Scherezada y el relato
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Una de las expresiones que se han hecho frecuentes en la retórica oficial tiene la forma de un término que siempre perteneció a la literatura, pero que se ha convertido en metáfora política: “el relato”. Los que sean alérgicos a esa retórica pero adeptos a la literatura de fantasías palaciegas podrían solazarse con algo distinto. Para eso recomendamos un pasatiempo agradable, bueno para las vacaciones: la lectura de “Las mil y una noches”, el clásico entre los relatos y el mejor modelo literario de manipulación oral. Allí tenemos una cuentista superior, la bella y sagaz Scherezada, arquetipo de habilidad femenina en cuanto a ingenio, memoria y manejo de los tiempos. Y, sobre todo, ejemplo de convicción inteligente sobre el propósito del relato. La suya es una muestra única de capacidad para desgranar fantasías que le servirán para salirse felizmente con lo que busca. ¿Cuántos han leído íntegramente ese clásico de la cultura islámica? No muchos, seguramente. Convertidos en historias infantiles o livianamente adultas, quizá sólo algunos cuentos famosos dentro de la inmensa variedad del universo miliunanochesco. Probablemente, “Aladino y la lámpara maravillosa, “Alí Babá y los cuarenta ladrones” y los viajes de “Simbad el marino” agotan el recuerdo de la mayoría. Pero lo cierto es que ese monumento literario comprende, en la versión traducida del árabe al francés por J. C. Mardruz y publicada a principios del siglo pasado, la friolera de 2.500 páginas. El asunto de las traducciones del portento tiene resonancias cultas entre nosotros a partir del ensayo que publicó Borges en “Historia de la eternidad”, donde discutió los méritos de varios traductores de la obra y finalmente se pronunció por Mardruz como el más veraz y a su obra como “de genial literalidad” y “la más legible de todas”. En castellano disponemos de tres tomos de edición mexicana en versión parcial de Vicente Blasco Ibáñez, gran escritor que, curiosamente, fue también en tiempos del Centenario y antes de la Primera Guerra, impulsor de la colonización española en la Patagonia, en el departamento de General Roca, precisamente. La cantidad y riqueza de esos cuentos son asombrosas. Tanto como para hacer confesar a un poeta que leerlos todos puede llevar al descalabro total de la mente, es decir, a la locura por empacho de fantasías. No es menor el placer que depara, algo que fue comentado por el novelista Stendhal diciendo que deseaba olvidar dos libros: “Don Quijote” y “Las mil y una noches” para experimentar todos los años la voluptuosidad de leerlos por vez primera. El argumento es conocido. El califa Schahriar, cuando comprueba visualmente que es engañado por su esposa con un esclavo negro entre los negros, se enfurece y decide consagrarse a la venganza absoluta con todas las mujeres que poblarán su lecho. Para hacerlo, se casa cada día con una virgen distinta a la que hace decapitar luego de la noche nupcial. Un día, luego de muchísimos en que metódicamente funcionó el alfanje, aparece la heroína. Se llama Scherezada, es astuta y conocedora de los libros, los anales y las leyendas antiguas sobre aventuras y encantamientos. Tiene la memoria llena de historias maravillosas sobre toda clase de seres, humanos, divinos o fantásticos. La joven, convencida de que haría cesar los sacrificios, le ruega a su padre, gran Visir, que la case con el feroz califa. “Por Alá, cásame con el rey, porque si no me mata, seré causa de salvación de las hijas de los musulmanes”, le ruega. Así se hace y la joven comienza desde la primera noche a contarle a Schahriar, en el lecho compartido, un relato que captura el interés del califa y que, interrumpido por la narradora en el punto álgido, va prorrogando noche a noche, con el suspenso y la perspectiva del desenlace, el fin de la relación entre los dos y el castigo. La amenaza del alfanje estará permanentemente sobre su cuello pero ella, airosamente, va desgranando historias inconclusas que se redondearán en la noche siguiente y mantienen al déspota en la curiosidad de saber cómo terminan. Scherezada conoce todas las historias que se contaron a través de los tiempos, las que traen las caravanas que cruzan desiertos y montañas, las de países lejanos y los zocos del comercio diario, las de los aduares y palacios reales, de las calles sombrías y la sombra de las palmeras, de magos vengativos y “efrits” más que temibles, de pícaros y ladrones, de jeques y visires, de magos, de reyes antiguos y héroes lejanos, de maravillas y riquezas nunca vistas, de fortunas fabulosas y mercaderes afortunados, de animales y esclavos, de Bagdad y sus poetas, de bufones y sabios, de lujurias y goces, de vírgenes y brujas, de aventuras infinitas en todo el mundo conocido. A ella le va la vida en el contar. Si alguna vez el califa se aburre, ella morirá y recomenzarán los sacrificios de sus iguales. Pero, infatigable, la narradora lo mantiene en vilo noche tras noche y día tras día. Concluida, con la noche 1.001, la casi infinita serie de narraciones, el rey exulta: “¡Oh, docta y discreta hija de mi Visir, tienes perfume en tu boca, elocuencia en tu lengua, inteligencia en tu frente!” Y entonces ocurre la última sorpresa. Scherezada le presenta dos gemelos y un tercer niño gateando a sus pies diciéndole, con los ojos llenos de lágrimas: “Oh, rey del tiempo! He aquí a los tres hijos que en estos tres años se te han deparado por mediación mía”. En el acto, embargado de orgullo y júbilo, vuelto magnánimo el monarca, decreta maravillosas recompensas para ella y su familia, además de salvación para todas las mujeres del reino. El relato de la gran narradora culminó así, según el libro, en el cielo de Alá, el Gran Dispensador de Bienes. (*) Doctor en Filosofía