Se alborota el avispero
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Ahí lo veo a nuestro gobernador, Daniel Scioli”. El énfasis puesto en el pronombre posesivo y la sonrisa cómplice lanzada por la presidenta durante una videoconferencia fue correspondido con un trato familiar: “¿Qué tal Cristina? Acá estamos en tu querida Universidad (de La Plata)”. Ya habían pasado los frenéticos días del cierre de listas para las PASO del 11 de agosto y de las legislativas del 27 de octubre y el mandatario tantas veces vapuleado por el kirchnerismo decidió jugar su futuro político promoviendo los candidatos de Cristina Fernández. Así, hizo añicos cualquier hipotético acuerdo con otros exponentes del justicialismo desafiante: piloteado uno por la estrella ascendente, Sergio Massa, exjefe de Gabinete e intendente de Tigre, acuñador de la frase “La Argentina no es Bagdad ni Disneylandia”; encabezado el otro por Francisco De Narváez, el diputado que va a la batalla sin medias tintas, con el lema “ella o vos” y que afirma que “Massita es un caballo de Troya”. Es que Massa rompió el misoneísmo de la dirigencia autóctona. Aunque también hubo una novedad interesante en la franja del progresismo porteño que se animó a salir del molde y protagonizará, para desvelo del patrón del distrito, Mauricio Macri, y de los K, una interna abierta con tres duplas atractivas: Elisa Carrió-“Pino” Solanas; Rodolfo Terragno-Martín Lousteau y Ricardo Gil Lavedra-Alfonso Prat Gay. Podrá ser un prejuicio, pero está arraigado en gran parte de la sociedad: ejercer el poder con el peronismo en contra se asemeja a una misión imposible. Por eso, las variantes de centroizquierda, que a nivel nacional encarna el socialista Hermes Binner, o de centroderecha, representada por un Macri que evidenció debilidad al construir en el interior profundo y, particularmente, en la provincia más poblada, la de Buenos Aires, se desdibujan. Sobre todo, frente a las alternativas que surgen en un movimiento caótico que domina la escena desde hace más de medio siglo. Y que cuenta en su seno con alas liberales y estatistas, que ora se disciplinan bajo la batuta oficialista, ora se desplazan sin pudor hacia una oposición más lábil o dura, en sintonía con los cambios que reclama la ciudadanía. No debe extrañar, entonces, que poniéndose la campaña al hombro Cristina haya resuelto catapultar al intendente de Lomas de Zamora, Martín Insaurralde, de perfil similar al de Massa, para ser la cara visible de su proyecto “inclusivo”, con el apoyo de todo el aparato del FpV. Lo que significa canales aceitados de financiamiento monitoreados por el ministro de Planificación, Julio De Vido. La división del arco total o parcialmente disconforme con “el modelo” que pinta la Rosada desde el 2003 no hace más que darle aire a un gobierno que se ufana de contar, por lo menos, con la adhesión del 30% del electorado. Algo inalcanzable para el resto hasta la irrupción de Massa, cuya performance aún es un misterio. Es que Massa, que elabora un relato que aplaude lo que considera bien hecho (entre otras cosas la asignación universal por hijo, el desendeudamiento, los cambios en la Corte, los juicios por delitos de lesa humanidad) y pretende enmendar errores (el cepo al dólar, el descontrol inflacionario, las insinuaciones de perpetuación al margen de la Constitución), tendrá que atravesar el Cañón del Colorado igual que hizo recientemente un equilibrista. Con un De Narváez frontalmente anti-K, un tanto devaluado por su pobre alianza con Hugo Moyano, de la CGT rebelde, Massa tiene a su favor gran parte del establishment y de sectores industriales, políticos y sindicales que despotrican por la cerrazón y el espíritu de confrontación de Cristina y la obstinación por sostener medidas “autoritarias” como las que lleva adelante el polémico secretario de Comercio Guillermo Moreno. “En el primer cordón del Gran Buenos Aires, la penetración de Massa está asegurada, pero en el núcleo duro del conurbano el predominio será del cristinismo”, aventuró una fuente K que festejó la distensión con Scioli, luego de que éste desoyera “los cantos de sirena” que lo instaban a fracturar. Scioli necesita de los dineros del tesoro central para sostener su administración. Sabe también que la presidenta requiere de su popularidad para no irse a la banquina. Con forma componedora y con la ayuda de su esposa Karina Rabollini, no trabajará a desgano, porque si contribuye al triunfo en el distrito clave, no abandonará sus pretensiones de ascenso a la primera magistratura. “Después de octubre, hablamos”, recita a los suyos, entre los que se cuentan los consejeros desairados en esta ocasión. “No tenía margen para hacer otra cosa… Si tomaba otro camino, el costo lo iba a pagar la gente y eso no lo podía permitir”, se justificó. Ayer, en el miniestadio de Argentinos Juniors, la presidenta contrastó las realizaciones de la última década con los “rejuntes” que pretenden hacerla trastabillar. Tras la desorientación por el paso delante de Massa, ordenó no castigarlo en demasía. Sepultada la idea re-reeleccionista, y concediéndole algo de razón a De Narváez, Cristina confía en que algunos de sus “amigos”, como José Ignacio de Mendiguren y Darío Giustozzi (que conforman la heterogénea escudería del tigrense), una vez conocidos los resultados de las urnas vuelvan a saltar el cerco. En eso los desarrollistas y peronistas tienen mentada habilidad.
Arnaldo Paganetti arnaldopaganetti@rionegro.com.ar
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