San Pablo y Kassel, balance bienales 2012
Oscar Smoljan sostiene que ambas convocatorias reúnen “lo más destacado del arte internacional, así como las últimas tendencias y los nuevos lenguajes y plataformas, los consagrados y los nuevos valores que descollan entre tanto talento diseminado por el planeta, pero a la vez, cada una revela el coyuntural latido político de su región”.
CULTURA
Este año coincidieron dos de las más importantes convocatorias de las artes audiovisuales mundiales: la Bienal de San Pablo en Brasil y Documenta 13, la quinquenal muestra de Kassel en Alemania.
Ambas reúnen lo más destacado del arte internacional, así como las últimas tendencias y los nuevos lenguajes y plataformas, los consagrados y los nuevos valores que descollan entre tanto talento diseminado por el planeta, pero a la vez, cada una revela el coyuntural latido político de su región, el pulso del país anfitrión como así también el clima social que, tanto el artista como su misma sociedad está viviendo o padeciendo.
Estas muestras, como la Bienal de Venecia, que completa este trío formidable, resumen en el tiempo que duran lo que esa porción de la humanidad siente o aspira y, en el caso de las dos que este año han coincidido, su comparación nos brinda un interesante diagnóstico acerca del momento que viven dos regiones tan disímiles como son Latinoamérica y Europa.
Al recorrer, los salones de la Bienal de San Pablo, el contraste con Documenta 13 era inevitable.
Este año, la decimotercera edición de la muestra alemana eligió volver hacia el pasado, hacia los antiguos objetos y hacia la pintura intimista de las pequeñas cosas cotidianas de Giorgio Morandi (1890-1964), en una apuesta que muchos interpretaron como claramente más conservadora que en su edición anterior, cinco años atrás, cuando el ojo estuvo puesto no en un pintor, ni en un escultor ni en un performer, sino en un cocinero, Ferrán Adrià, quien de esa forma ingresó por la puerta grande en el Arte Moderno.
Esto admite muchas lecturas, pero la más evidente es que este año, Documenta 13 latió al ritmo de la particular realidad de la Alemania de Ángela Merkel y de sus vecinos de una Europa convulsionada por la crisis. Una crisis que el Viejo Continente sobrelleva con recetas más conservadoras y austeras que las ensayadas en otros años de toma de riesgos y saltos al vacío.
En el otro lado del hemisferio, al calor del clima y la economía en ascenso del Brasil post Lula, la Bienal de San Pablo apostó este año a la Poesía, quizá la más humilde pero a la vez la más noble de las artes, como un arma contra los autoritarismos, contra el poder desmedido y a favor de la libertad.
Curada por un latinoamericano con base en el MOMA de Nueva York, el venezolano Luis Pérez Oramas, la edición 2012 de la Bienal de San Pablo bautizó este capítulo como “La inminencia de las poéticas”, definiéndolas como el “repertorio instrumental que permite a un individuo o a una comunidad, a un campo disciplinario o a una tradición, establecer (…) estrategias o plataformas discursivas que tornan posibles actos expresivos o se materializan en decisiones expresivas de carácter artístico”. Resumiendo, en todo arte o acto cultural humano, hallaremos poesía.
No es casual que este planteo haya surgido del continente americano en un momento en que el mundo cambia a velocidad de Internet y los viejos paradigmas de los viejos países como los europeos tambalean a la vez que Brasil y muchos países de la región crecen imparables. América ha rezumado poesía desde siempre y la poesía en este continente ha ido siempre más allá de la mera expresión estética y florida de las palabras para convertirse en un arma contra la opresión y en favor de la libertad. “Un arma cargada de futuro”, decía el español Gabriel Celaya, a quien su Europa natal parece hoy haber olvidado.
Al recorrer la Bienal de San Pablo 2012 se podía percibir en la disposición curatorial de las obras realizada por Pérez Oramas, una sabia armonía propia de un poema en la que cada palabra, cada verso, en este caso cada obra de arte, se encadenaba con la siguiente en un claro equilibrio que las convertían en un todo indisoluble e inconmovible. La diversidad conviviendo pacíficamente en pos de la unidad.
Quizás aquí este la metáfora del rumbo a seguir por los pueblos de nuestra América que nos permita crecer unidos y solidarios y no caer así crisis como la que hoy sacude dramáticamente a los países de la anciana Europa.
Oscar Smoljan
Director
Museo Nacional de Bellas Artes Neuquén