Salida ilusoria





Puede ser que en efecto haya algunas personas que, como señaló hace poco el corresponsal del New York Times, creen que por ser la crisis argentina tan profunda y, lo que es peor, sin solución evidente, a la Patagonia le convendría separarse del resto del país con el propósito de permitirle aprovechar sus recursos en beneficio propio sin tener que preocuparse por Buenos Aires. Según el matutino, "una Patagonia independiente sería una nación escasamente poblada pero próspera" por contar con casi la mitad del territorio nacional, abundantes fuentes de agua dulce, petróleo, minerales y gas, etc. Sin embargo, a pesar de ser la Argentina misma una "nación escasamente poblada" dotada de recursos que son mucho más valiosos y variados que los patagónicos, no es próspera en absoluto, de modo que no se da garantía alguna de que la secesión conllevaría algunas ventajas económicas. Tal vez éste no sería el caso si en la Patagonia el populismo irresponsable, la ineficiencia principista, el clientelismo y la corrupción que tantos estragos han provocado en todo el país fueran fenómenos desconocidos pero, por desgracia, nadie se atrevería a afirmar que sea así. Por el contrario, en algunas provincias patagónicas tales vicios parecen tan arraigados como lo están en zonas del Noroeste que son notorias por el caudillismo feudal de las familias gobernantes. Aunque parecería que los redactores del New York Times siguen creyendo en el viejo mito de que un país -o una región- que está atiborrada de riquezas naturales será automáticamente próspero, la experiencia nos ha enseñado que se trata de una ilusión que es sumamente peligrosa. Hoy en día, el nivel de vida de una sociedad depende menos de la naturaleza que de factores culturales: puesto que en muchas partes de la Patagonia la educación se ha visto convertida en un lujo minoritario, suponer que le sería fácil florecer no tiene mucho sentido.

Si bien un mayor grado de autonomía local resultaría sin duda positivo, lo sería por motivos que tienen menos que ver con el aprovechamiento de las riquezas naturales que con el hecho, difícilmente rebatible, de que entre las causas básicas de la crisis en la que nos hemos metido está un sistema financiero aberrante conforme al que los funcionarios que gastan el dinero de los contribuyentes no suelen ser los directamente responsables de recaudar los impuestos. Este sistema ha sido favorecido tanto por los presidentes de la República, a quienes les gusta el poder así conferido, como por los gobernadores, que podían depender más de su astucia política que de sus talentos administrativos, pero ya que el dinero se ha agotado por completo el clientelismo en escala nacional ha perdido todo su atractivo. Asimismo, por lo general es siempre beneficioso que se reduzca al mínimo la distancia que separa a los votantes por un lado de los políticos y funcionarios por el otro para que no queden dudas en cuanto a quiénes tienen responsabilidad de qué, aunque en ámbitos determinados, como el de la Justicia, conviene que haya poderes superiores a los locales o incluso nacionales.

Es cierto que en el mundo actual los distintos Estados nacionales propenden a perder facultades tradicionales que se ven transferidas ya a gobiernos provinciales o municipalidades, ya a organismos supranacionales como la Unión Europea o, en nuestro caso, el Mercosur, además de la Organización de Estados Americanos y las Naciones Unidas a través de tratados que, como es natural, suponen limitaciones a la soberanía de los firmantes. Es posible que en Europa, donde el proceso de integración ha resultado ser intenso y dinámico, la eventual secesión de una región no tuviera consecuencias dramáticas, pero puesto que, la retórica de los comprometidos con el Mercosur no obstante, nada parecido ha sucedido ni está por suceder en América latina, de declararse independiente la Patagonia o cualquier otra zona geográfica comparable no se encontraría insertada en una estructura política, económica y jurídica viable ya existente sino abandonada a su suerte en un mundo nada generoso. Y, como si esto no fuera suficiente, se vería obligada a asumir la plena responsabilidad por una multitud de deudas que con toda seguridad le resultaría insoportable.


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