Sanz, un discurso…

Por Redacción

Ernesto Sanz organiza su discurso político con definida convicción por darle contenido real. Escapa así a una tradición con grueso sedimento histórico de su partido: hablar pero no decir nada. O, en otros términos: el lugar común, la frase hecha. El dejarse llevar por el verbo altisonante –galdosiano dicen los españoles–, que instala emoción pero es estéril en términos de ideas concretas sobre temas públicos. Computando este encuadre, ¿qué características tiene el discurso de Sanz? Veamos. • No apela a la épica partidaria, esa que le llega de ser una fuerza con más de 120 años de historia. Esquiva el bronce de distinta calidad que emana de ese pasado. Una gambeta poco habitual en el planeta radical. “No soy de esos correligionarios que viven haciendo homenajes a los próceres muertos”. Desde esta perspectiva, el discurso de Sanz abreva mucho en la mirada con que Arturo Frondizi –a quien admira– contempló la política. • Sanz se asume socialdemócrata. Incluso, desde hace cuatro años teje vínculos con el tramado europeo de ese tejido ideológico. Sigue en esto el derrotero forjado por Raúl Alfonsín en cuanto a inserción internacional del partido. Pero ¿qué implica esta adhesión desde lo discursivo? Marcar diferencias –al menos así lo define Ernesto Sanz–, la existencia de “una posibilidad humana del funcionamiento del sistema capitalista”. • Su discurso siempre discurre computando un convencimiento: la cruda imagen que acopió la UCR en materia de ejercicio del poder a lo largo de la transición. Concretamente, los términos en que llegó a su fin la administración Alfonsín y el patético final de Fernando de la Rúa. Ernesto Sanz reconoce ese lastre. Pero coloca en otra dirigencia del partido la responsabilidad de esos finales. Entonces machaca: “Mientras otros abandonaban el poder, otros radicales seguían en plena soledad partidaria ejerciendo de intendentes, gobernadores… cumpliendo sus funciones en medio de tanta crisis, de tanto dolor, con sus obligaciones”. • Ernesto Sanz está convencido de que la economía argentina requiere de muy poco por parte del Estado para situarla en curso de ser atractiva para la inversión: no mentir. Ésta es la razón con la que con voluntad de carbonero define lo primero que hará en el campo económico para transformarlo en atractivo: “devolver confiabilidad a las estadísticas”. Léase: Indec.