible analizar debidamente la avalancha incesante de información así obtenida. A esta altura, escasearán los terroristas que se afirman tales y que aluden directamente a lo que se han propuesto hacer; como sus antecesores de la edad preinformática, a menos que sean aficionados o tengan una vocación suicida, emplearán palabras que no motivarían sospechas. Los muchos fracasos de los servicios de inteligencia norteamericanos no se han debido a la ausencia de información sino, como señalaron los autores de un informe del Congreso que se elaboró después de los atentados que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, a la falta de imaginación. Aunque los expertos en la materia sabían que grupos de islamistas radicales se habían propuesto llevar la guerra santa al territorio continental de Estados Unidos, quienes pudieron haberlos frustrado se resistieron a tomar en serio una amenaza que les pareció demasiado fantasiosa. Asimismo, los encargados de la CIA tuvieron que confesar que en aquel entonces apenas un puñado de sus operativos se había familiarizado con los idiomas, las costumbres y las culturas de los países islámicos. ¿Ha cambiado mucho últimamente? Parecería que no, que en dicho ámbito los estadounidenses siguen dependiendo de la ayuda de personas, de lealtad cuestionable, que son oriundas de países que suponen hostiles. A diferencia de los líderes de las viejas potencias imperiales como Francia y Gran Bretaña que, por creer que el statu quo sería permanente, contaban con agentes que se habían dedicado durante décadas a estudiar la mentalidad de los habitantes de los países avasallados y hablaban con perfección sus lenguas, sus equivalentes de Estados Unidos suponen que su intervención será breve y por lo tanto deben prepararse para salir cuanto antes de las regiones problemáticas. En América Latina, los desafíos de este tipo que enfrentan los servicios de espionaje europeos y norteamericanos distan de ser tan grandes como los planteados por China o el mundo musulmán, pero a juzgar por los resultados de sus esfuerzos por explicar la evolución política, social y económica de la Argentina y otros países de la región, suelen sentirse tan desconcertados como los nativos mismos. ¿Saber todo cuanto está sucediendo aquí ayudaría a los norteamericanos a entenderlo? Si lograran grabar todas las conversaciones entre Cristina y sus íntimos, además de lo dicho por colaboradores desleales, ¿la información así cosechada les permitiría prever lo que haría el gobierno la semana siguiente? Claro que no. Aunque es de suponer que los servicios de inteligencia de los países occidentales contaban con una multitud de datos que, en retrospectiva, debería haberles advertido que se aproximaban, entre otras cosas, el derrumbe de una serie de grandes instituciones financieras, la “primavera árabe” y un estallido social de proporciones en Brasil, tales acontecimientos los tomaron por sorpresa. No extraña, pues, que, cuando es cuestión de asuntos menores, las previsiones que formulan a menudo resulten ser menos acertadas que las de quienes dependen de nada más que su propio olfato.
JAMES NEILSON
La presidenta Cristina Fernández de Kirchner, autorreferencial como siempre, aprovechó la oportunidad que le fue brindada por los festejos del Día de la Independencia para asegurarnos de que “me corre frío por la espalda cuando nos enteramos de que nos están espiando”. ¿Es verdad que le da escalofríos el que ojos foráneos la estén mirando? Es poco probable. Si bien, lo mismo que los mandatarios de otras latitudes, Cristina tiene forzosamente que afirmarse muy pero muy indignada por las actividades en tal sentido de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, el hecho de que existan y que hurguen en los asuntos de los demás países no le habrá motivado sorpresa alguna. Desde que el mundo es mundo, todos los gobiernos, organizaciones políticas, grupos religiosos, empresas comerciales y bandas de delincuentes se esfuerzan por conseguir información que podría resultarles útil. El gobierno de Cristina no constituye una excepción a esta regla; la presidenta misma nos ha dejado saber que, merced a la gente de la AFIP, puede mantenerse al tanto de la evolución de las cuentas bancarias personales y la relación con las autoridades impositivas de malhechores que se atreven a criticarla, como aquel agente inmobiliario que, gracias a la intervención presidencial, disfrutó de algunas horas de notoriedad. Puede que los programas cibernéticos que emplean la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos para monitorear las comunicaciones ajenas sean un poco más sofisticados que los de otros países, pero distan de ser únicos. Hay unidades del ejército chino que se especializan en robar secretos a los norteamericanos, en diversas ocasiones los rusos se han apropiado de las redes informáticas de vecinos como Estonia, mientras que Francia, el Reino Unido y Alemania no les van a la zaga. Mal que nos pese, tendremos que acostumbrarnos a vivir bajo vigilancia. A veces los defensores de la privacidad logran forzar a los políticos a aprobar leyes que supuestamente servirán para frustrar a los husmeadores, pero éstos pronto se las arreglan para saltar por encima de tales obstáculos. Es que para los servicios de inteligencia, conseguir datos que otros quisieran mantener ocultos no plantea muchos problemas. En cambio, no les es fácil sacarles provecho; aun cuando llegaran a saber todo de todo, la omnisciencia no garantizaría la comprensión. Una consecuencia del progreso explosivo de las comunicaciones electrónicas ha sido una superabundancia de información. Ya es factible que, dentro de poco, todos los terrícolas puedan acceder instantáneamente, con la ayuda de un adminículo barato, al contenido de todos los libros, en todos los idiomas, que atiborran las grandes bibliotecas. Por razones comerciales y profesionales comprensibles, muchos están resueltos a impedirlo, pero están batiéndose en retirada. Con todo, aunque hoy en día virtualmente cualquiera pueda enterarse en seguida de una multitud de datos puntuales, muy pocos están en condiciones de aprovecharlos. Como acaban de entender muchos pedagogos, repartir computadoras entre los alumnos primarios y secundarios no necesariamente los ayuda a aprender. Los espías de la CIA y otras organizaciones parecidas se ven frente al mismo problema. Aunque les fuera dado leer todos los correos electrónicos y escuchar todas las conversaciones telefónicas, les sería imposible analizar debidamente la avalancha incesante de información así obtenida. A esta altura, escasearán los terroristas que se afirman tales y que aluden directamente a lo que se han propuesto hacer; como sus antecesores de la edad preinformática, a menos que sean aficionados o tengan una vocación suicida, emplearán palabras que no motivarían sospechas. Los muchos fracasos de los servicios de inteligencia norteamericanos no se han debido a la ausencia de información sino, como señalaron los autores de un informe del Congreso que se elaboró después de los atentados que derribaron las Torres Gemelas de Nueva York y un ala del Pentágono en Washington, a la falta de imaginación. Aunque los expertos en la materia sabían que grupos de islamistas radicales se habían propuesto llevar la guerra santa al territorio continental de Estados Unidos, quienes pudieron haberlos frustrado se resistieron a tomar en serio una amenaza que les pareció demasiado fantasiosa. Asimismo, los encargados de la CIA tuvieron que confesar que en aquel entonces apenas un puñado de sus operativos se había familiarizado con los idiomas, las costumbres y las culturas de los países islámicos. ¿Ha cambiado mucho últimamente? Parecería que no, que en dicho ámbito los estadounidenses siguen dependiendo de la ayuda de personas, de lealtad cuestionable, que son oriundas de países que suponen hostiles. A diferencia de los líderes de las viejas potencias imperiales como Francia y Gran Bretaña que, por creer que el statu quo sería permanente, contaban con agentes que se habían dedicado durante décadas a estudiar la mentalidad de los habitantes de los países avasallados y hablaban con perfección sus lenguas, sus equivalentes de Estados Unidos suponen que su intervención será breve y por lo tanto deben prepararse para salir cuanto antes de las regiones problemáticas. En América Latina, los desafíos de este tipo que enfrentan los servicios de espionaje europeos y norteamericanos distan de ser tan grandes como los planteados por China o el mundo musulmán, pero a juzgar por los resultados de sus esfuerzos por explicar la evolución política, social y económica de la Argentina y otros países de la región, suelen sentirse tan desconcertados como los nativos mismos. ¿Saber todo cuanto está sucediendo aquí ayudaría a los norteamericanos a entenderlo? Si lograran grabar todas las conversaciones entre Cristina y sus íntimos, además de lo dicho por colaboradores desleales, ¿la información así cosechada les permitiría prever lo que haría el gobierno la semana siguiente? Claro que no. Aunque es de suponer que los servicios de inteligencia de los países occidentales contaban con una multitud de datos que, en retrospectiva, debería haberles advertido que se aproximaban, entre otras cosas, el derrumbe de una serie de grandes instituciones financieras, la “primavera árabe” y un estallido social de proporciones en Brasil, tales acontecimientos los tomaron por sorpresa. No extraña, pues, que, cuando es cuestión de asuntos menores, las previsiones que formulan a menudo resulten ser menos acertadas que las de quienes dependen de nada más que su propio olfato.
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