Sin viento de cola

Redacción

Por Redacción

En todos los países del mundo es normal que el gobierno de turno atribuya las eventuales mejoras económicas a su propia pericia y los reveses sufridos a una coyuntura internacional desafortunada o a errores cometidos por sus adversarios, de suerte que sería injusto criticar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y al ministro de Economía Axel Kicillof por minimizar el aporte del “viento de cola” al crecimiento que siguió al colapso del 2002 y exagerar el impacto negativo de lo que ha sucedido en el exterior a partir de los años de “tasas chinas”. Lo grave es que la presidenta y sus colaboradores han creído en su propia propaganda y por lo tanto no aprovecharon un período realmente excepcional para preparar al país para afrontar una etapa mucho menos favorable. Al negarse a reconocer que tarde o temprano bajaría sustancialmente el precio de la soja y de otros productos del campo, el gobierno se comprometió a mantener un nivel de gasto que no podría continuar financiando, de ahí la crisis cada vez peor en que el país se ha precipitado y de la cual no le será nada fácil salir. El gobierno kirchnerista no ha sido el único que, obnubilado por lo que tomaba por un cambio de paradigma histórico, dejó pasar una oportunidad acaso irrepetible para impulsar el desarrollo. Con escasas excepciones, los gobernantes de todos los países que se vieron beneficiados por la incorporación de China a los mercados internacionales resultaron ser igualmente miopes. Según los asistentes a la Conferencia Anual de la Corporación Andina de Fomento que acaba de celebrarse en Washington, al llegar a su fin el boom de los commodities América Latina en su conjunto tendrá que conformarse con tasas de crecimiento que serían más apropiadas para los países de la Eurozona que para los que, como Brasil, hasta hace poco confiaban en erigirse en grandes potencias económicas. Como señaló el expresidente mexicano Felipe Calderón, “sólo crecerán los países que generen valor”, no los que se han acostumbrado a vivir de la exportación de productos básicos. Desgraciadamente para aquellos populistas que suponían que las viejas reglas habían quedado desactualizadas y que en adelante el progreso económico dependería de su voluntad de redistribuir el ingreso nacional repartiendo subsidios, lo más probable es que las próximas etapas sean aún más exigentes que las del pasado reciente, antes de que comenzara a soplar con fuerza el “viento de cola” procedente de Asia Oriental. Lo serán porque el desarrollo dependerá menos de lo que hagan aquellos gobiernos que se creen en condiciones de manejar virtualmente todo que de una multitud de mejoras microeconómicas emprendidas por empresas decididas a hacerse más competitivas. Para generar valor, las distintas economías tendrán que mejorar la productividad privilegiando a los capaces de aumentarlo, dando prioridad a la educación y llevando a cabo las tan temidas reformas estructurales. Si por motivos políticos o sociales a los gobernantes les resulta imposible concretar –o permitir– los cambios necesarios, a sus países les aguardará un futuro de pobreza creciente. Siempre es peligroso apostar a que una coyuntura determinada se perpetúe. Lo aprendieron los gobiernos de los países ricos al estallar en el 2008 la gigantesca burbuja financiera que habían ayudado a inflar, pero en los países relativamente improductivos, como la Argentina, los pasajeramente beneficiados por la reducción de las tasas de interés y el alza de los precios de los commodities que siguieron a aquel desastre, demasiados se limitaron a festejar las dificultades ajenas al contrastar los éxitos transitorios que los exportadores de commodities se anotaban con el letargo económico de los países más avanzados. Como pudo preverse, el triunfalismo de gobiernos como el nuestro y el brasileño resultó prematuro. Si bien ayuda contar con muchos recursos naturales, en el mundo actual no son suficientes como para asegurar el desarrollo equilibrado de países con decenas de millones de habitantes, de los que una proporción sustancial carece de los conocimientos y las aptitudes que les permitirían hacer un aporte positivo a una economía moderna. Modificar esta realidad no será del todo fácil pero, a menos que los países latinoamericanos logren superar el desafío así planteado, no les será dado dejar atrás el subdesarrollo.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 7 de septiembre de 2014


En todos los países del mundo es normal que el gobierno de turno atribuya las eventuales mejoras económicas a su propia pericia y los reveses sufridos a una coyuntura internacional desafortunada o a errores cometidos por sus adversarios, de suerte que sería injusto criticar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y al ministro de Economía Axel Kicillof por minimizar el aporte del “viento de cola” al crecimiento que siguió al colapso del 2002 y exagerar el impacto negativo de lo que ha sucedido en el exterior a partir de los años de “tasas chinas”. Lo grave es que la presidenta y sus colaboradores han creído en su propia propaganda y por lo tanto no aprovecharon un período realmente excepcional para preparar al país para afrontar una etapa mucho menos favorable. Al negarse a reconocer que tarde o temprano bajaría sustancialmente el precio de la soja y de otros productos del campo, el gobierno se comprometió a mantener un nivel de gasto que no podría continuar financiando, de ahí la crisis cada vez peor en que el país se ha precipitado y de la cual no le será nada fácil salir. El gobierno kirchnerista no ha sido el único que, obnubilado por lo que tomaba por un cambio de paradigma histórico, dejó pasar una oportunidad acaso irrepetible para impulsar el desarrollo. Con escasas excepciones, los gobernantes de todos los países que se vieron beneficiados por la incorporación de China a los mercados internacionales resultaron ser igualmente miopes. Según los asistentes a la Conferencia Anual de la Corporación Andina de Fomento que acaba de celebrarse en Washington, al llegar a su fin el boom de los commodities América Latina en su conjunto tendrá que conformarse con tasas de crecimiento que serían más apropiadas para los países de la Eurozona que para los que, como Brasil, hasta hace poco confiaban en erigirse en grandes potencias económicas. Como señaló el expresidente mexicano Felipe Calderón, “sólo crecerán los países que generen valor”, no los que se han acostumbrado a vivir de la exportación de productos básicos. Desgraciadamente para aquellos populistas que suponían que las viejas reglas habían quedado desactualizadas y que en adelante el progreso económico dependería de su voluntad de redistribuir el ingreso nacional repartiendo subsidios, lo más probable es que las próximas etapas sean aún más exigentes que las del pasado reciente, antes de que comenzara a soplar con fuerza el “viento de cola” procedente de Asia Oriental. Lo serán porque el desarrollo dependerá menos de lo que hagan aquellos gobiernos que se creen en condiciones de manejar virtualmente todo que de una multitud de mejoras microeconómicas emprendidas por empresas decididas a hacerse más competitivas. Para generar valor, las distintas economías tendrán que mejorar la productividad privilegiando a los capaces de aumentarlo, dando prioridad a la educación y llevando a cabo las tan temidas reformas estructurales. Si por motivos políticos o sociales a los gobernantes les resulta imposible concretar –o permitir– los cambios necesarios, a sus países les aguardará un futuro de pobreza creciente. Siempre es peligroso apostar a que una coyuntura determinada se perpetúe. Lo aprendieron los gobiernos de los países ricos al estallar en el 2008 la gigantesca burbuja financiera que habían ayudado a inflar, pero en los países relativamente improductivos, como la Argentina, los pasajeramente beneficiados por la reducción de las tasas de interés y el alza de los precios de los commodities que siguieron a aquel desastre, demasiados se limitaron a festejar las dificultades ajenas al contrastar los éxitos transitorios que los exportadores de commodities se anotaban con el letargo económico de los países más avanzados. Como pudo preverse, el triunfalismo de gobiernos como el nuestro y el brasileño resultó prematuro. Si bien ayuda contar con muchos recursos naturales, en el mundo actual no son suficientes como para asegurar el desarrollo equilibrado de países con decenas de millones de habitantes, de los que una proporción sustancial carece de los conocimientos y las aptitudes que les permitirían hacer un aporte positivo a una economía moderna. Modificar esta realidad no será del todo fácil pero, a menos que los países latinoamericanos logren superar el desafío así planteado, no les será dado dejar atrás el subdesarrollo.

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